La vida es una barca.
Calderón de la Mierda

Eleo empezó

Con tesón ella esperaba en silencio, quizás fuera sutil, otro vano intento en esa larga carrera de esperar lo inexplicable; se sentó en esa estación vacía y esperó que llegara el tren.
Todas sus esperanzas las había puesto en su maleta, ilusiones a la izquierda, deseo a la derecha, esperanza bien en el centro, la cuota de decepción le había costado guardarla, incluso con remilgos la puso en el bolsillo con cierre, como si así pudiera contenerla, la angustia decidió no ponerla..Pesaba demasiado y era demasiado para sus livianos y ágiles hombros, la felicidad la hizo tambalear, donde debía ubicarla?, era un peso pesado en su vida…o la mas ligerísimas de las cargas, voluntad un poco más centrada a la izquierda, enseñanzas de vida pesaban pero no podía dejarla de lado…era todo su equipaje, de pronto descubrió que todavía no había lugar para tesón, pasión , amor, ternura y agobio…
Y así decidió partir sabiendo que dejaba de lado cuestiones importantes en su vida, pero que no necesitaban maleta.
Lentos pasos edificaban un camino hacia un futuro incierto…pero mucho más promisorio que quedarse esperando que?, Tomo la resolución, ya nunca más nadie sabría de ella…se puso la capa sobre sus hombros en una gélida mañana de invierno y partió , hacia cualquiera cosa que prometiera un futuro mejor…
Pasados unos días se sintió descomponer, se alarmo, pero acentuó lo imprevisible de saber que jamás podría escapar de su pasado, huellas había borrado, sinapsis de neuronas había logrado, pero nada podía dejar de pasar por alto …lo que latía en su vientre… tenia las marcas de sufrimiento latente…se sintió morir, pensó en la posibilidad de terminar en un instante en estas dos vidas que morían dentro de ella, porque en ella todo era muerte, todo era dolor, desconsuelo, y llanto, las pocas pertenencias felices que cargaba las había canjeado por un poco de comida..la voluntad la había perdido en un recodo de camino, la ilusión había permanecido impasible e indiferente ante todos sus esfuerzos…deseo era un vago recuerdo y había quedado hecho añicos cuando utilizo su cuerpo para saciar los deseos de otro…ternura había quedado aplastada bajo la necesidad de sobrevivir…se sentía indiferente, dura, hasta mala si hubiéramos considerado el concepto que ella había adoptado de niña sobre lo que estaba bien y estaba mal…y ella estaba maldita …por eso todo lo que crecía en su interior, la revolvía, la acechaba, la asqueaba, conectarse con su pasado era todo lo que ella jamás pensó que sucedería…

Eleo siguió

Y todo la volvía atrás, se acordó de Pedro, hombre de aparente mirada ingenua, se sintió adorada, deseada y todas sus murallas cayeron con estrépito, retumbaron los cielos y se entrego al amor esquivo. En un principio resistió sus miradas, su acoso, ella tan joven y el tanto caminado. Cuando se entregó en sus brazos se sintió como la arcilla, moldeable. Y Así fue. Pero él fue un pésimo escultor de su vida y todavía hoy pugna por escapar. Sangre que mancha sus manos. Era todo lo que ella habia permitido que quedara de Pedro en su vida, con ese líquido consistente, pegasoso, viscoso. Minerva había terminado con su agonia.

La Luna continuó

Y así llegó a la ciudad de ancestros precolombinos. una ciudad que aún guardaba mucho de sus antepasados y que al mismo tiempo los repudiaba. la gente mezclaba imprudentemente lo viejo y autóctono con lo foráneo y nuevo.
no supo orientarse allí y lloró durante horas en una esquina porque se perdió. Hasta que vino esa mujer con aires de bruja y le indicó el camino.
Caminó bien a partir de ahí. Encontró un trabajo, viajó por todo el país conociendo comidas, joyas, artesanías y gente. Y también el mar del pacífico y del atlántico. Conocíó a un hombre y con él fundó una comunidad para alimentar niños y viejos. Y aunque él la dejó siguió viaje más al sur, a donde desembarcó por el río, el primer día de octubre, un hermoso día peronista.

