Marzo 2007


La Luna comenzó

-Te voy a dejar – dijo Marina ni bien entró al departamento.
Angel esa tarde, como presintiendo el desastre había comprado flores; esos lirios que tanto le gustaban a Marina. Cocinó desde el mediodía, porque sabía que ella llegaría temprano y la idea era tener la cena lista a eso de las ocho.
Puros manjares preparó, la calabaza al horno con queso de cabra para la entrada, las chuletas de cerdo con la salsa liviana y una ensalada de hojas verdes para el plato principal. El Saint Felicien en su justa temperatura y en los postres, frutos rojos con crema, cerrando con el tardío de Weinert que tanto le gustaba.
Movió la mesa de lugar para dejar espacio a las sillas y que no chocara nada con la pared, la vistió con un mantel de seda, ese que Marina guardaba para las ocasiones importantes, buscó y encontró los cubiertos de su abuela que estaban manchados por el poco uso. Limpió bien el living, acomodó los almohadones y la funda del sillón, compró e instaló las lamparitas que faltaban en el rincón de la tele, las que daban la luz que a Marina le parecía la mejor para ese ambiente. Prendió un par de sahumerios, sólo un par, para no contaminar mucho y se bañó.
Hubo una señal presagiaba lo que se venía, una de las copas de malbec se quebró mientras la lavaba. Salió a comprar unas nuevas, pero no encontró las que buscaba. Éstas desentonaban con los platos chinos y las servilletas. No le dio ninguna importancia al incidente hasta que Marina apareció.

Gabu continuó

Ni bien dejo escapar su decisión desde el fondo del alma la puerta se cerró de un golpe, alertando a Ángel, que de espaldas concluía el ritual de servir protocolarmente el vino en la copa situada en la cabecera de la mesa, la ubicación justa de Marina.
-Hola, amore…
-Hola.
La sonrisa culposa, el nudo en la garganta y los ojos vidriosos se instalaron en Angel, que cuando percibió la actitud irresoluble de Marina, caminó hacia ella desanudando el delantal de su cintura, se paró a dos metros y con la cabeza gacha dobló el delantal recordando a aquel amigo que se lo obsequió cuando inauguraron su convivencia.
-¿Y “mis” copas? ¿Y ese olor? ¡Sos un ridículo!
El aire se envició con un odio que jamás antes conocido. En una esquina, una leve brisa entró por la ventana y apagó la vela junto al sahumerio que chispeó el último hilo de aroma envolvente. Marina amagó un gesto de cariño pero el hartazgo la frenó y camino decidida hacia la habitación topándolo a Ángel como un toro embravecido.
-Amore, ¿por qué me decís ridículo?, todo esto lo hice para vos.
-Como digas, pero no ceno, no duermo, ni me quedo un segundo más acá.
-Una de las copas se quebró, y cociné lo que tanto me pedís siempre y…
-Y como todo en la vida, ya es tarde. Te pido que no lo compliques más, por favor.
-Marina, por favor, hablemos, aunque sea la última vez.
-No. Esta vez no hay última vez, esto es lo último ya no queda más nada.
-No es así, vos sabés que yo te amo.
-Ángel, si querés hablá, pero vas a hablar solo, porque yo no voy a escucharte.
Esas palabras definitivas sentenciaron la caída, Angel se desplomó en el sillón mientras terminaba la canción Roads y comenzaba a instalarse en el ambiente Numb. Retumbando en su dolor, estiró la mano para apagar la tortura de continuar atormentándose pero por escasos dos centímetros no llego al botón Pause. Se incorporó para sacar a Portishead cuando escuchó ruidos y más ruidos, se acercó a la habitación y apoyado en el marco de la puerta contempló a Marina que sacaba y tiraba sobre la cama algunas prendas y, a la vez, discutía con alguien por celular.
-Vení a buscarme por favor, ya mismo.
Desconcertado, sólo atinó a sacarle el teléfono de la mano mientras que ella, al notar su intento, cortó abruptamente. Angel intuía hace un tiempo que había alguien más, pero para qué preguntar, ¿por masoquismo?
Era inútil saber la verdad sobre Marina.
Le bastaba con saber su verdad, la que sentía en su alma, la del amor.
La verdad es como una obra de arte, depende siempre del ojo del espectador pensó. Después cerró la puerta de la habitación y la dejó sola.

Living Dead continuó

En sus cinco años de convivencia las crisis se habían sucedido con regularidad casi matemática. Ellos funcionaban así: la tensión iba in crescendo y los pequeños conflictos se sumaban en progresión geométrica mientras que el egoísmo levantaba barreras cada vez más altas, hasta que finalmente todo estallaba. Ella lloraba y hacía reclamos. El gritaba y se justificaba.
“No me das lo que necesito. No me cuidás. No me siento querida”, decía ella.
“No te entiendo. Decime con precisión, claramente, qué es lo que necesitás. Yo te quiero, no sé cómo no te das cuenta. ¿Por qué tenemos tan poco sexo?” eran los argumentos de él.
Luego de esas hecatombes periódicas, él prometía que iba a cambiar, que iba a cuidar los detalles. Ella prometía paciencia y mayor predisposición. Y la rueda comenzaba a girar otra vez, por lo menos hasta que ocurriese la siguiente eclosión. Fueron cinco años de eso. Y ella había decidido que habían sido suficientes.
La última gran pelea había sido la noche anterior. Habían pactado una salida en conjunto con una pareja de amigos.
-Nos encontramos a las 9 en la puerta del cine. Propuso él.
-¿Por qué no salimos juntos desde casa?
-Ya arreglé con los chicos para ir a jugar a Paddle. Si no voy los cago. De a tres no se puede jugar.
-¿Vas a llegar a tiempo no?
-Si, mi amor. Quedate tranquila…
Le dejaron la entrada en la recepción. Entró con la película casi terminada y se plegó al trío incómodo.
-Se me hizo un poco tarde, disculpame.
-Después hablamos.-Fue la respuesta que presagiaba una tempestad.
Esa fue la gota que desbordó el vaso. Cuando Marina tomaba una decisión era cosa juzgada. Era tajante. Inflexible.
Era mujer.

Gabu continuó

Marina sin fuerzas sintió que la arrasó el tiempo y el desgano. Tenía las fuerzas y las ganas para enfrentar la última verdad. Decirle a Angel que esa supuesta frigidez que no lo dejaba dormir, no era más que su refugio para rechazarlo una y mil veces al sentir satisfacción en los brazos de Claudio.

-Tenemos cosas pendientes, creo Marina…

Dijo Angel en voz alta y decidida desde el living mientras, con la mirada turbia por algunas lágrimas, prendía otro sahumerio.
-Que querés saber? Preguntó
De repente aparece parada desafiante frente a él, cruzada de brazos lo mira totalmente indiferente, Angel suspiró mientra calculaba la pregunta concreta, cuando el maldito celular sonó. Los dos se miraron con un dejo de duda. El se paró y ella posó sus manos en su pecho para cerrarle el paso.
-¿Vas a contestar o preferís que lo haga yo?
-Angel, tenés que saberlo, no es posible que nunca lo hayas intuido siquiera..

El juego cambió de dominador y las fichas se acomodaron para darle una jugada a Angel. Marina no podía disimular los nervios, todo quedó expuesto y no había lugar para la mentira. Ella había hecho todo lo posible para que Angel se diera cuenta pero su machismo jamás lo dejó imaginar a otro hombre tocándola. Mucho menos hacerse a la idea vulgar de imaginarla revolcándose como perra en celo mientras que él tenía que rogarle para poder acariciarla.
A pesar de los rechazos Angel nunca pudo serle infiel, oportunidades nunca le faltaron, pero no pudo, no concebía especular en compartir su vida en paralelo con otra mujer que no fuera Marina. Ella tenía todo lo que él necesitaba.

El vacío lo envolvió todo y Angel se sintió miserable, incapaz de volver a empezar.
Siempre le costó relacionarse románticamente con el sexo opuesto, pero con Marina fue diferente, el desenfado de ella hizo que todo fuera más simple.
Detrás de todo hombre seguro y bien plantado, hay una mujer que lo contiene y apuntala.
Y Marina era una de esas mujeres, era una MUJER con cada una de las cinco letras bien puestas.

Se quedó muy quieto al punto de sentir el ritmo de su propia circulación como un ronroneo por detrás de sus oídos. Estaba tratando de asimilar el golpe.
“Nadie muere mocho” decían los muchachos en el barrio…
Pero otro refrán popular desalentaba aquel atisbo de tibia resignación: “Ojos que no ven…”
Hacía tiempo que contemplaba la infidelidad de su mujer como una posibilidad cierta, pero de la sospecha a la certeza había un abismo insalvable. El cachetazo de la revelación había sacudido sus cimientos. Durante unos instantes comenzaron a desfilar en su cabeza imágenes de lo que había sido su relación con Marina, al tiempo que intentaba imaginar el día después, ese que había llegado sin avisar como un bombardeo furtivo.
-Te juro que no lo planeé…Las cosas se dieron por casualidad.
-Callate, por favor. No quiero escucharte…
-Pero yo qu…
-¡¡CERRA EL ORTO TE DIJE!!
Los ojos de Marina se abrieron desmesuradamente. Angel no gritaba nunca y pocas veces durante su vida de relación lo había visto enojado. Pocas cosas en el mundo la asustaban más que Angel enojado. Decidió no confrontar. En tiempos mejores habían bromeado sobre una hipotética infidelidad, impensada por entonces…
“Los cago a palos a los dos. Y a vos primero, por puta… Había dicho él con una sonrisa. Una sonrisa que a ella no le había gustado. Era una mueca de ojos apagados y sin dientes. Una sonrisa asesina.
Dijo lo único que podía decir:
-Me voy.
-Sí. Y por favor no vuelvas
-¿Y mis cosas?
-Te las dejo en casa de tu mamá.
-¿Cuándo?
-¡¡¡CUANDO SE ME CANTEN LAS PELOTAS. TOMATELAS DE UNA VEZ!!!
Con su cartera y un bolso de mano salió del departamento. Iba a esperar a Claudio en la vereda.
Angel la acompañó con la mirada y fue devorado por un silencio agresivo cuando ella cerró la puerta tras de sí.
-Vení a buscarme. La hija de puta le dijo que la venga a buscar. Acá. A nuestra casa. ¡¡A mi casa!!!
Le había caído la ficha. Un coctel explosivo de amor, rencor, despecho, orgullo y testosterona le explotó en la cara. Ciego de ira (“emoción violenta” dirían después sus abogados en el juicio oral) corrió hasta el placar y metió la mano por debajo de la pila de sweaters. Hasta el fondo. Tocó el metal negro y frío de la pistola 9mm que el fantasma de la inseguridad le había impulsado a comprar. Chequeó que tuviera bala en recámara y salió al palier. Desestimó el ascensor y se abalanzó en un raid demente por las escaleras. Un piso. Dos. Tres.
Cuando llegó a la planta baja estaba empapado en transpiración en parte por el ejercicio y en parte por la adrenalina que corría por sus venas como rápidos mendocinos.
Disimuló su presencia en el cubículo de la basura, mientras se aquietaba su jadeo. Marina estaba sentada en uno de los escalones de la entrada del edificio. Lloraba y se limpiaba a cada rato la nariz con una carilina embebida en mocos y lágrimas. Lo esperaba a él. Al tipo que sabía que ella estaba en pareja y no le importó. Quizás se sintió valiente, un ganador, un tipo con suerte. Él le enseñaría los riesgos de jugar con fuego. Le daría la fogata de su vida. Una llama abrasadora que no olvidaría jamás.
Gabu continuó

Agazapado como una arpía la espía, esperó el momento justo, la miró de espaldas sin poder creer que su propia mujer lo estuviera dejando. Era evidente que su machismo estaba herido. También era evidente que quería terminar con la existencia de esa puta “su puta” con sus propias manos, pero no sin antes verle la cara al que le legalizó el diploma de cornudo.

Marina estaba confundida y alterada por la inesperada agresión de Angel. No lograba recordar que estaba haciendo ahí esperando, apagando un cigarrillo, llorando. Por arte de magia su mente quedó en blanco, zero, no reconoce el lugar. Abrió la cartera para prender otro cigarrillo pero el paquete estaba vacío. Sintió un tirón de pelo que la le hizo perder el equilibrio al mismo tiempo que una mano tapó su boca.
-Así no son las cosas putita de mierda, yo soporté tu menosprecio durante más de cinco años pero ahora vas a saber cuántos pares son tres botas.
Ángel desencajado la tiró adentro del ascensor, la cabeza de Marina golpeó brutalmente contra el pasamano y cayó inconsciente. Angel presionó el botón del piso de su apartamento y después la arrastró por el pasillo hasta adentro.Tendida en el piso la observó, su carita dulce que tanto lo enamora, su remera levantada que deja ver el contorno de su pecho y la pollera hecha jirones lo excitaban, perdió la noción de toda la situación y se tiró sobre Marina arrancándole la ropa interior, mordió su cuerpo con saña descontrolada, dejando heridas en cada centímetro de su piel blanca.
Ángel se arrodilló, separó las piernas de Marina, la puso de espaldas mientras desabrochaba su pantalón asombrado por la erección como jamás había tenido en su vida; tomó entre sus manos la pija palpitante y la penetró por detrás apoyando sus bolas en su culo blanco. La empezó a coger como nunca, poseído por la brutalidad de mil demonios.
Marina en cada embestida parecía volver en sí, abrió sus ojos sin reconocer nada pero sintiendo la pija de Angel entrar y salir descontrolada de su culo. Marina sólo pudo esbozar un “No” sin fuerzas, más parecido a una plegaria que a una órden.
-Dale putita, movete, no te cierres, dale que te gusta.
Marina lloraba de dolor, extendió el brazo tratando de alcanzar algo para defenderse que no existía. Angel desenfrenado y a punto caramelo cada vez la embestía con más fuerza moviéndose juntos por el piso de parqué. En su revoleo desesperado Marina consiguió tomar una estatuilla de Buda y con las pocas fuerzas que le restaban, logró asestarle un golpe en la nuca desde atrás.
Angel cayó y Marina se incorporó. Estaba shockeada, todo su cuerpo quería golpear a Angel, quería lastimarlo, sentir que le hacía daño, pero no hizo nada de eso, no, hoy sería un escarmiento diferente el que pretendía, como pudo tomó un trozo de papel y una birome y escribió poseída. Angel yacía en el piso inconciente y ella lo observaba chequeando que esa inconsciencia continuara.
Cuando terminó de escribir salió del departamento, cerró la puerta y pasó la nota por debajo de la puerta. Después huyó con dificultad, caminó tambaleante, sentía su corazón explotar, se le nublaba la vista; sentía su entrepierna mojada, chorreando. Bajó en el piso del ascensor sin poder parar de llorar. La puerta del edificio estaba abierta, cuando tomó la calle miró a su alrededor y corrió hacia un quiosco en la vereda de enfrente.
-Hola necesito…
El quiosquero la reconoció impensadamente.
-¡Marina! Tanto tiempo, ¿cómo estás?
-…
-Te quedaste sin negros? ¡Qué raro en vos, eh!
Tomó el paquete de Parisiennes, y le pidió al quiosquero que se los anotara, casi sin poder coordinar los pasos y con dificultades para respirar su vista se nubló aún más, y decidió tomarse de un poste para no caer al piso cuando escuchó esa voz.
-Maruuuu?
Pero Maru no podía coordinar, en ningún momento pudo darse cuenta de que esa voz era la de Claudio.

Living Dead continuó
Angel despertó sin saber dónde estaba, hasta que fue reconociendo su departamento palmo a palmo y armó el rompecabezas en su mente.
Un mechón apelmazado de pelo y rastros de sangre eran la evidencia física asociada a aquel dolor lacerante, agudo. La cabeza le palpitaba a un ritmo regular, musicalizando sus lentas acciones con ese latido monocorde.
Estaba semidesnudo con los pantalones por los tobillos. Muy despacio acomodó su ropa y el desorden que aquella faena sexual fuera de contexto había provocado.
Ahora, más tranquilo, se avergonzaba de sus acciones, aunque fue uno de los mejores polvos de su vida. La excitación, la furia, el amor, el odio…Todo junto acumulado en la punta de su pene hacia el culo traidor de ella, como ese disparo de venganza que no había sido en la puerta del edificio.
Sus gritos al desgarrarla.
A él le supieron a escarmiento.

“…Estoy pagando. Me equivoqué y estoy pagando. Servite. Hoy invita la casa…”, era la traducción para Angel de la súplica de Marina.
Ahora se había ido. La sensación de vacío se agigantaba en aquella madrugada en la que su vida se hizo añicos en unas pocas horas.

Entonces vio la nota debajo de la puerta.
Se acercó y la levantó, estaba aterrorizado como si se tratara de una granada sin el seguro. Comenzó a leer subvocalizando -era un defecto que no había podido corregir desde la primaria-:
“Angel:
Las cosas no tenían por qué terminar así, pero bueno, esa carta también estaba en la baraja. Ya no te amo y no quiero resignarme a una vida gris, a que todo me dé lo mismo, a respirar mecánicamente, transcurrir por el mundo intrascendente, penar por lo que no fue ni será y esperar, simplemente, la muerte…
No voy a reprocharte nada (ni siquiera lo que pasó esta noche), pero tampoco voy a aceptar recriminaciones de ningún tipo.
Que tengas suerte.
Marina…”

Angel hizo un bollo con el papel y lo arrojó con desgano a un rincón del living. Se quedó allí, sentado en el parquet con la espalda contra la pared rosa (el color que ella había elegido)
-¿Qué es esto? ¿La casa de Polino?-Había protestado él.
-No entendés nada…
“No entendés nada”.
Y parece que tenía razón. No lograba comprender qué había pasado. Qué había hecho mal.
A su lado descansaba la 9 mm. Que en un último instante de lucidez había dejado inmóvil en su cintura mientras confrontaba físicamente con Marina.
La tomó en su mano derecha, la sopesó y el kilaje le resultó agradable. La miró de la culata al hoyo negro del cañón, hasta que la imagen del arma comenzó a desdibujarse por las lágrimas. Profusas. Incontenibles.
El estruendo pasó inadvertido en el silencio anónimo de la gran ciudad. El espíritu posmoderno de principios del siglo XXI era una oda al individualismo.
“-Deben ser cohetes” dijo algún vecino.
“-Fue un escape” tranquilizó un padre a su hija adolescente.
Fue la señora de la limpieza quien descubrió el cuerpo al día siguiente y avisó a la policía
-”Si no fuese por la herida en la sien, hubiera jurado que dormía plácidamente, abrazado al portaretrato”.

Gabu continuó

Marina acompañada por Claudio llegó hasta la entrada del edificio. Los recibió el portero con un grito atronador.
-¡Usted es una caradura! ¿¡Cómo se atreve a volver después de lo que pasó?! ¿¡Y encima viene con su amante?!
-No le permito Ercilio que me hable en ese tono, ni a usted ni a nadie.
-Vamos señorita Marina, esto es un escándalo. ¡Si vino hasta la televisión!
-¿Qué?
- Ñañembo’e omanova’ekue anguerehe…**
-¿Ercilio qué dice? ¿Por qué no atiende el señor Ángel?
Claudio contiene a Marina y le propone ir directamente al departamento;
-Maru mejor subamos directamente.
Al llegar se encontraron con la puerta fajada y dos policías en custodia; Claudio rápidamente le dijo a Marina.
-Este no es el piso de tu amiga, es el piso de abajo, amor
Ella lo miró con cierta complicidad y lo siguió por las escaleras hasta llegar nuevamente al palier, magistralmente el portero como todos los porteros había desaparecido.
-Claudio por favor buscá al portero, tengo que hablar con él.
-Ya vuelvo…
No pasaron más de cinco minutos cuando Marina vió salir al portero del edificio de enfrente.
-¿Ercilio? ¿Qué pasó con el señor Angel?
-En el hospital, se lo llevaron chorreando sangre, si no murió es de milagro.
-¿Sangre?
Marina pasmada salió de ese escenario confuso, caminó como autista, sin rumbo, Claudio la alcanzó, la abrazó, tomó su rostro y besó cada lágrima que caía por sus mejillas.

Claudio tenía la mente más fría que Marina. La llevó al hotel en donde se alojaba y la dejó descansando allí.
Resolvió volver al edificio y pensó en todas las hipótesis, pero una en particular no lo terminaba de convencer. Todos coincidían en que alguien le había disparado a Angel y levantaban toda huella dactilar que encontraran en el lugar. Claudio dedujo que Marina podría estar en problemas por esto.

Se dirigió al hospital Pirovano dónde le había informado un cabo que trasladaron a Angel. Al llegar a informes le dieron los datos básicos, Angel estaba allí aún con vida.
Subió hasta la habitación pero en la puerta de la habitación había una guarda policial también, pegó la vuelta y volvió a informes. Necesitaba averiguar de qué comisaría es la guardia, la enfermera le dijo en tono distraído: “de la 33”.
Empezó a tener un mal presentimiento, pero decidió no contarle nada a Marina por el momento.
Todo era turbio y tan contradictorio como el motivo que lo traía de regreso a Buenos Aires.

Claudio y Marina se conocieron en una muestra plástica hace más de quince años, él con mil excusas viajaba seguido para verla, hasta que un día le propuso ser su representante en Argentina y ella accedió, a partir de ese momento jamás se separaron. Primero creció una amistad incondicional, luego la complicidad de entenderse perfectamente; hasta que Claudio, convencido de su amor, le propuso formalizar y ella, segura de sus sentimientos, aceptó.
Cuando estaban juntos sentían que se conocían de toda la vida, esa percepción se convirtió en certeza, al menos para Claudio, pero ahora lo único que importaba era la integridad de Marina y del hijo que llevaba en su vientre, en tan solo seis meses Tomás vendría al mundo.
Claudio era consciente de que un hijo puede convertirse en una recompensa ó en un castigo. Y en este caso, no hay peor astilla que la del mismo palo.
**Oremos por las almas de los que han muerto.

LivingDead siguió

Había pasado un año desde aquella noche fatídica en la cual la relación de Angel y Marina se había desbarrancado cayendo en un abismo sin fondo visible.
Marina empujaba un cochecito de bebé. Tomás iba sentadito, erguido. Su mirada inquisidora se posaba sobre cada detalle de su entorno. Vivaz.
Lidiando contra las veredas rotas y los soretes de perro, la chica llegó a su destino: una casa antigua reciclada, puerta de dos hojas al frente con rejas y vidrio esmerilado. Ventanas a los lados, también enrejadas. Una placa de bronce a la derecha de la entrada revelaba que no se trataba de una casa de familia: “Hogar Los Alamos”, decía, sin otras especificaciones. Tocó el timbre y una mujer con acento paraguayo le franqueó el acceso con una sonrisa de cortesía. Vestía un delantal celeste con algunas manchas. Acompañó a Marina y al bebé al interior de la construcción, una casa tipo conventillo, con un patio central cubierto por un toldo y varias puertas laterales.

-¿Dónde está? Preguntó Marina.
-En la habitación. Hoy no quiso salir.

La chica se dirigió al cuarto que había visitado tantas veces ese último año. Entró sin golpear, alzando el cochecito para evitar el pequeño desnivel de la entrada.
Se detuvo y por unos instantes clavó la vista en el joven de la silla de ruedas, con gesto indulgente. El bebé también lo miró, pero de inmediato su atención se desvió hacia una cucaracha que corría temerosa por el mosaico.

Angel tenía la mirada perdida, opaca. La boca entreabierta provocaba un babeo leve pero sostenido. Las enfermeras habían optado por colocarle una servilleta en el pecho, para que no se moje la ropa. No podía caminar. No podía hablar. No controlaba esfínteres. Aquella bala había hecho estragos en el hemisferio derecho de su cerebro. Era un milagro que estuviera vivo o bien, otra broma pesada de aquel francotirador sádico que se hace llamar Dios.

-Te traje bizcochitos, dijo ella acercando el paquete a la mesita que flanqueba la cama.

Acercó una silla y se sentó a su lado, acomodando convenientemente el coche del niño frente a ella.

-¿Le leemos un cuento a papá?

El bebé pareció responder con un ruidito gutural y achinó los ojitos en una sonrisa, tal como lo hacía Angel cuando aún podía reir.
El análisis de ADN había sido concluyente y Claudio no había podido soportarlo. Desapareció de un día para otro, sin explicaciones. Ella no hizo nada para encontrarlo.
Tomó de su cartera un libro con ilustraciones infantiles y se dispuso a abrirlo donde estaba el señalador. En ese momento Angel hizo un movimiento torpe con su mano derecha y la apoyó sobre el brazo de Marina, aunque sin desviar el monótomo vector de sus ojos.
Ella lo miró con nostalgia.

-Ya lo sé, mi amor. Ya lo sé.

Kill continuó

6 meses atrás Marina caminaba por las calles con la mano derecha apoyada en su abdomen. Su panza había crecido significativamente y sus mejillas habían dejado de lado su blanca palidez y hoy mostraban un color rosado. Marina no pensaba en nada, la única conexión con el planeta tierra eran las pequeñas patadas que su hijo daba en su panza, el dolor que le causaban se mezclaba con una sensación profunda de amor incondicional y un retrogusto a realización personal que la remitía a otras épocas de su vida, a sus logros.

El amor es un vagabundo que golpea de puerta en puerta hasta que algún alma samaritana le acerca desinteresadamente un plato de sopa, un pan y un vaso de vino. Entonces se produce el milagro en el cual los relojes se paran, las mariposas vuelan por el estómago de los hechizados y la única mirada posible es la de tus ojos.
-¿Cómo serán tus ojos mi vida? No paro de contar los días que quedan para nuestro encuentro.

Marina acaricia su panza una vez más y cruza de calle, de la misma manera su vida cambió con un chasquido de los dedos del destino, generala servida de seis, tachó todos los puntajes y se deshizo del desasosiego. Acompañaría a su hombre hasta donde pudiese, lo haría por respeto al amor que alguna vez los unió, los hizo uno. Lo haría para besar con piedad al destino y decirle, “tranquilo amigo, no hace falta que te agites para mostrarme el camino, en mi bolsillo llevo un mapa y en mi corazón la resignación de aceptar este proceso, sé que es algo que quiero vivir y no voy a dejar pasar otro minuto sin hacerlo”

Delante de ella, el cielo nublado presagiaba una tormenta, tal vez sería la última que le tocaba enfrentar, tal vez no, ¿quién puede llegar a saberlo? Las gotas de esta lluvia lavarían sus penas, sus dudas y harían una coraza alrededor de su corazón. Sacó un chocolate del bolsillo. Chocolate blanco Sufflair, su favorito, en tamaño extra large, le dió dos mordiscones y se dirigió sin duda a la dirección que cambiaría su vida, así como la pretendió organizar hace no mucho tiempo atrás. Sucre 3151 Piso 2 Depto A, tocó timbre y Claudio contestó por el portero eléctrico.
-¿Quién es?
-Soy yo, Marina.
La puerta del edicificio hizo el sonido característico de los porteros eléctricos y Marina entró.

Eleo y Living Dead continuaron

Maru había apresurado sus pasos para llegar al barrio de Belgrano, convengamos que el viajecito del hospital Durand no era todo lo idílico que ella había presupuesto. Con Claudio se habían puesto de acuerdo en que ella iría a retirar el resultado del ADN, iba exultante, subió la rampa dobló a la izquierda y se sumergió en la parte del edificio que decía laboratorio. Caras lacónicas al costado del pasillo, niños que caprichosamente se estiraban en el piso, franqueaban su paso, pero ella los saltaba ágilmente, nada podía detenerla, estaba radiante, su panza proyectaba futuro promisorio. Todavía no entendía el capricho de Claudio en hacerse el estudio, que además del capricho de por sí, había implicado una gran suma de dinero que no estaba prevista, pero en la cuestión de darle paz a su actual pareja ella no tenia reparos, así fuera recoger gastos hasta fin de mes o los meses que fueran, siempre los deseos de Clau, después ella. Así que en ese lugar austero, metálico, donde solo había caras largas, lánguidas, adoloridas, brillaba la de ella, feliz. No tenía dudas. Su certeza de maternidad era la consecuencia de haber buscado un hijo por años con Angel sin ningún resultado, por eso no le cabían dudas. Retiró el sobre protocolarmente, distribuyó firmas a granel y partió en busca de su amado, de su anhelado amante. Buenos aires contagiaba el mismo hervor que ella, la gente se movía hiperkinetica, toda esa velocidad humana solo era atribuible al estado anímico de Maru. Sentía que la muchedumbre se movía al ritmo frenético de su corazón, estaba apurada, la masa de gente también como si quisieran acompañarla en ese ritmo frenético. Luego de hora y media interminable, llegó.
Pulsó el timbre tres veces, como dictaba la contraseña de la llegada del amante deseado. Subió rápidamente, su sangre se agolpaba en sus venas, este era el momento más añorado, solo ese sobre la separaba de la felicidad absoluta, solo un último requisito. El sobre suponía la dicha, la entrega, su bebé, su amante y ella, la familia deseada, la familia elegida.
Ni bien entró Maru se estrelló en los brazos de Claudio. Y en un solo movimiento incrustó el sobre en la cara de él, se sorprendió y la miró. Sin dejar de sentir culpa por el pedido que él había demandado como prioritario y mayúsculo, Clau trató de serenarse, le temblaban las manos, pero se calmó y pensó.
“Vamos que esto es un paso más, hacia tu hijo…ese bebé que te escucha todas las noches, ese bebé que baila con tus palabras cantadas a un vientre ciego.”
Despegó el sobre y lentamente empezó a leer, sabía que este momento era importante, y no quería perderse para la posteridad este instante, poder narrarle a su hijo el momento exacto en el que tuvo la certeza de que era su padre. Datos inentendibles se agolpaban frente a sus ojos, 99% de coincidencia, 1.2 % de coincidencia. Resultado: no puede establecerse filiación posible entre progenitor masculino y feto.
Y el mundo se empezó a derrumbar cuando esa carta se le escapó de entre las manos, los ojos fijos en el espacio abierto, la boca abierta en una mueca deforme. Tomás, Tomás, Tomás.
No cesaba de repetir el nombre que había elegido y que, como una burla del destino, nunca le había pertenecido.