Kill continuó

-Es agotadora la sensación de impermanencia.
Decía y temblaban sus manos intentando no pegotearse con una medialuna de manteca, de esas tamaño pebete.
-¿Cómo puedo hacer para conseguir un cuarto decente?
Le pregunto con voz aporteñada, con un acento que gritaba a los cuatro puntos cardinales que no era de allí, que no pertenecía.
-Hacé dos cuadras por la avenida hacia la derecha, vas a encontrar una calle empedrada de una sola mano, caminá por ella hacia la izquierda unas cuatro cuadras, vas a encontrar un hotel, parece poco serio pero no lo es, se llama “Las Margaritas”. Intentá hablar con Dolores, es la dueña, decile que vas de parte mía.
Ella lo observó describir al mismo tiempo que secaba una jarra de porcelana blanca. Recordó sus palabras de aquella noche de pelea, “las mujeres no pueden hacer bien dos cosas a la vez, es algo genético”. Aquel comentario misógino había llegado a su cabeza en ese momento y mientras seguía recordando, el dueño del café se movía en cámara lenta. La vida gira, el sol siempre a mi izquierda, la situación frenó con un soplo repentino.
-¿Me escuchaste piba?
-Si, ¿cómo dijo que se llama?
-No dije pero me llamo Mario, ¿escuchaste bien lo de las gitanas del conventillo?
Ella asintió con su cabeza y emprendió el viaje, pensando y caminando, ¿habrá de salir algo mal?

Gabu continuó

Elucubraciones vanas, estancadas en un presente con pasado; sabe que está vacío el espacio donde tendría que estar él esperándola…
Llega al hospedaje y un cartel anuncia que “NO HAY HABITACIONES DISPONIBLES”. Se siente invisible, con los ojos llenos de ilusiones y lágrimas busca en el horizonte, quiere salir corriendo, ordenar su vida, pero por más que camine y camine por las calles no se pude hallar…
El sol comienza a caer en este viaje de círculos que la encuentra parada en el mismo punto de partida, confundida en un mar de lágrimas.
Sola en este desierto plagado de entes que continúan su andar, como autómatas que ven solamente hacia el frente.
Camina en línea recta, confía en llegar pero no hay fin ni meta…
Detenida, enfrascada en su burbuja de complejidades, no puede seguir el ritmo, alejada de la corriente de vanidades, comprende que la vida no es ofrecer a cambio de nada, ilusiones y soluciones mágicas, relaciones duraderas como hechizos de un Hada.
Una vez más su castillo de sueños se convierte en uno de cartas, vencida comienza nuevamente a forjar lo perdido, comienza a desandar para iniciar un cambio repentino.
A lo lejos se vislumbra una salida, una luz se prende y apaga. Camina hacia ella armándose de nuevas fuerzas.
Nuevamente un paso delante del otro y a reintentar.

Living Dead continuó

Una sensación dulce de optimismo, similar a las que producen las dósis excesivas de café o chocolate, se apoderó de su penoso presente. Sentada en una escalinata sucia de una calle sin nombre, apenas iluminada por un foco amarillento, que parecía observarla como el único ojo de un cíclope irónico, comenzó a deambular inerme por el delgado sendero que separa el sueño de la conciencia. Sus ojos entrecerrados sugerían siluetas engañosas remitiendo a recuerdos gratos: Su medalla de mejor alumna en sexto grado, que le había valido una reluciente bicicleta roja. El primer beso a los trece, fugaz e inexperto, pero que había acunado una brasita en su bajo vientre que al crecer se transformaría en un incendio de proporciones incalculables. Las meriendas de los domingos con sus padres y su hermano. Suiempre fueron inseparables, hasta aquel verano fatídico.

El recuerdo de aquel enero borró de su rostro la sonrisa involuntaria que se había tallado en él, regresándole la mueca de tristeza que llevaba como un estigma, como un tatuaje carcelario.

Su agotamiento extremo no le permitió en un primer momento sentir la humedad incipiente de su entrepierna. Un río carmesí tomó por asalto sus muslos, sus rodillas, generando un charco espeso en la tierra de la vereda sin embaldosar.

Un relámpago de lucidez iluminó sus pensamientos turbados por una modorra que se resistía a replegarse.