El tiempo se detuvo, Claudio pensó un momento y volvió a ver el sobre, repetiría la ceremonia para saber si había sido real.

En otros tiempos Claudio era un hombre práctico. No era una persona de convicciones férreas y principios inquebrantables, sino un pragmático con todas las letras. “…Lo que funcionaba es lo que sirve. El que gana tiene razón. El fin justifica los medios…”, tales eran frases de cabecera de cabecera de este Maquiavelo de bolsillo que durante los 90 había visto crecer su cuenta bancaria a la par de su ego. Se enorgullecía de ser capaz de tomar un café con el Che Guevara, para después irse de putas con Videla. Su doctrina era la de la conveniencia personal, con su mano derecha sobre la biblia del egoísmo.
Su soberbia y egocentrismo lo habían empujado a los brazos de relaciones superficiales. Ya pisaba los 30 y nunca había tenido un noviazgo como lo hubieran concebido sus padres, integrantes de la legión de la clase media empobrecida sobre cuyo cuerpo exhausto habían trepado los tipos como él, pisando cabezas con sus zapatos Gucci y celulares cada vez más pequeños.
Hasta que apareció Marina…
Cuando la vio en aquella sala del Malba supo que su concepción del mundo hasta ese momento implosionaría como el albergue Warnes. Y se entregó. Algo en su cabeza dijo: “…ya es momento y ella es la indicada…”
Todo coincidió como si de un designio astral se tratase: Ella, vulnerable. Mellada por los embates de un concubinato desgastado con un perdedor. El, en la cúspide de su carrera laboral, proyectando una imagen de éxito más extensa que la sombra del Taj Mahal. Le había costado sin embargo. Primero le pidió el mail con una excusa poco creíble. Ella se lo dio inocentemente (o no. La expresión “mujer inocente” es una contradicción en sí misma.) Y desde allí, el bombardeo. La manipulación psicológica. Las promesas. Con él todo era armonía y placer. En su casa, el panorama se invertía tristemente.
Ahora esperaban un hijo. A fin de cuentas todo había terminado bien, más allá del desastre de hacía unos meses. El tipo se había vuelto loco y se había pegado un tiro. Su sobrevida había sido milagrosa, pero ahora era poco más que un vegetal. Pobre infeliz. Peor para él…
Marina abrió con su propia llave. A Claudio le molestaba un poco que lo hiciera, tal vez como un tic residual de su antiguo individualismo a ultranza. La cara de ella carecía de expresión. Una máscara gris, que ahora lo miraba con fijeza.
-Hola, Maru. ¿Qué pasa?
-Tenemos que hablar…Dijo y arrojó un sobre sobre la mesa de cristal, la solapa abierta como la boca de un niño albino con labio leporino.
Claudio tomó el sobre con recelo, sin dejar de mirarla. Sacó el único papel que descansaba en su interior, revolviéndose como los gusanos de una tumba. Lo leyó, y el sobre vacío resbaló de sus manos. Arrojó un manotazo de ahogado en pos de una explicación que nunca llegaría a ser tal:
-Pero…Me dijiste que con él ya no tenían intimidad…
-Fueron dos o tres veces. No más. Las fechas coinciden. No podía seguir con esa duda.
-…
Marina tomó su cartera y se incorporó con dificultad acarreando su panzota. Se dirigió a la puerta sin molestarse en tomar el sobre nuevamente. Ahora era un papel inservible, aunque instantes antes era un pan de trotyl.
-Te dejo solo. Pensá lo que tengas que pensar. Ya sabés donde vivo…y cerró la puerta tras de sí.
Esa fue la última vez que vio a Claudio.

Eleo concluyó.

El sol le dió en la cara a Maru y entonces suspiró agotada. Miró el pequeño crucifijo que pendía sobre la cama y su mirada se dirigió a Tomas. Ese bebé era la alegría de su vida, su motor y aquel hombre postrado era su agonía. El destino había querido ese final y ella no era de andar escapándole. Todos los sucesos que habían derrumbado su vida eran producto de sus decisiones y se hacía cargo. También se hacía cargo del precio a pagar por cada una de ellas. Así que a la fuerza se imponía con más fuerza, no había elección.

Sonrió, volvió a mirar el crucifijo y dijo valientemente: dios que estás en los cielos hace falta más que esto y estallo en carcajadas.
Querían más para ella y ella estaba de frente para dar batalla.

Yo soy como la loba.

Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.
La loba – Alfonsina Storni

Niñita de 20 años, ni linda ni nada. Fue criada entre algodones estrella, ni de la mejor calidad ni de la peor. Con su insatisfacción de pueblo a cuestas, anda por la vida en busca de orgasmos cibernéticos. Si, está en la búsqueda, pero sin ninguna novedad. Hace tiempo que nada la complace desde el sur y a sus jóvenes 20 años cree que podrá deslumbrar a la gran ciudad. Con los años irá aprendiendo que la humildad es algo que se consigue sin torear a nadie, hay que permanecer guardado a la luz de un farol, en silencio y en estado de alerta, aprendiendo. A su edad cree que se puede comer al mundo, su familia es muy limitada y es todo lo que pudieron transmitir. La pose de guerra y mostrar los dientes de forma sistemática. Ella cree que está ganando, que su mordida es letal, pero la triste realidad la muestra con sus dientes cada vez más gastados, le falta razón, cordura, le falta un buen afilador. Alguien que le cuente que los dientes no se afilan simplemente por mostrarlos, sino que logran el filo más perfecto montándolo con constancia y convicción en la piedra de la experiencia. Las lobas se ríen y miran a ese corderito. Y les da pena comérsela de un solo bocado. Es demasiado fácil. ¿A quién le gusta lo fácil? ¿No es mucho mas placentera la agonía de exhibirte vulnerable, de poner tu debilidad en la vidriera? El pequeño cordero blanco se quiso disfrazar de mujer fatal y, nunca en mejor tiempo ni en mejor lugar, justo cayó en una jauría de lobas despiadadas.

Eleo, Living Dead y Gabu continuaron

Su juventud era un arma cargada. No reparaba en el detalle, en la nimiedad. Todo era trazo grueso. Brocha gorda. Siempre colores brillantes, agresivos. Los pasteles no la conformaban ni por un instante.
“…Ya dormiré cuando esté muerta…”, solía decir y salía disparada hacia delante, como un toro pamplonés con los ojos vendados. Nada podía detenerla, pero los riesgos de lastimarse en su embestida no estaban calculados. Siempre al límite. Siempre en el filo entre el abismo y la gloria.

Una loba siempre protege a sus cachorros, sin descuidar por ellos a su jauría, por más hambrienta que esté, la prole se alimenta primero. Son los privilegiados que beben la sangre aún tibia de la presa incauta. Desde cachorra le enseñaron el arte de la caza, pero la soberbia es una mala compañía que taladra el oído y la obliga a desobedecer la selección natural, el más débil no es reto y por eso nunca será el primero de su lista.

Cuando su cascarón aún conservaba las humedades del alumbramiento, decidió probar suerte en la gran ciudad. Ella no se sentía pueblerina. A caballo de una autoestima a prueba de balas se probó el traje de conquistadora y desafió a la urbe.
Los pronósticos funestos debieron archivarse para más adelante. La ciudad descubrió que Guillermina era un bocado demasiado grande. Le daría tiempo y luego decidiría si la devoraba o aceptaba una convivencia de mutuo respeto, o bien de indiferencia.

Loba nació con gusto selectivo, le gustaba la carne blanca, tierna, imberbe y soberbia, pero cuidado, nunca devoró inocentes. Su paladar exige al cordero traicionero, ese que se separa del rebaño porque se sabe superior, o por lo menos lo cree. Loba lo observará desde la montaña anhelando el momento exacto en el que rasgue sus carnes blancas. Va a esperar a que cometa la torpeza de intentar separarse del resto. Y ahí está acechando, paladeando el momento exacto de matar.

Guillermina tenía ambiciones teñidas de una sana codicia: Quería superar al promedio, asomar la cabeza, ser diferente. ¿Sus herramientas?
Pocas, pero poderosas. Inteligencia, lozanía y una voluntad inquebrantable.
¿Sus debilidades? Un temperamento tendiente a la beligerancia improductiva, innecesaria. No todos lo entendían, no todos lo perdonaban. También estaba aquella sensación constante y difícil de definir. Tal vez lo más aproximado sería “angustia recurrente” o algo más abstracto como “incapacidad para ser feliz”. Ella siempre sentía que le faltaba algo, que nada era suficiente y que suficiente ni siquiera alcanzaba para empezar.
Ella lo quería todo. Quería ganar.
Y en eso estaba…hasta que se topó con las lobas.

Al llegar a la pensión donde había realizado una reserva telefónica, un grupo de mujeres conversaban en la sala. Como lobas, advirtieron su presencia de inmediato. Un escozor la recorrió ante la intimidante presencia de la jauría, supo que la actitud no era suficiente, la soberbia la hacía inmune al respeto y a los límites.
No era su territorio, lo sabía, pero tendría que imponerse a la situación, tan “awkward” mostrando actitud.
-Hola pequeña…
Con voz ronca y pausada se adelantó Leonor, una mujer omnipresente.
Guillermina atinó a responderle:
-Buenos días, señora.
-¿Donde creés que vas chiquita? En esta pensión no hay lugar para alguien como vos.
-Yo… Esteee… Digo… ¡QUIERO PASAR!
-¡Jajajaja!
Leonor no pudo contener la carcajada, con sus vísceras revueltas observó que el manjar más sabroso de los dioses se alzaba ante ella ofreciéndole saborear la impertinencia mas absoluta.
-Mi querida pichoncita, para pasar por este espacio, primero debés tener en claro dónde estás parada.
-¡No me interesan sus aleccionamientos señora, tengo un objetivo que cumplir y así lo haré!
-¿Me desafiás?
Guillermina estaba nerviosa, sus manos temblaban como las hojas con el viento, fundió sus ojos en los de Leonor y cambió el gesto inmediatamente.
-No, le estoy avisando.
El combate del escarmiento era uno de los mayores placeres para Leonor y allí tenía a su presa, a su merced.

Living Dead, Gabu y Eleo continuaron.

Aquella pensión era como una estación de paso, una sala de espera, una cabina de peaje. Una multitud de cien mil ojos dispuesta a evaluar sin dar más que una sola oportunidad. Una impresión superficial a quien osara exponerse a su juicio, para limitarse a levantar o bajar el pulgar de manera inapelable.
“Quien no está conmigo, contra mí es”, dijo alguien especial alguna vez. Esa es la regla vital para tejer alianzas en un mundo donde se finge invulnerabilidad pero la fragilidad de la fuerza relativa queda al descubierto en cada cruce, en cada situación cotidiana.
Las tres historias de vida que componen esta postal de abril en un vestíbulo polvoriento del barrio de Palermo, tenían un claro punto de contacto: Eran tres mujeres (sobre) viviendo en los senderos de una crisis existencial.
Las diferencias entre ellas eran a todas luces más evidentes. Guillermina (el cordero) debía descubrir que atinarle a la pelota un par de veces en el polvo de ladrillo de su pueblo natal no la capacitaba para ganar Roland Garros. Iba a golpearse. Necesitaba golpearse y caer para que el mundo juzgara su madera. Para ver si se levantaba saboreando su propia sangre, para luego, con una sonrisa flamígera, volver a embestir, o si se quedaba en el suelo lamentándose y llorando. Lamentándose, llorando y rogando por un pasaje en el primer micro que enfilara hacia el sur.
Leonor (loba por naturaleza) ya se había golpeado. Y por demás. La vida y los hombres se habían encargado de ello. Para ella, la pensión no era una escala sino lo único que podía pagar (incluso debía un par de meses, pero el administrador no la echaba pensando quizás que era parte del mobiliario cascado del lugar). A sus 45 trabajaba de mesera en una fonda de Parque Patricios, frecuentada por taxistas y camioneros. Vivía sola desde que había huido de su Corrientes natal, llevándose consigo sólo unos cuantos moretones en el rostro y entre sus cejas, enquistado, el olor rancio de la borrachera consuetudinaria de su marido. Aquella noche había decidido empezar a quererse un poquito y pensar “primero yo y después, a la lejanía, vos. Siempre yo. Nunca vos”

Esa lección era el bien más valioso que llevaba en su equipaje: El egoísmo rige, conviene, paga doble. Nadie te va a querer más que vos misma.
El tercer vértice del triángulo, la otra loba, era Samantha por adopción o Edgardo, según había decidido la asistente social que había procurado su inscripción en el registro civil cuando su madre biológica, con los puntos de la episiotomía aún tirantes, había desaparecido del Hospital Municipal de Salta sin dejar rastros. Sus prendas habían quedado en una silla, al lado de la cama. Los médicos no se explicaban cómo a nadie le había llamado la atención ver a una mujer tambaleante y en bata salir del hospital a plena luz del día. Peores cosas pasan desapercibidas en la Argentina de hoy.
Samantha fue dado/a en custodia a una familia humilde de Salta Capital. Cursó la primaria con excelente rendimiento. Ya en la preadolescencia su cuerpo comenzó a darle señales que no pudo ignorar: No estaba a gusto como hombre. Se vistió de mujer por primera vez a los 15 años. Con actitud de diva salió a devorarse el mundo. Sus músculos laxos, su rostro aniñado y su cabello largo y sedoso hicieron el resto, convirtiendo aquel día en uno de los más felices de su vida. Sólo fue un paseo de un par de horas por los suburbios. Estaba seguro de que nadie había advertido que no era una mujer. Incluso le habían dedicado algunos piropos subidos de tono. Se sintió una reina.
Pero también habría golpes para él/ella.
Cuando se trata de repartir palos, la vida no discrimina.
Por esas cosas de la vida, de las que sólo es testigo el destino, algo en Samantha perturbaba a Guillermina, no quería darle mayor importancia pero se sentía atraída por ese halo misteriosamente femenino.
Estaba agotada, todavía tenía que subir tres pisos por aquellos peldaños empinados y ajados hasta su habitación, al llegar notó un detalle que había olvidado consultar; el baño estaba afuera, en el hall del piso. Enfurecida por la incomodidad pensó en voz alta:
-No es posible que haya sido tan idiota, encima pagué más de un mes por adelantado, no voy a tener intimidad ni para ir al baño. ¡ME ODIO!
-¿Guille?
-Ahhh… ¡Qué susto! Hola, vos vos…
-Sammy, tu compañera de cuarto.
-¿Cómo? ¿De qué cuarto?
-De este cuarto, el nuestro.
-Nnnnno te entiendo.

Aquel pequeño corderito de Dios estaba acorralado, sin salida, sin dinero y sin nadie en la inmensa urbe que pudiera socorrerla.

-Tenemos que ponernos de acuerdo con las demás piezas por los horarios.
-¿Qué horarios?
-Como, ¿no sabés?
-No Samantha. ¿Qué es lo que debería saber?
-Nadie te avisó parece, o no preguntaste, el baño, tiene horarios.
-Es un chiste, ¿no?
-No, tesoro… Con el frío que hace la caldera se prende una vez al día y ahí todos tenemos una horita para aprovechar y usarlo.
-¿Podrías ser más clara, por favor?
-Guille, somos muchos en cada una de las piezas de los cinco pisos, o sea que en una hora tenemos que bañarnos todos.
-¡ESTO NO PUEDE SERRRRR!
A esta altura Guillermina se sentía totalmente invadida, sin alternativa y entregada a la carta que la suerte le había dispuesto en el camino.
-Me voy a trabajar Guille, te veo mañana, ah y yo traigo las medialunas.
-Bueno, que amable sos, ¡gracias!
Sacudió su cabeza como queriendo despertar de una pesadilla, pero al abrir sus ojos la veía irse a Samantha con sus tacos interminables, su pollera inexistente y su culo bamboleándose a los cuatro vientos.

Guillermina caminó por el largo pasillo hasta la habitación que le había tocado en suerte. La puerta tenía claras señales de haber sido reparada varias veces a la altura del cerrojo. Las roturas permitían varias conjeturas que iban desde el asalto violento hasta el allanamiento policial. Accionó la herrumbrosa llave y la puerta cedió con un chirrido. La habitación era pequeña, pero en un punto acogedora. Dos camas de una plaza se acomodaban paralelas en los extremos opuestos del recinto. Una de ellas lucía revuelta con un desorden que sugería varios días de indiferencia. La otra (la suya) estaba hecha, aunque tenía las arrugas clásicas en el centro que se producen cuando alguien se sienta para ponerse las medias o atarse los cordones. Había una única ventana que daba al muro lateral de un edificio de departamentos. Asomando el torso hasta la cintura, se podía ver a la derecha un vértice del edificio abandonado de las bodegas Giol, lindante con las vías del tren. No era un paisaje helvético, pero era un comienzo. Si el devenir de los hechos hacía buenas migas con sus motivaciones, todo tendería a ir mejorando gradualmente.
Decidió entonces tomar las cosas con optimismo. Ir paso a paso. Dejó en el suelo su bolso de mano y esquivando con dificultad un reguero de ropa de colores estridentes, salió de la habitación. Pensó en recorrer el barrio. Intentar familiarizarse con el entorno que por un tiempo indefinido sería la escenografía de la película de su vida. Aprovecharía el paseo para aclarar sus ideas y ver cuál sería su próxima jugada.
Leonor todavía estaba en el vestíbulo cuando Guillermina salió. Miró a la jovencita con gesto desafiante y ella, ni lerda ni perezosa, le sostuvo la mirada aún sin detenerse. No cruzaron palabra, pero el aire se podía cortar con un bisturí. Aquella mutua hostilidad presagiaba tormentas. Y de aquellas que hacen subir el Arroyo Maldonado y lo invaden todo con sus aguas pestilentes.
Leonor no era una mala persona. Había capitalizado cada revés de la vida. Había aquilatado sus experiencias con la premisa fundamental de no repetir errores. Había sufrido y pagado por demás su “derecho de piso”. Creía haber ganado el respeto del mundo y si el mundo no se daba por enterado, ella tomaría lo que era de ella. Por la fuerza, por la astucia o como dé lugar. Era una cuestión de códigos. Leonor no los había inventado, pero se ajustaba a ellos para vivir. Un mínimo de reglas formales o de las otras eran elementales para convivir en esta jungla.

La pendeja no lo había entendido. La había desafiado. Irrespetado. Había malinterpretado aquel dicho que sostenía que “no hay mejor defensa que un buen ataque”. Hay veces en las que un ataque irresponsable no es defensa, sino suicidio.
No era nada personal. No por ahora. Pero al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Ella había cruzado la línea. Y ahora tendría que pagar.
Esperó unos minutos para asegurarse de que Guillermina se hubiera alejado lo suficiente. Con cautela comenzó subió las escaleras de viejo mármol blanco, los bordes redondeados por la erosión de millones de pasos.
Pasó el primer piso, sin siquiera oír la letanía cumbiera que provenía de alguna de las habitaciones. Continuó su ascenso decidido, pasando de largo el descanso del segundo piso y la puerta de su propia habitación, contigua a la escalera. Jadeante, exhausta llegó a la tercera planta y se tomó unos segundos para recuperar el ritmo de su respiración.
“Los años no vienen solos”, pensó.
Una vez repuesta caminó despacio con un objetivo definido. Un paso. Dos. Tres.
Finalmente llegó al final del pasillo presa de una extraña excitación. Estaba grande para estas cosas, pero había que hacer lo que había que hacer.
Sacó una llave del bolsillo trasero de sus jeans. Una llave maestra. Se la había agenciado unos meses atrás cuando el administrador la dejó, en un descuido, en recepción. Nunca la había usado, hasta ese día.
La introdujo en la cerradura de la habitación de Samantha. Hoy era “de Samantha y Guillermina”, pero confiaba en que fuera así por poco tiempo.
La puerta cedió sin dificultad y su cabello químicamente rubio se asomó entre el marco y la hoja, oteando el panorama.

El desorden de Samantha era lo que primaba en la fotografía del cuarto. Ropa tirada, zapatos de taco alto sin su par a la vista, maquillaje sobre la mesa de noche con marcas de cigarrillo en el borde. Nada inusual.
De pronto, Leonor vio el bolso. Y se le iluminó la cara.
Avanzó rauda hacia el único equipaje que había traído Guillermina y con gesto nervioso lo vació sobre la cama.
Una agenda, algo de ropa de dudoso gusto a sus ojos, ropa interior (¡Qué chiquitas eran las bombachas! La odió por eso), unos pocos pesos y el DNI.
La conmovió un poco todo aquello. La chica había dejado su provincia para probar suerte en la Capital. Había venido casi con lo puesto. Era valiente.
“Las mujeres recorremos un mismo camino. Sólo cambia el paisaje y los kilómetros recorridos. Pero el sendero es uno solo: El de la lucha constante” solía decir ella. Se sintió identificada en un punto indefinido con la chica, pero de inmediato ahuyentó esa sensación y alimentó su ira con un bocado -grande- de rencor y resentimiento.
Haría lo que había venido a hacer.

Sin saber muy bien por dónde empezar, guardó todas las cosas en el bolso desordenadamente. También guardó el dinero (“la loba no sabe robar. Sus dientes, son armas de matar”).
Sólo se quedó con el documento.
Se acercó a la ventana que daba al paredón ciego. Un ojo cuadrado de luz grisácea. Hacia abajo, un baldío con maleza de siglos.
Tomó el DNI de Guillermina con ambas manos y lo rompió con furia, en tantos pedacitos como la fuerza de sus dedos lo permitió. Media foto de Guillermina cayó al suelo haciendo un bailoteo desarticulado en el aire. El fragmento mostraba una sonrisa sin ojos. Una hermosa sonrisa. Leonor levantó del piso la foto rota, la miró por un instante y la juntó con el resto de los retazos irregulares tirando todo por la ventana, en una parodia pobre de festejo futbolero.
-Vamos a ver cómo te las arreglás en Buenos Aires sin identidad.
Luego se dirigió a la cama de la chica y se bajó los pantalones y la bombacha hasta las rodillas. Con un movimiento poco grácil se acuclilló sobre el colchón. La postal era grotesca. Gracias a Dios esa faena debía hacerse sin testigos. Aguardó el par de segundos que fueron necesarios y orinó largamente sobre la cama de Guillermina, dejando un charco oscuro de formas geográficas.

Cuando su vejiga estuvo vacía, acomodó sus ropas frente al espejo sucio del cuarto. Se acomodó el pelo con las manos y salió como si nada hubiera pasado, cerrando la puerta con llave tras de sí.
Por su parte, las cosas estaban a mano. Habían recuperado su orden natural.
Guillermina vagó horas por callejas grises, sucias, malolientes, sus ojos todo lo consumían y una pequeña voz interior repetía, aprendé, memorizá, compilá imágenes. Dio un respingo y brincó por los aires cuando un mendigo quiso tomarla del brazo, “por un mendrugo de pan”, rezaba el cartel que le colgada del cuello. Corrió asustada, cuando lo miró a los ojos y los descubrió blancos. Ojos blancos que fosforecían en la oscuridad. Sus pasos rebotaban en las calles ciegas y era el único sonido que engendraba la noche. Ciudad devoradora de hombres, desde que había puesto un pie en esta patética Buenos Aires todo era amenazante, el rostro pétreo de Leonor, el asqueroso desorden de Samantha y ahora esta pobre gente pobre.
Sostuvo el motivo de su venida, había venido a esta gran ciudad a comérsela entera con el único utensilio, el que ella manejaba con mano experta: la pluma. Su norte era ser una gran periodista, la mejor y estaba dispuesta a todo por ello.

A pesar de su corta edad, reconocía que el camino era largo y duro, pero traía Plan B, si su pluma no convencía traía armamento pesado, mirada directa, sonrisa brillante, caídas de parpados en el momento apropiado y un buen par de piernas. Era una experta en la sutil empresa de la seducción.
Consentía que más allá de su versatilidad y manejo de las letras, los caminos para coronarse con el éxito pasaban por entremedio de sus piernas, pasaje dulce, envolvente, mágico. Pero debía –además- agregar inteligencia para acertar con buen tino en la elección del pasaje.
Y se puso a rememorar todas sus ansias de pretensión para llegar a la cosmopolita ciudad, digamos que ser la amante del editor del periódico local, por dos años, en algún momento tocó su techo y cuando todo eso le supo a poco y su ambición seguía con el mismo hambre, decidió abandonarlo y zambullirse de lleno en esta aventura que podría costarle caro, pero no tenía nada que perder y se rió de sí misma cuando recordó el precio de su virginidad. Lo había apostado a un puesto de trabajo, que le trajo satisfacciones y reconocimiento en un pueblo dormido. Cuando ya no pudo hacer más nada para despertar del letargo a los rutinarios pueblerinos, quiso probar suerte con otra clase de depredador. Los de la gran ciudad. Y estaba segura que caerían inermes a sus pies. Igual que todo el que osara ponerse delante de ella.

Living Dead y Eleonora continuaron

Las horas de la tarde pasaron como una exhalación, cediendo ante los embates de las primeras penumbras crepusculares. Guillermina se había sentado en las escalinatas del Monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, concentrada en la tarea de garabatear sus experiencias en un cuaderno cuadriculado tamaño carta.

puedo fingir mil orgasmos esta noche
pensar que te busqué, pensar que te quise
me imagino tus labios calientes sobre los míos, tu abrazo candoroso, tu pecho refugio de mis angustias, tu respirar acompasado que adormila al mío, no quisiera mas que tu agonía sobre mi oído, tu palpitar dentro de mis humedades, quisiera escucharte morir una y mil veces más y, cuando la noche se apague, te consumas dentro mío para siempre…

Tomó conciencia de la hora cuando se vio obligada a achinar sus ojos para hacer foco en la letra pequeña y despareja, con la que cualquier grafólogo se haría un festín. Cruzó Santa Fe aturdida por el ruido del tránsito y asqueada por la nube negruzca de smog, omnipresente en esta ciudad de locos. Caminó sin prisa, el cansancio latía en sus pies, llegó a la pensión. Pasó por el vestíbulo desierto y fue directo a su habitación. Recordó el camino a pesar de haberlo recorrido una sola vez.
Subió peldaño por peldaño hasta la planta del tercer piso, dibujando en su mente el inmenso placer de flotar en un vuelo gracioso hasta su cama. Calmar su agotamiento. Dormir hasta que el sueño haya sido un mal recuerdo. Ya habría tiempo para repartir currículums, recorrer facultades y responder las preguntas punzantes que su perseverante sentido de la responsabilidad de obstinaba en formular.

El cuarto estaba oscuro. Si bien la ventana no tenía cortina, el paredón que la bloqueaba no admitía la menor filtración de claridad. Avanzó a tientas hacia la cama y sin correr las cobijas se arrojó pesadamente sobre ella con un bufido profundo. Sobrevino una sensación fría de humedad que la dejó perpleja y saltó como un resorte emitiendo un gritito corto y agudo. Corrió hacia la llave de luz y la accionó, dando vida a una lamparita de 40 watts que pendía del techo sostenida sólo por los cables. Con los ojos desmesuradamente abiertos observó la mancha oscura sobre el acolchado verde de tono desvaído. Un gran círculo aceitunado de contornos irregulares. Acercó su rostro y frunció la nariz, ante el hedor acre del orín.
Con las manos temblorosas tomó su bolso y se sentó en el suelo, con las piernas abiertas en una “V” infantil. Sacó sus pertenencias una por una y las reunió delante de sí, ensayando un inventario breve en su cabeza. El dinero estaba en su lugar. Esos 200 pesitos eran de momento su mayor preocupación, ya que eran su único sustento hasta que sus padres decidieran perdonarla por su aventura loca de conquistar la ciudad contra todos sus consejos y recomendaciones: “Aquí no te falta nada. ¿Para qué te vas a ir?”
-Todo. Me falta todo…Dijo en voz baja como respondiendo una pregunta fuera de contexto.
El dinero estaba. Y la ropa. Y la agenda…
De pronto su mirada se detuvo en un pequeño fragmento de papel verde que descansaba a un metro de su graciosa, lúdica posición. Sin incorporarse del todo acercó su pecho al suelo y estirando su brazo derecho lo tomó. Era un papelito ligeramente triangular, con un número “2” troquelado. Ató cabos y se sintió morir…
-Qué hijos de puta!!…el DNI…

Víctima de una mezcla de odio, impotencia y tristeza, comenzó a llorar en silencio, intentando contener los espasmos de su pecho.
¿Por qué a ella?
¿Quién podía querer interferir entre ella y sus destinos de grandeza?
-Envidia -se convenció-. Esa es la única explicación…
Estaba en pleno proceso autocompasivo, comenzando a lamer sus heridas, cuando Samantha ingresó a la habitación y los ojos de Guillermina se dispararon hacia ella como misiles sobre Irak.
-Vos…!!

Con las primeras luces del alba y cuando Samantha aún no había sacado su llave de la cerradura, la silueta de Guillermina se agrandó a su lado con una indignación inesperada. La chica enarbolaba uno de sus propios zapatos. El taco agudo, la correa perforada flameando como una lombriz atontada. En su ciega e incomprensible actitud, Guillermina descargó una andanada de golpes con su improvisado armamento. Una de las veces que su brazo descendió sobre la incredulidad de Samantha, el filo del taco halló un tramo de piel maquillada en la frente de ésta. Y se posó allí, anidando en un hueco pequeño pero profundo. Cuando Samantha sintió el contacto de aquella pequeña catarata tibia primero en su frente y luego en su mejilla, un switch se activó en su interior. Su puño salió despedido sin un estilo pugilístico depurado. Era un golpe femenino, pero con la fuerza de un hombre. Llegó sin escalas a la quijada de Guillermina. Y le apagó la luz. Un rato (largo) después, Guillermina se despertó. Estaba acostada en la cama de Samantha. Tenía en sus manos un pañuelo que envolvía uno o dos cubos de hielo, los que al derretirse habían comenzado a chorrear dejando un reguero húmedo en su ida y vuelta al mentón de la chica.

Samantha la miraba con gesto indulgente. Un punto rojo de sangre a medio coagular coronaba el centro de su frente. Casi entre los ojos, como si se tratara de un ornamento hindú. Guillermina pensó en eso y quiso sonreír, pero se reprimió.
-Hija de puta. Me rompiste el documento. Me cagaste la vida…
-Vos estás mal de la cabeza. Yo estuve toda la noche en la calle. Mirame la cara. No sé qué mierda te hicieron, pero no fui yo.
Parecía sincera y Guillermina le creyó enseguida, aunque no quiso demostrarlo. Mantuvo su actitud recelosa.
-Pero…vos sos la única que tiene la llave.
-Querida, ¿vos viste esa puerta? La puede abrir un nene de 5 años.
Guillermina voltea su mirada hacia la puerta que yace gris y vieja como siempre. Luce muy deteriorada
-¿Te robaron mucho? (Insiste Samantha).
-No. La plata no me la tocaron, pero me destrozaron el documento. Mirá (le mostró el fragmento con el número “2” hecho con perforaciones regulares) ¿Ves? Y encima me mearon la cama.
-Ah! Entonces fue una guachada.
-Noooo, ¿en serio?
-Bueno, nena, bienvenida a Buenos Aires. Algún día con más tiempo te voy a contar la bienvenida que me dieron a mí.

La desconfianza de Guillermina fue cediendo. Samantha parecía una buena persona y ella no era prejuiciosa, a pesar de la educación conservadora que había recibido en su hogar y en su escolarización provinciana.
-Disculpame.
-¿Perdón?
-Disculpame por atacarte. Reaccioné como una chiquilina. ¿Te lastimé?
-Se necesita más que un zapatazo para lastimarme. De todos modos, si lo hacés de nuevo, te rompo la trompa (Dijo y ambas rieron).
Samantha ayudó a Guillermina a cambiar las cobijas luego de dar vuelta el colchón orinado. Luego se acostaron a dormir. Guillermina soñó con un río cantor, alimentado por el deshielo de los Andes del Sur. Soñó con guitarreadas a la vera de un fogón. Con gente buena y sin resentimiento.
Entre sueños, Guillermina lloró desconsoladamente.

Living Dead concluyó

Se despertó cerca del mediodía notando un ardor molesto dentro de su boca, ya que el golpe de Samantha le había hecho cortarse el labio con sus propios dientes. Se acercó al espejo polvoriento de la vieja cómoda y trató de reconciliarse con su propia imagen: El pelo sucio y revuelto, la protuberancia en la quijada (¡Qué fuerte pega el trava-pensó-!) y los ojos hinchados de tanto llorar. Se quedó un buen rato allí parada. Sopesando. Rumiando una decisión. Finalmente como impulsada por la ola de un mar picado, aceleró sus movimientos. Se calzó su jean de tiro bajo y sus sandalias baratas. Se dejó la misma remera que había usado para dormir, sus pechos jóvenes bailoteando por debajo del suave algodón libres de la tiranía de un corpiño.

Tomó el bolso que nunca había desarmado y salió de la habitación. Comenzó a bajar por las escaleras rumbo a la recepción, acompañada sólo por el eco de sus pasos. Cuando pasó por el pallier del segundo piso, impulsada por una sensación difícil de describir que conjugaba todos los matices atrapados entre curiosidad y rencor, desvió su marcha hacia la habitación de Leonor (luego del incidente de la víspera se había preocupado por averiguar cuál era la madriguera de la loba). Encaminó lentamente su mano hacia el picaporte y lo accionó con cuidado. La puerta pivoteó en sus goznes y se abrió con un chirrido imperceptible.
El panorama del cuarto era una réplica exacta del suyo. Leonor dormía en una de las camas de una plaza, mientras que la otra cama permanecía desocupada y ordenada, aunque con algunas prendas sobre el acolchado.

Guillermina miró a su alrededor y actuó rápido. Acumuló una buena cantidad de papel higiénico debajo de la cama vacía. Usó todo el rollo que Leonor tenía en la mesa de noche. Cada inquilino debía agenciarse el suyo. Era norma de la casa.

En la misma mesita descansaba un paquete de Marlboro de 10 y un encendedor plástico. Guillermina tomó este último y procuró que una larga lengua de papel higiénico la acompañara hasta la puerta del cuarto.

Puso una rodilla en tierra y encendió el extremo del papel, observando como la llamita inicial se agigantaba voraz, corriendo vertiginosamente hacia el gran bollo desordenado bajo la cama desocupada.

-Las lobas cazan en manada. Y vos estás sola. Sola como una loba descastada…
Dijo en voz baja, con un reflejo anaranjado en los ojos.

Cerró la puerta con cuidado y continuó hacia la salida a paso lento, como si aquella escala demente nunca se hubiera llevado a cabo.

Caminó hasta la avenida, con aire ausente.

-Señor, qué me lleva a retiro?
-Tenés el 152 y el Subte “D”. El subte es más rápido, pero tenés que hacer combinación.

Eligió el colectivo. Llegó enseguida y vino vacío. Sintió que su suerte había cambiado. Era hora que Dios hiciera justicia con ella.

-Uno de 80- le dijo al colectivero.

Un ulular de sirenas comenzaba a escucharse a sus espaldas, cada vez más lejano.

La vida es una barca.
Calderón de la Mierda

Eleo empezó

Con tesón ella esperaba en silencio, quizás fuera sutil, otro vano intento en esa larga carrera de esperar lo inexplicable; se sentó en esa estación vacía y esperó que llegara el tren.
Todas sus esperanzas las había puesto en su maleta, ilusiones a la izquierda, deseo a la derecha, esperanza bien en el centro, la cuota de decepción le había costado guardarla, incluso con remilgos la puso en el bolsillo con cierre, como si así pudiera contenerla, la angustia decidió no ponerla..Pesaba demasiado y era demasiado para sus livianos y ágiles hombros, la felicidad la hizo tambalear, donde debía ubicarla?, era un peso pesado en su vida…o la mas ligerísimas de las cargas, voluntad un poco más centrada a la izquierda, enseñanzas de vida pesaban pero no podía dejarla de lado…era todo su equipaje, de pronto descubrió que todavía no había lugar para tesón, pasión , amor, ternura y agobio…
Y así decidió partir sabiendo que dejaba de lado cuestiones importantes en su vida, pero que no necesitaban maleta.
Lentos pasos edificaban un camino hacia un futuro incierto…pero mucho más promisorio que quedarse esperando que?, Tomo la resolución, ya nunca más nadie sabría de ella…se puso la capa sobre sus hombros en una gélida mañana de invierno y partió , hacia cualquiera cosa que prometiera un futuro mejor…
Pasados unos días se sintió descomponer, se alarmo, pero acentuó lo imprevisible de saber que jamás podría escapar de su pasado, huellas había borrado, sinapsis de neuronas había logrado, pero nada podía dejar de pasar por alto …lo que latía en su vientre… tenia las marcas de sufrimiento latente…se sintió morir, pensó en la posibilidad de terminar en un instante en estas dos vidas que morían dentro de ella, porque en ella todo era muerte, todo era dolor, desconsuelo, y llanto, las pocas pertenencias felices que cargaba las había canjeado por un poco de comida..la voluntad la había perdido en un recodo de camino, la ilusión había permanecido impasible e indiferente ante todos sus esfuerzos…deseo era un vago recuerdo y había quedado hecho añicos cuando utilizo su cuerpo para saciar los deseos de otro…ternura había quedado aplastada bajo la necesidad de sobrevivir…se sentía indiferente, dura, hasta mala si hubiéramos considerado el concepto que ella había adoptado de niña sobre lo que estaba bien y estaba mal…y ella estaba maldita …por eso todo lo que crecía en su interior, la revolvía, la acechaba, la asqueaba, conectarse con su pasado era todo lo que ella jamás pensó que sucedería…

Eleo siguió

Y todo la volvía atrás, se acordó de Pedro, hombre de aparente mirada ingenua, se sintió adorada, deseada y todas sus murallas cayeron con estrépito, retumbaron los cielos y se entrego al amor esquivo. En un principio resistió sus miradas, su acoso, ella tan joven y el tanto caminado. Cuando se entregó en sus brazos se sintió como la arcilla, moldeable. Y Así fue. Pero él fue un pésimo escultor de su vida y todavía hoy pugna por escapar. Sangre que mancha sus manos. Era todo lo que ella habia permitido que quedara de Pedro en su vida, con ese líquido consistente, pegasoso, viscoso. Minerva había terminado con su agonia.

La Luna continuó

Y así llegó a la ciudad de ancestros precolombinos. una ciudad que aún guardaba mucho de sus antepasados y que al mismo tiempo los repudiaba. la gente mezclaba imprudentemente lo viejo y autóctono con lo foráneo y nuevo.
no supo orientarse allí y lloró durante horas en una esquina porque se perdió. Hasta que vino esa mujer con aires de bruja y le indicó el camino.
Caminó bien a partir de ahí. Encontró un trabajo, viajó por todo el país conociendo comidas, joyas, artesanías y gente. Y también el mar del pacífico y del atlántico. Conocíó a un hombre y con él fundó una comunidad para alimentar niños y viejos. Y aunque él la dejó siguió viaje más al sur, a donde desembarcó por el río, el primer día de octubre, un hermoso día peronista.

Kill continuó

-Es agotadora la sensación de impermanencia.
Decía y temblaban sus manos intentando no pegotearse con una medialuna de manteca, de esas tamaño pebete.
-¿Cómo puedo hacer para conseguir un cuarto decente?
Le pregunto con voz aporteñada, con un acento que gritaba a los cuatro puntos cardinales que no era de allí, que no pertenecía.
-Hacé dos cuadras por la avenida hacia la derecha, vas a encontrar una calle empedrada de una sola mano, caminá por ella hacia la izquierda unas cuatro cuadras, vas a encontrar un hotel, parece poco serio pero no lo es, se llama “Las Margaritas”. Intentá hablar con Dolores, es la dueña, decile que vas de parte mía.
Ella lo observó describir al mismo tiempo que secaba una jarra de porcelana blanca. Recordó sus palabras de aquella noche de pelea, “las mujeres no pueden hacer bien dos cosas a la vez, es algo genético”. Aquel comentario misógino había llegado a su cabeza en ese momento y mientras seguía recordando, el dueño del café se movía en cámara lenta. La vida gira, el sol siempre a mi izquierda, la situación frenó con un soplo repentino.
-¿Me escuchaste piba?
-Si, ¿cómo dijo que se llama?
-No dije pero me llamo Mario, ¿escuchaste bien lo de las gitanas del conventillo?
Ella asintió con su cabeza y emprendió el viaje, pensando y caminando, ¿habrá de salir algo mal?

Gabu continuó

Elucubraciones vanas, estancadas en un presente con pasado; sabe que está vacío el espacio donde tendría que estar él esperándola…
Llega al hospedaje y un cartel anuncia que “NO HAY HABITACIONES DISPONIBLES”. Se siente invisible, con los ojos llenos de ilusiones y lágrimas busca en el horizonte, quiere salir corriendo, ordenar su vida, pero por más que camine y camine por las calles no se pude hallar…
El sol comienza a caer en este viaje de círculos que la encuentra parada en el mismo punto de partida, confundida en un mar de lágrimas.
Sola en este desierto plagado de entes que continúan su andar, como autómatas que ven solamente hacia el frente.
Camina en línea recta, confía en llegar pero no hay fin ni meta…
Detenida, enfrascada en su burbuja de complejidades, no puede seguir el ritmo, alejada de la corriente de vanidades, comprende que la vida no es ofrecer a cambio de nada, ilusiones y soluciones mágicas, relaciones duraderas como hechizos de un Hada.
Una vez más su castillo de sueños se convierte en uno de cartas, vencida comienza nuevamente a forjar lo perdido, comienza a desandar para iniciar un cambio repentino.
A lo lejos se vislumbra una salida, una luz se prende y apaga. Camina hacia ella armándose de nuevas fuerzas.
Nuevamente un paso delante del otro y a reintentar.

Living Dead continuó

Una sensación dulce de optimismo, similar a las que producen las dósis excesivas de café o chocolate, se apoderó de su penoso presente. Sentada en una escalinata sucia de una calle sin nombre, apenas iluminada por un foco amarillento, que parecía observarla como el único ojo de un cíclope irónico, comenzó a deambular inerme por el delgado sendero que separa el sueño de la conciencia. Sus ojos entrecerrados sugerían siluetas engañosas remitiendo a recuerdos gratos: Su medalla de mejor alumna en sexto grado, que le había valido una reluciente bicicleta roja. El primer beso a los trece, fugaz e inexperto, pero que había acunado una brasita en su bajo vientre que al crecer se transformaría en un incendio de proporciones incalculables. Las meriendas de los domingos con sus padres y su hermano. Suiempre fueron inseparables, hasta aquel verano fatídico.

El recuerdo de aquel enero borró de su rostro la sonrisa involuntaria que se había tallado en él, regresándole la mueca de tristeza que llevaba como un estigma, como un tatuaje carcelario.

Su agotamiento extremo no le permitió en un primer momento sentir la humedad incipiente de su entrepierna. Un río carmesí tomó por asalto sus muslos, sus rodillas, generando un charco espeso en la tierra de la vereda sin embaldosar.

Un relámpago de lucidez iluminó sus pensamientos turbados por una modorra que se resistía a replegarse.

Intentó gritar, pero sus cuerdas vocales no le iban a permitir tanto. Con un hilo de voz, dijo:
-Me voy…

Eleo continuó

Y así llegó tambaleante a la casa de las luces que titilaban, la sangre seguía brotando de su entrepierna, sin fuerzas, su mano extenuada golpeó con debilidad la puerta y se sumó a la más profunda de las oscuridades.
Despertó días después, abrió los ojos, la cegaban unas luces albinas, la rodeaban mujeres con austeros hábitos, que recorrían metódicamente la sala aséptica de todo, de olor, de sonido de vida, sin notar su presencia. Minerva sólo alcanzó a escuchar murmullos y pasos rápidos, intentó reincorporarse pero su debilidad no se lo permitió, intentó mover sus manos, al menos ellas si tenían una cuota de fuerza y podían obedecerla. Recorrió su vientre con sus manos, al principio lo hizo con timidez, pero cuando lo sintió plano, vacío, abandonado, sus manos se agitaron histéricamente y cayó en la cuenta de lo sucedido.
De la sala del hospital brotó el aullido más irregular y espeluznante, un grito de desesperación, de angustia, un grito de muerte. Y con su boca, pastosa y seca, maldijo con fuerza, con violencia desesperada a Dios. Exhaló un suspiro deseando que fuese el último y cayo otra vez inconsciente. Entonces volvió a aquel Enero una vez más.

Living Dead continuó

Habían encontrado el lugar casi de casualidad, fue a partir de una de aquellas recomendaciones vagas que se suelen pasar por alto:
“Es un pueblito costero casi perdido. Alquilan unas cabañas casi en la playa misma. La tranquilidad es absoluta”
Sus padres no tardaron en decidir que el sitio se ajustaba, para las vacaciones familiares, a su presupuesto y expectativas. Muy a pesar de las quejas que sus 15 noviembres profirieron casi a gritos:
-Papá, ese lugar está muerto. No tiene vida nocturna. Vamos a estar nosotros solos…
Su hermano dos años mayor no dijo nada. Su carácter retraído lo había convertido en un ser reacio al trato social. Su cara afectada por un acné persistente tampoco ayudaba demasiado, al igual que su corpulencia rayana en la obesidad. Era poco menos que un autista, aunque su inteligencia era filosa como una daga.
La relación con Perseo (siempre odió la obstinación de sus padres con la mitología antigua), había cambiado desde el comienzo de su desarrollo.
Varias veces lo había descubierto espiándola mientras se cambiaba, o con los ojos clavados a cal y canto en las tenues protuberancias de su pecho adolescente. Prefería no obstante creer que eran suposiciones infundadas, que se perseguía inútilmente: El era su hermano, con quien hasta ayer nomás jugaba a las escondidas o a la escoba de quince.
La tarde del 15 de enero marcó un antes y un después en aquel verano, en su relación con el mundo y en toda la escala de valores que manejaba hasta allí. Lo ocurrido una tórrida tarde a la orilla del mar derrumbó su vida como si la hubieran dinamitado desde su base misma.
Aquella tarde sus padres habían decidido ir al pueblo por provisiones. Minerva había preferido quedarse para no perder el día de playa.
Vio alejarse el auto desde la costa y luego se internó en el mar, que por esas latitudes presentaba una plácida calma carente de oleaje. Nadó por unos 40 minutos, pensando en nada y jugando a ser una sirena, con el sector de su cerebro que confirmaba su condición de niña a contramano de unas caderas de contornos agresivos. Calientes.
Comenzó a salir del agua a paso lento, sus músculos aún reblandecidos por el intenso ejercicio. Cuando el líquido salado aún besaba sus rodillas, se frenó en seco. Su hermano estaba parado frente a ella. Y la miraba. La miraba como la había mirado muchas veces, pero esta vez la lascivia era inequívoca. Peligrosa.
Minerva observó sus ojos y no le gustó lo que vio. Un brillo extraño, hostil, cubriendo con un velo opaco los auténticos ojos de Perseo, que de todas maneras también estaban allí.
Ensayó una sonrisa poco convincente e intentando suprimir el temblor de su voz, dijo en un susurro:
-¿Qué pasa?

Eleo continuó

Minerva intentó pasar a su lado con agilidad, como si no hubiera leído en sus ojos la asquerosa insinuación. Apuró el paso, pero una férrea mano que atenazó su muñeca la paralizó. Intentó resistirse, miró a los alrededores pero era inútil, aquella solitaria e idílica playa que su padre había elegido a conciencia se convertía en una condena. Cayó al piso indefensa de un brutal golpe que la dejó atontada. A pesar de estose resistió como una salvaje. Perseo se abalanzo asquerosamente sobre ella, su lengua invadía todos sus rincones. Minerva peleó pero resultaba inútil ante los embates de su hermano que no reconocían razón. Lloraba silenciosamente por esta cruel circunstancia que le tocaba vivir. Su cuerpo era levantado y luego golpeado al ritmo del candente y alocado deseo de su hermano. Cuando le arrancó el bikini y la penetró con vehemencia, sólo puso protegerse en la inconsciencia. Rompió sus sueños de niña, pisoteó su inocencia, mancilló el autorespeto. Avergonzada, dejó de luchar cuando se dio cuenta de que todo intento era inútil. Con el último jadeo agónico, Perseo se levanto y huyó con celeridad. Dejándola, desnuda, herida, húmeda de semen, confundida y con la certeza de que su inocencia había muerto con el cuerpo de su hermano como arma.

Living Dead continuó

Despertó bañada en sudor, su entrepierna latiendo sordamente, los ojos desmesuradamente abiertos intentando familiarizarse con un entorno por completo desconocido.

Sus recuerdos comenzaron a ordenarse gradualmente y el inventario de su nueva realidad podía reseñarse con síntesis pasmosa: estaba en un país extraño, sin un peso ni un sitio a dónde ir, había perdido a su bebé como la más desamparada de las indigentes y la muerte, una vez más, había exhibido una mueca burlona pasando a su lado con soberana indiferencia.

Así estaban las cosas.

El lugar donde se hallaba parecía ser un convento o alguna clase de refugio para mendigos. Bastaba recorrer la estancia con la mirada para llegar a esa conclusión. Una habitación tenuemente iluminada, un vago olor a orines y una decena de despojos humanos olvidados por el mundo que yacían en camastros sencillos (como el suyo) sin hacer más que respirar maquinalmente, esperando sin prisa el momento en que su organismo deje de hacerlo, y así descansar.

De pronto una voz a sus espaldas la sacó de su trance. Sonaba cálida, aunque firme.

-¿Cómo te sientes?

Minerva se volvió sobresaltada…

-Bien…mal…no sé…
-Tranquila -dijo la mujer- aquí estás a salvo.

La chica clavó sus ojos en los de la mujer. Tendría unos 60 años, contextura robusta y ojos de un azul muy profundo. Una vieja cicatriz nacía de su comisura derecha y se perdía bajo el cubre cabeza de un hábito marrón que la monja vestía con asombrosa prolijidad. Minerva no pudo evitar un sobresalto, que seguramente no pasó desapercibido para la mujer, sobre cuyo pecho un crucifijo de plata acompañaba sus movimientos con un bamboleo leve. La mirada de la mujer transmitía una rara serenidad.

Minerva no habló. Se limitó a asentir con la cabeza quizás esperando que la monja siguiera hablando. O tal vez que comenzara a cantar. Un arrullo estaría bien. Un arrullo como los que su madre le dedicaba cuando niña.

Nada de eso ocurrió. La religiosa le separó con delicadeza un mechón de cabello que colgaba sobre su frente y prolongó la caricia hacia su mejilla. Le dedicó una breve, preciosa sonrisa y se retiró diciéndole:

-Trata de descansar. Ya hablaremos más tarde.

Minerva siguió con la vista el andar sereno de la monja mientras se iba, hasta que desapareció por una puerta lateral. Entonces se arrellanó en el colchón y casi de inmediato se quedó dormida.

Esta vez no hubo pesadillas.

Gabu continuó

Se despertó en medio de la noche sintiendo la garganta seca, tanteó alrededor suyo creyendo haber visto un vaso de agua, pero no había nada. Sin poder distinguir entre el dolor de su cuerpo y el de su alma, se incorporó en la cama, aunque sentía un ligero mareo se paró con dificultad y pudo moverse hasta la puerta. Intentó abrirla pero estaba cerrada, miró a su alrededor y se dio cuenta que estaba en una habitación, más parecida a un calabozo que a una enfermería. Sobresaltada intentó pedir ayuda.
- ¡Hermana! ¡Hermana!
- …
- ¡Hermana! ¿Alguien me escucha?
- Hija mía, ¿por qué no descansás?
- ¿Hermana por qué está cerrada la puerta?
- Es por tu seguridad…
- Pero si ésta es la casa de Dios, no existe lugar más seguro en el mundo, ¿por qué este encierro?
- Hija, mañana hablamos…
- Hermana, ¿me da un vaso de agua?
-Hija, la cocina ya está cerrada.
Minerva supo que mañana iba a ser otro día y le serviría para conocer las costumbres de aquel convento un poco mejor. Tenía una sensación chocante del lugar, pero no quería seguir pensando.
- ¿Hermana? ¿Aún está ahí?
- Si hija mía, ¿en qué puedo ayudarte?
- Su nombre Hermana, no me dijo su nombre…
- Sor Esther, ahora dormí, el Señor velará tu sueño.
Minerva intentó rezar, pero su mente estaba ausente, embotada en ese calabozo.
El estado de demencia la arrollaba sin tomar conciencia ni de quién era…

Eleo siguió

Minerva creyó escuchar el llanto de un bebé, nerviosa sus manos sudaron y una película fina de sudor también le cubrió la cara. Se enjuagó el rostro con un paño y vio que lo que la rodeaba era un panorama desolador. La situación no resistía mayor análisis, debía escapar, pero primero tenía algunos asuntos pendientes. Enero volvió y el presente se fundió una vez más con su pasado. Otro llanto, esta vez distinto y mucho más agudo la sacó de su estado semiinconsciente. Estaba adolorida y se sentía vieja. Desconocía por completo su imagen en el espejo. La imagen era de una mujer extraña, dura, amarga. Una imagen con un rictus de dolor que la observaba desde el espejo. Sus ojos no tenían luz, su mirada opaca tenía el color gris de esos lugares que sólo reflejan miseria y desolación. A sus 15 años Minerva se sentía maldita, abandonada por un ser superior al que le había pedido clemencia y piedad desde aquel día en la playa. Pero este ser supremo, al que sus padres le habían enseñado a adorar y creer, se había obstinado en dejarla en manos de…y ahí el camino se abría en miles de interrogantes que no conducían a ningún lugar. Perseo era siempre la respuesta, pero ¿y si sólo era otra víctima? Más tarde que temprano Minerva habría podido mitigar la profundidad de las heridas, pero una renacía con fuerza, volvía en oleadas cada vez más peligrosas, no le daba paz y tenía relación con ese llanto, agudo, estridente, proveniente de un recién nacido.
Aplazó por un tiempo lo inevitable. En su inocencia no comprendía la magnitud de lo que crecía en su vientre. Pasadas 17 semanas desde aquel ultraje a su inocencia, sintió en su vientre un movimiento independiente de ella, un oleaje que la paralizó. No era tan joven como para no comprender los alcances de tener sexo sin protección, obligaciones y responsabilidades que ello comprendía y que mamá pregonaba a quien quisiera escuchar. Generalmente la destinaria exclusiva de la prédica era Minerva. Sopesó un abanico de posibilidades que estaban al alcance de la mano. Los primeros días luego de la confirmación de su embarazo no fueron fáciles, se revolvía en la posibilidad de dar a luz a un monstruo, tal como la había convencido el párroco desde su púlpito, cada domingo. Sexo era pecado, pero coito entre personas de una misma familia era la condena misma, la expulsión directa de la tierra del señor y el boleto al más terrible de los infiernos. Sólo pueden engendrarse seres deformes y con un rostro que refleja el más temible de los accesos carnales, el incesto. Minerva movía la cabeza con vacilación cada vez que lo escuchaba y trataba de desprenderse de sus palabras. ¿Qué podía hacer? La opción de no tener a su hijo se había esfumado, era un intento demasiado riesgoso, pondría en riesgo la vida de ambos. Cómo explicar al mundo que eran dos víctimas, ella y su bebé, que era inocente, mil y una veces víctima. Y su razón infantil le jugó la más amarga de las pasadas. Se prometió esconder su vientre, protegerlo de las maliciosas miradas para luego abandonarlo en un hogar donde recibiera amor, contención, cobijo y todo el cuidado que ella no podría darle. De sólo pensar en un futuro en el cual asumir las responsabilidades para con su hijo, hacerle saber su origen por ejemplo, la retorcía de horror y la proyectaba a un abismo negro profundo.
Su cabeza de niña tejió a la perfección enredadas tramas e infantiles destinos, en los que ella y su bebe salían ilesos e inermes de esta patética historia, luego de darlo volvería ser feliz y podría retomar sus estudios y formar la familia que siempre había anhelado. Pero quiso el destino, que apareciera Pedro, el hombre que terminó por arruinarla. Ni bien lo vislumbró en el marco de la puerta supo que estaba en problemas. Pedro desprendía un aura animal que no podía dejar de ser inhalada por quienes lo rodeaban, fueran hombres o mujeres. Sus ojos vivaces iluminaron la frágil figura de Minerva que sólo atinaba a mirarlo boquiabierta. Su risa contagiosa llenó el ambiente, seguro en su andar, se acercó como un felino a este niña debate mujer que poco pudo hacer para resistir ser arrollada por ese magnetismo. Poco para resistir la honda pasión. Y aunque voces de alarma estallaban en su cabeza, se convirtió en una polilla gris, atrapada por la luz brillante y aunque sabía y estaba escrito que se consumiría en las llamas de ese amor, no hizo ningún movimiento para detenerlo. Minerva se abrazó otra vez profundamente a la muerte, consciente del equipaje que llevaba en su mortal vientre.

Gabu continuó

¡No podía seguir pensándolo!
¿Qué se supone debía hacer?
¿Callar?
¿Huir?
¿Llamarlo?
¿Acusarlo?
La ira más fuerte y letal estaba apoderándose de su espíritu, clavó sus manos a zarpazos en la puerta, observando por la mirilla que alguien se acercaba, improvisó un estado letárgico, cuando un golpe seco derribó la puerta, contundente y con voz cálida, protectora Pedro le dice:
-Hola.
Minerva apuñala aquel saludo con los ojos inyectados en sangre y girando su cabeza en dirección a la voz solo atina la respuesta pasajera, intolerante.
-Si, gracias… Igual ya es tarde.
-¿Tarde? Puede ser, depende para qué.
-¿De dónde venís? ¿Adonde estabas?
-No preguntes más y vamos.
-¿Quién carajo te crees que sos imbécil? ¡RESPONDEME!
-Pedro y vine a buscarte.
Sin poder acomodar sus pensamientos algo le decía que Pedro quizás podía ayudarla.
-Tomá, te traje ropa limpia, una toalla.
-Gracias.
-No sé todavía que haces acá.
-Parece que seguís sin querer entender que siempre vas a estar a mi lado.
-¡HIJO DE PUTA!
-Dale No seas tan arisca, vení conmigo…
Pasmada recordaba las palabras de su madre cuando le hablaba acerca de la vulnerabilidad femenina. Supo en carne propia que un hombre no entiende el “NO” de una mujer y que cuando desea algo lo toma sin permisos.

Living Dead continuó

Pedro tenía unos 30 años cuando casi fortuitamente entró en la vida de Minerva. Era alto y de cabello muy rubio. Lo usaba atado en una “cola de caballo” que soltaba en los momentos indicados, sacudiendo la cabeza como un golpe de efecto. Sus rasgos eran duros pero estéticamente perfectos. Quijada firme. Dientes parejos y muy blancos. Sus ojos verdes guardaban una mirada tranquilizadora, confiable. Su cuerpo lucía fuerte, musculado, y vestía con buen gusto. Claramente era un hombre preocupado por su aspecto.
La tarde en que la silueta viril de Pedro se recortó en el marco de la puerta del bar de mala muerte donde la niña mujer ahogaba sus penas en un submarino con churros, su destino tomó unilateralmente la decisión de continuar su caída sin pausa hacia profundidades inexploradas.
Pedro se acercó a su mesa, buscó en su arsenal de sonrisas la más letal y la utilizó como una espada.
-¿Está bueno?
Minerva levantó la vista y vio al hombre que la había impresionado segundos antes, al hacer su entrada triunfal. Se sobresaltó, aunque no dio muestras de ello.
-¿Perdón?
-El chocolate. ¿Está bueno?
La chica sonrió y en ese momento él supo que había ganado. A partir de ese momento todo cobró una velocidad sideral. Los besos con resabio a tabaco negro. El sexo salvaje, violento, que le dejaba el cuerpo doliendo un par de días. Su vientre que crecía. Lento pero seguro.
No tardó Pedro en develar su auténtico rostro: era un proxeneta barato, que administraba varios departamentos privados en el centro de la ciudad. Inicialmente le propuso alojarse en uno, “…no para trabajar. Yo jamás te pediría eso. En cualquier lado vas a estar mejor que en tu casa…”
Y ella le creyó.
Pasaban los días y ella se iba amalgamando con el entorno. Finalmente la propuesta maduró y cayó por su peso específico. La madame fue la encargada de lanzar el primer dardo impregnado en la ponzoña dulce de la codicia:
-Che, Minerva, me falló una de las chicas… Te querés ganar unos mangos.
Y ella accedió. Sin remilgos y con extraña facilidad. Como si la propuesta hubiera sido lo más normal del mundo.
-Y bueno, dale…
De todos modos ella estaba maldita. Estaba maldita y ya no habría redención posible.

kill continuó

Un esquelético hombrecito apareció en la habitación donde Minerva aguardaba su primer cliente. El hombrecito prefería aguardar es una esquina de la habitación, un lugar con poca luz. Se lo veía intimidado. Minerva intentó dar el primer paso ya que lo veía retraído, casi aterrorizado por la situación. Como un gesto de humanidad le dijo.
-Hola
El hombre permaneció en silencio. Refregaba los dedos de sus manos una y otra vez comulsivamente.
-Te voy a pedir que me abones antes de seguir, son normas de la casa.
El hombrecito hurgó en sus bolsillos y sacó su billetera, extrajo un billete y se lo acercó al pie de la cama donde estaba sentada Minerva.
-¿Qué pasa no te gusto? ¿Te vas a quedar ahí parado todo el turno?
Minerva tomó el dinero y salió de la habitación un momento, como una experta, del otro lado estaba Madame Cristina, quien presurosa tomo el billete lo hizo un bollo y lo metió entre sus pechos, no sin antes dedicarle un guiño a la debutante y levantarle el pulgar de su mano.
Minerva entró nuevamente a la habitación y el hombrecito estaba sentado en la cama aún vestido.
-Veo que ya te vas poniendo cóm…
-Mi mujer me dejó.
Minerva se sorprendió y no supo qué decir. ¿Qué se dice en estos casos?
-Cuánto lo siento, pero tenés que entender que estas co…
-La seguí varias veces, se encontraba con un tipo, un tipo grandote de aspecto hosco. Iban a un hotel barato de la zona de Constitución y a veces a uno por la calle Paraguay.
Minerva lo observaba sin intervenir, intentaba no creerle, intentaba no ponerse en su lugar, vaciar su mente.
-Me dijo que el sexo conmigo no funcionó jamás como ella esperaba, que soy muy frío y que ella es muy caliente, sabés. Me sentí muy mal. Me quería matar. Igual le pedí que no me dejara, que yo no me iba a enojar si ella tenía otros amantes, que con tal de que estuviera conmigo yo la entendía y no iba a reprocharle nunca nada.
El hombrecito hablaba y cada segundo se hacía más pequeño, minerva intentaba enfriar su cabeza.
-Unos meses funcionó, aunque no te voy a mentir a vos. Nunca me resultó indiferente que mi mujer no quisiera coger conmigo. Al mismo tiempo pensaba que ese tipo la debería estar cogiendo como una bestia, pensaba que el tipo ese debería tener la pija como un brazo y que le arrancaría aullidos como a un animal herido. Eso me volvía loco y me excitaba a la vez. A tal punto que alguna vez me masturbé pensando en el cuadro. Ella patas para arriba y el tipo a pijazos limpios una y otra vez.
Minerva se sentó en la cama cerca del hombrecito.
-¿Cómo pudiste aguantar todo eso?
-No me quedaba otra, nunca tuve otra chance, pero la cosa fue demasiado lejos, ella se empezó a cansar de salir a verse con el tipo y lo empezó a traer a casa. La hija de mil puta cuando yo estaba trabajando cogía con el tipo en la cama en la que yo después tenía que dormir.
El hombrecito rompió en llanto y golpeó la mano contra su rodilla.
-Hace un rato, antes de venir para acá, llegué a mi casa, pensaba en hablar con ella en intentar persuadirla, pero cuando llegué, como si estuviera alucinando, escuché los gemidos de mi mujer. No lo podía creer, pensé, estoy tan obsesionado que la oigo, después qué vendrá? ¿la voy a ver como en espejismos cuando camine por la calle cogiendo con el tipo en letreros luminosos? Pero no, la hija de puta estaba cogiendo en mi casa. Y yo estaba adentro.
El hombrecito se secó las lágrimas toscamente, no podía contener el temblor en todo su cuerpo, Minerva estaba seria como nunca en su vida.
-No lo pude aguantar sabés.
-¿Y por eso viniste para acá, como una revancha?
-No, no, ma qué revancha, ninguna revancha no. Vine para acá porque no sabía adonde ir.
-No te entiendo, ¿cómo que no sabías adonde ir?
-Cuando la oí me puse loco, empecé a caminar ansioso, pensaba qué hacer, pensaba en irme y volver más tarde, en gritar y llamar a todos los vecinos para que vean lo hija de puta que era, pensaba en divorciarme, en llamar a mi abogado, pensaba en una cabaña en la playa, en nosotros dos tomando jugos en una hamaca paraguaya, en el atardecer.
Un sonrisa oscura y rara se dibujó en el rostro del hombrecito.
-No podía contener el llanto. Entonces, fui al mueble del living y agarré el veintidós que comparmos desde una vuelta que nos entraron chorros, subí a la habitación desde donde venían los aullidos de la puta esa y les vacié el revolver encima mientras cogían.
Las pupilas de Minerva se dilataron, de repente se dió cuenta que le había tomado la mano al hombrecito y lo soltó de golpe. Pero el hombrecito no la dejó y la miró.
-Cuando hubo silencio, contemplé un momento el desastre de sangre y carne y me fui.
Me fui, repetía mientras rompía en llanto, quebrado, me fui y los dejé ahí a esos dos hijos de puta.
Minerva se acercó y lo abrazó. Por primera vez entendía que la vida no estaba ensañada con ella, que todo lo que le había pasado la había traído a este momento, a abrazar a este hombrecito, entendió que el futuro está escrito y que uno solamente puede elegir el camino para legar a él.

Gabu continuó

Perseo había decidido darle fin a la monstruosidad que engendraba Minerva cuando un estruendo ensordecedor y paralizante lo detuvo justo en la puerta de entrada del prostíbulo.
Algo muy dentro suyo se atravesó. Apuró el paso hasta correr ciego tras el rastro del sonido seco, subió las escaleras sorteando peldaños cuando de golpe se topó con Pedro.
-Solo me queda una asignatura pendiente y acá estas.
-¿Qué hacés vos acá? Y Miner…
-Ella está bien, muy bien y vos vas a estar mejor que ella.
Pedro sacó el arma pronto a cargarla con la única bala que tenía en su bolsillo, la misma a la que, en un arrebato de locura, le había tallado la letra “P”. Se la mostró a Perseo que estaba paralizado y, a modo de ruleta rusa, la colocó en el tambor.
-Todo debe quedar en su lugar, ¿no te parece Perseo?
-…
-Si estás tan preocupado por Minerva voy a llevarte con ella.
Le apuntó su mirada al centro de los ojos y chocó el arma contra su pecho. El primer disparo no salió. El segundo tampoco.
Pedro dudó, Perseo se persignó y aprovechó ese instante mínimo. Tomó la mano de Pedro, bajándola y el disparo detonó desplomándo al ejecutor.
Nada estaba en su lugar, es que en este bendito mundo, nada está en su lugar jamás.

Living Dead continuó

Aquella noche extraña, con el contexto de una sucia habitación de burdel, varios cabos sueltos se partían resecos y caían en la nada conscientes de su inútil existencia. Pedro yacía en medio de una ciénaga escarlata, entre toses y convulsiones. Perseo miraba hipnotizado el cañón de la pistola humeante, mientras el hombrecillo de la historia trágica huía por la tangente llevándose su ridícula desnudez y los pantalones en las manos.

El resto de su ropa había quedado en un rincón, formando un copito desordenado con pecas de sangre seca. El hombre había sido protagonista y extra de dos películas “de tiros”, en ese orden, en un lapso de pocas horas. Demasiado para su alma pusilánime.

Minerva recorrió la habitación con una incrédula sonrisa tatuada en la cara . Si, sin explicación aparente Minerva sonreía, aunque esa mueca presagiaba una crisis nerviosa a punto de estallar. En su estado casi catatónico creyó ver un objeto al lado de la ropa de su primer y último cliente. Una Bersa 22. Automática. Tan pequeña como efectiva. “…Es un calibre jodido. La bala te camina por adentro y desgarra todo a su paso…” Había escuchado eso de boca de uno de los tantos marginales que frecuentaban el prostíbulo.

En un gesto felino que desmentía su ya indisimulable gravidez, se deslizó hasta aquel objeto letal que había tenido horas antes su bautismo de fuego. Un bautismo por partida doble.

Se incorporó y rebatió el martillo como si lo hubiese hecho mil veces antes. Acercó la boca del cañón a la nuca de Perseo, quien todavía no reaccionaba. No hubo preámbulos. Simplemente disparó.

-Adios, hermano…

Observó como Perseo se desplomaba pesadamente, como una manzana podrida.

Durante ese segundo interminable pasaron por su mente las mañanas en las que iban de la mano al colegio, con cara de sueño, las peleas por los juguetes, los cuentos que mamá les leía a ambos antes de dormir, el consuelo que la voz de Perseo le aportaba cuando la luz se apagaba. ¿Por qué había tenido que terminar de ese modo?

Esquivando los dos cuerpos muertos como si se trataran de charcos de orín, se paró por última vez bajo el marco de aquella puerta, observó los cuerpos de los dos hombres que habían hecho todo por arruinar su vida, sin otro motivo aparente que el motor irracional del egoísmo machista.

Luego, el tren, la ruta, el exilio, la pérdida…la locura?

En aquel hospicio que por ahora le aportaba más recelo que tranquilidad, más dudas que certezas, escuchaba la voz de Pedro detrás de una puerta ciega cerrada con llave.

-Pedro está muerto- Repetía para sí.
Pero la voz persistía.
-Vamos, Minerva, vine por vos.

Living Dead concluyó

Y allí en un rapto de lucidez lo comprendió todo. Se hallaba en el nudo mismo donde se juntan todos los caminos. Donde la muerte desdibuja sus contornos y los cuerpos evaden su destino irremediable de corrupción mórbida. Allí donde las almas juegan a confundir realidades y fantasías en historias de siglos que se definen en segundos. Allí donde el tiempo es relativo y se amasa como masilla en manos de la divinidad de turno.
¿Estaba vivo Pedro?
Tal vez, tal vez no. Era posible que la vida que Minerva le había arrebatado una noche con una hoja temblorosa y brillante le hubiese sido devuelta en algún punto borroso del todo-nada universal, para volver a expirar víctima de la sucia pólvora de Perseo. Y renacer. Y morir. Y renacer. Una vez más. Así sucedían las cosas en ese sitio.

Minerva pensaba ahora con las reglas de juego de su nueva conciencia: ¿Qué vida estaba viviendo? ¿Aquella en que su hermano cruel la violaba a los 15 años? ¿O aquella en que una tarde de enero al salir ella del mar rieron juntos, ella y Perseo, y se fueron a buscar caracoles exóticos por la playa?

La hermana Esther se aproximó por detrás de Minerva, sigilosamente. La muchacha se volvió con lentitud y vio a la monja acompañada a sus flancos por Perseo y Pedro. Los tres lucían serenos y hubiera jurado que los rodeaba un aura púrpura que disolvía el entorno como si fuera témpera fresca.

La puerta ciega junto a la que Minerva se hallaba hacía un instante, o un siglo, se había abierto de par en par, dejando escapar una luz blanca. Muy blanca.

Esther dio el primer paso y cogió la mano de Minerva.

-Vamos –dijo- Ya es hora…

Y los cuatro cruzaron el umbral.

James Brogan: It all came so close to never happening. This life came so close to never happening.
25th Hour – Spike Lee – 2002.

El niño tomó todas sus cosas, escribió una nota, fue cuidadoso con las palabras que usó. También escribió en un sobre la palabra “familia” con la letra efe más grande que el resto, puso la nota dentro del sobre, lamió el borde con pegamento y lo cerró. Besó el sobre cerrado, presionó sus labios contra él y lo dejó sobre uno de los muebles del comedor, justo debajo de una lámpara antigua.

Tomó su magro equipaje y se acercó a la puerta, dió una última mirada al mundo que había conocido y se despidió en silencio de cada una de las cosas que lo conformaban. El comedor sólo está iluminado por la luz de la luna llena. El tiempo se detiene un segundo durante la despedida. Es un infinito de falta de entendimiento. Una zanja abierta en terreno pantanoso, imposible de volver a nivelarse. El eterno segundo deja su imagen marcada a fuego en la contemplación de ese instante. El instante del niño tembloroso, con el equipaje entre sus manos, abriendo la puerta del comedor iluminado por la luz de la luna y cerrándolo luego de salir.

Las tentaciones de este otoño por momentos engañan la vista y ya no se distingue al niño que, luego de caminar unos metros desaparece completamente, su figura, su equipaje y hasta su propia sombra. Detrás de él, la casa se esfuma entra la niebla y la lámpara y la carta y la luz de la luna se apagan como un cierre de iris de unos 48 frames.

Eleo continuó:

Sentir que crece ese sentimiento de independencia, la vulnerabilidad paso a paso desaparece y una fuerza hipnotica lo atrae hacia un futuro de mejores promesas, su mano late junto a su valija,siente que se engrandece se siente dueño de un futuro, una, dos, tres cuadras lo separan de aquello que supo conocer y lo envalentonan hacia un futuro distante y un pasado latente…su figura crece, no hay necesidades afectivas, levita entre la realidad y la inutil ficcion..y cuando ya su alma levanta vuelo y anda por saturno, siente una mano apoyada en su hombro. y suspira relajado. Es papá…que le dice al oído
-Todavia hay tiempo…

Living Dead continuó

El niño se vuelve y fugazmente cruza los ojos con los de su padre, para desviar de inmediato su mirada por el peso, por el mandato de la historia.
-Extraño a mamá
Dice y trata de engrosar su voz. El resultado es cómico. Tierno. El niño aprieta las lágrimas sabiendo que finalmente perderá esa pulseada.El padre se acuclilla y aprieta al niño contra su pecho, las manos ásperas y callosas sobre el espinazo frágil…
-Ya lo sé.
Y el dolor se le escapa a borbotones.
-Ya lo sé…

La noche que envuelve todo no quiso hacer la excepción con ellos. Aquellas tardes de meriendas, cuentos y canciones infantiles habían desaparecido para siempre, eran un trozo de madera flotando a la deriva, una mano entre la multitud, el fondo de una bolsa. EL niño dice:
-La necesito, nunca pude darme cuenta de que ya no estaba.
-Lo sé, ya lo sé, pero la vida está hecha de sensaciones encontradas, de entradas a espectáculos a los que no queremos ir.
-A la mierda la vida entonces. ¿Por qué vivir obsesionado con el dolor? ¿Por qué vivir marcado por el miedo de caer de mi cama al vacío mañana por la mañana?
-No podemos cuestionar a la vida hijo mío, porque la vida es sueño, es aire, intangible, invisible, se nos escurre de entre las manos todos los días, todas las noches cuando nos esforzamos por dormir pero la presencia de esa sensación de dolor nos invade y nos deja aislados en un lado de la cama, al otro lado, la soledad reina.
-A la mierda la vida, a la mierda la vida que tengo, de la misma forma que la vida que tuve.
-Tenés que calmarte, no estás escuchando.
-No quiero escuchar, ¿es que no te podés dar cuenta?
-Tendrías que…
-¡No quiero! Estoy enfermo de escuchar a las personas hablar de lo que pudo ser pero no fue, harto de cada uno piense en que es generoso, proveedor y amante y después verlos cenar en la misma mesa del egoísmo. ¡Harto!
-Pero..
-Y no hay nada que vos ni nadie pueda decirme hoy que me haga pensar diferente, hoy mi cabeza está en la ruta, en huir. Y bien sé que huir no es solución, pero creeme, la única certeza que tengo es la de correr, correr sin parar, lo más lejos que pueda y sin mirar un segundo atrás.
Las miradas se cruzan, el dolor y la angustia son como un vapor que une todas las cosas, todas las luces del día y la eternidad de la noche y la que da cada rayo de sol.

Living Dead continuó

Cuando toda la pirotecnia verbal se agotó dejando un zumbido persistente en los oídos y los corazones, sobrevino un silencio blando, anestesiado. Como un alero angosto que cobija de la lluvia, pero sólo en parte. Ninguno quería ser el primero que cortara esa atmósfera que se había generado, espesa como gelatina a medio cuajar.
Sacando fuerzas de su orgullo último, el padre de espíritu cansado y vapuleado por la vida tomó la posta que tantas veces antes debió tomar. Habló primero. Sintió que debía hacerlo. Se lo debía al niño, y a sí mismo.

- Llevé el pan a nuestra mesa cada día…
- Es verdad, papá.
- Velé tu sueño y tu vigilia. Reí contigo. Vi por tus ojos. Quise protegerte siempre, pongo al Señor como testigo.
- Nunca lo dudé…
- Cuando tu madre se fue se llevó todo…nos dejó vacíos como un cuenco roto. Yo luché por ti aún sin fuerzas. Hoy quiero pedirte algo.
- …
- Quiero que luches conmigo. Que nos pongamos espalda con espalda y le mostremos los dientes a quien ose enfrentarnos.

El niño oprimía la empuñadura de su valija con fuerza. Sus nudillos estaban blancos por la presión ejercida. Sus mejillas una catarata de lágrimas silenciosas. No iba a permitirse un gemido. Ni un sollozo. No en ese momento. El padre prosiguió.

-Porque yo te amo, hijo. Y te necesito más que nunca. No te vayas. No ahora que el hombre en el que te has convertido puede mostrarme caminos que permanecían ocultos a mis ojos.

Un cielo plomizo presagiaba un aguacero. Demasiados temporales para un solo día, pero Dios es intratable cuando explota su vena sarcástica.

-Va a llover, papá. Volvamos a casa.

Era seguramente la frase que hubiera querido expeler de su lengua, pero ya se había quedado vacío de ese tipo de palabras. Su vida estaba patas para arriba y su incapacidad de sentir cualquier tipo de conmiseración tenía la fuerza de la necesidad de olvido, la misma que lleva a los buenos hombres a embarcarse y salir al mar de Bering en búsqueda del trabajo más peligroso del mundo, con la única excusa de una buena paga y un buen clima de trabajo. No, esta no era ocasión para un milagro y, ni siquiera el canto de las aves nocturnas podría silenciar el grito ahogado de la desesperación en sus rostros.

Eleo continuó

El repetido timbrar de ese teléfono lo enloquecía, presentía hace días lo peor, no tenía explicación posible. Tal vez algún vuelo de pájaro que llamó su atención, algún reflejo en una vidriera le hacían presagiar lo temible, hacía dias que sentía pasos demandandantes demasiado cerca suyo, manos que intentaban alcanzarlo…y el apuraba el paso en un intento más de ahuyentar un pasado que lo acosaba y había decidido hace tiempo enterrar. Se lo debía a su padre… el telefono seguia acosando su alma… era permisible seguir diluyendo momentos que cada vez cobraban un aspecto más verosímil…se acercó al teléfono…y escuchó esa voz…ese cantar que lo había acunado, recordaba sus brazos que lo mecían como si el tiempo jamás hubiera pasado…suspiró inagotablemente…y luego de un extenso y confuso jadeo escuchó, palpitó, latió en lo más hondo de su alma, lo que él consideraba absolutamente muerto…hijo soy yo de nuevo, MAMÁ…
Y consideró morirse…

El alma permanecía inmóvil entre sus manos. El desasosiego era su carcelero, su feroz sometedor. Miró a través de la ventana y pensó en por qué se había dejado convencer. Pero ¿se había dejado convencer, o sólo se trataba de otra torpe alucinación provocada por las pastillas y la mala dieta? Hacía un año exactamente habían hecho un viaje al norte. Un viaje iniciático que les mostraría con malos modales, que la vida no era lo que habían anhelado hasta exactamente un segundo antes del punto de inflexión. Con el retrogusto de ese viaje en la boca, pensó en la impermanencia, pero no encontró ninguna nota clara al respecto. Res non verba gustaba de repetir, res non verba una y otra vez, res non verba como una plegaria, como el grito de un niño desde el fondo de un aljibe vacío. “Sáquenme de este condenado lugar”.

Gabu continuó

Se armó de coraje, dejando de sollozar esas intensidades que ya nada valen. Aquél viaje había tocado su recuerdo y algunas fibras íntimas lo llamaban desde un sonido hueco, evocaba un guiño de su melancolía y pasaba a ser parte de su complicidad. Nunca encontraba las respuestas a sus preguntas. Como el viento, vacío de palabras y repleto de recuerdos, sabía que no había comunicación, porque todo lo que suena lejano también suena a mentira. Había una distancia instalada, tal vez sea indiferencia; no hay retorno a ese lugar en su vida que lo inventó. No hay. Igual deseaba irse. Aunque extrañe, sin preguntas y sin dudas.

Eleo continuó

Y volvió a escaparse, se ausentó de la vida, pensó en la posiblidad de otro viaje lejano donde nada lo acosara…miró la valija y reflexionó que en ese lugar donde había elegido morar, no había lugar para equipaje. Se sentó, escribi> una carta y pidió perdon, hacía tiempo que pesadillas relacionadas con la vuelta de su madre lo perseguían, y optó por la unica salida viable.

Tal vez la vida no sea esto. Quien sabe en algún otro lugar, en algún otro momento, en alguna otra chance su alma carenciada recupere la sonrisa. Recuerda los pajaros en invierno, se repetía mientras se observaba en el espejo. Recuerda los pajaros en invierno, ellos saben buscar su bienestar. Es triste lo que le ocurre a los humanos, aún cuando su entorno los esté matando, su instinto de supervivencia parece paralizado. Congelado en alguna otra era y escondido tan profundo en el hielo que se hace imposible imaginar siquiera un posible rescate. Los humanos nos sentamos a morir por lo que amamos, nosotros mismos. Y la contradicción es de tal magnitud que, evidentemente no es la vida nuestro bien más preciado, sino que se remonta más allá y, contrariamente a la sabiduría de la naturaleza, el ser humano, el más alto predador en la cadena alimenticia, se sienta a morir víctima de su enemigo más grande, él mismo.

Gabu continuó

Harto de cantarse sus verdades y revolver en su mierda. La mierda suya, esa que por dentro hiede. Apesta. Lastima. Que como un ácido lo corroe…
Supo que nunca fue muy bueno con las cosas que quiere, de engaño en engaño, sin saber por qué o para qué o a dónde, avanzando, retrocediendo, siempre tapando baches, remendando sus miserias, buscando sacarse todas las máscaras y siempre encontrando una a su disposición para ponérsela y actuar…
Detenerse es imposible. ¿Hasta cuándo esta quieta la ansiedad que lo hace temblar? Saturado de vivir pretendiendo iluminaciones, decidido, deseaba dejar de refugiarse en ser víctima de circunstancias y comenzar así a crear el mundo que ansía lo rodée. Ahora sabía que lo que libera, también condena.

Living Dead continuó

El dolor del niño libraba cheques que su cerebro casi virgen no podía cubrir. La intensa presión estaba haciendo estrago en su psiquis, como un camión en una cristalería. Las fronteras entre la cruenta realidad que lo devoraba a dentelladas y la utopía de un mundo en el cual los niños eran niños y no una simple ración de carroña humeante a merced de las hienas, se confundieron hasta desaparecer por completo.
Los colores comenzaron a desdibujarse mientras sus ojos se entrecerraban y sus extremidades se adormecían como si no tuvieran huesos. Creyó que iba a desmayarse, pero el ímpetu de una furia desconocida lo mantuvo allí. Incólume. Percibió como sus sentidos se agudizaban y sus pensamientos bajaban su intensidad hasta diluirse. Sus intenciones, su voluntad, se fundieron en el magma ardiente de un instinto inconsciente, en una involución demente al estado de naturaleza más primitivo y elemental.
Fue allí cuando recordó el botiquín.

Gabu continuó

Las encontró justo donde siempre, prolijamente acomodadas; el filo se reflejaba en sus ojos mustios, su mirada autista contenía el vacío de su alma y su mente como un eco repetía: ¿Se acordarán de mí? (nunca lo sabrá, porque hay palabras que van por dentro).
Todo huele a muerte lenta, un millón preguntas se enhebraban en su cabeza.
¿Quería hacerlo, terminar con todo, detenerse en el tiempo?
Se oyen pasos, en el pasillo, presentía que se aproximaba el desfile de horrorosos sermones, ¿su padre lo condenaría una vez más?. ¿Y si estuviera su madre? ¿Lo abrazaría?
–¡No importa!
Afianzaba su deseo, veía su propia muerte desfilando ante él.
¿Suplicaría en el final?
Escuchaba el tic tac del reloj, sabía que fue siempre cobarde…
Apoya el filo del final, alguien tocaba la puerta, sabía que más allá de ella estaba solo con sus consecuencias…
Ahora miraba el reloj…

En ese mismo instante alguien pateó la puerta de su cuarto y un conglomerado de personas y recuerdo y cosas. Toda la magia del mundo del medio se abarrotó intentando entrar a la habitación. El niño transformado en anciano ahora, dejó caer una última lágrima, para luego desaparecer dejando sólo una mancha de humedad detrás suyo.