Intentó gritar, pero sus cuerdas vocales no le iban a permitir tanto. Con un hilo de voz, dijo:
-Me voy…

Eleo continuó

Y así llegó tambaleante a la casa de las luces que titilaban, la sangre seguía brotando de su entrepierna, sin fuerzas, su mano extenuada golpeó con debilidad la puerta y se sumó a la más profunda de las oscuridades.
Despertó días después, abrió los ojos, la cegaban unas luces albinas, la rodeaban mujeres con austeros hábitos, que recorrían metódicamente la sala aséptica de todo, de olor, de sonido de vida, sin notar su presencia. Minerva sólo alcanzó a escuchar murmullos y pasos rápidos, intentó reincorporarse pero su debilidad no se lo permitió, intentó mover sus manos, al menos ellas si tenían una cuota de fuerza y podían obedecerla. Recorrió su vientre con sus manos, al principio lo hizo con timidez, pero cuando lo sintió plano, vacío, abandonado, sus manos se agitaron histéricamente y cayó en la cuenta de lo sucedido.
De la sala del hospital brotó el aullido más irregular y espeluznante, un grito de desesperación, de angustia, un grito de muerte. Y con su boca, pastosa y seca, maldijo con fuerza, con violencia desesperada a Dios. Exhaló un suspiro deseando que fuese el último y cayo otra vez inconsciente. Entonces volvió a aquel Enero una vez más.

Living Dead continuó

Habían encontrado el lugar casi de casualidad, fue a partir de una de aquellas recomendaciones vagas que se suelen pasar por alto:
“Es un pueblito costero casi perdido. Alquilan unas cabañas casi en la playa misma. La tranquilidad es absoluta”
Sus padres no tardaron en decidir que el sitio se ajustaba, para las vacaciones familiares, a su presupuesto y expectativas. Muy a pesar de las quejas que sus 15 noviembres profirieron casi a gritos:
-Papá, ese lugar está muerto. No tiene vida nocturna. Vamos a estar nosotros solos…
Su hermano dos años mayor no dijo nada. Su carácter retraído lo había convertido en un ser reacio al trato social. Su cara afectada por un acné persistente tampoco ayudaba demasiado, al igual que su corpulencia rayana en la obesidad. Era poco menos que un autista, aunque su inteligencia era filosa como una daga.
La relación con Perseo (siempre odió la obstinación de sus padres con la mitología antigua), había cambiado desde el comienzo de su desarrollo.
Varias veces lo había descubierto espiándola mientras se cambiaba, o con los ojos clavados a cal y canto en las tenues protuberancias de su pecho adolescente. Prefería no obstante creer que eran suposiciones infundadas, que se perseguía inútilmente: El era su hermano, con quien hasta ayer nomás jugaba a las escondidas o a la escoba de quince.
La tarde del 15 de enero marcó un antes y un después en aquel verano, en su relación con el mundo y en toda la escala de valores que manejaba hasta allí. Lo ocurrido una tórrida tarde a la orilla del mar derrumbó su vida como si la hubieran dinamitado desde su base misma.
Aquella tarde sus padres habían decidido ir al pueblo por provisiones. Minerva había preferido quedarse para no perder el día de playa.
Vio alejarse el auto desde la costa y luego se internó en el mar, que por esas latitudes presentaba una plácida calma carente de oleaje. Nadó por unos 40 minutos, pensando en nada y jugando a ser una sirena, con el sector de su cerebro que confirmaba su condición de niña a contramano de unas caderas de contornos agresivos. Calientes.
Comenzó a salir del agua a paso lento, sus músculos aún reblandecidos por el intenso ejercicio. Cuando el líquido salado aún besaba sus rodillas, se frenó en seco. Su hermano estaba parado frente a ella. Y la miraba. La miraba como la había mirado muchas veces, pero esta vez la lascivia era inequívoca. Peligrosa.
Minerva observó sus ojos y no le gustó lo que vio. Un brillo extraño, hostil, cubriendo con un velo opaco los auténticos ojos de Perseo, que de todas maneras también estaban allí.
Ensayó una sonrisa poco convincente e intentando suprimir el temblor de su voz, dijo en un susurro:
-¿Qué pasa?

Eleo continuó

Minerva intentó pasar a su lado con agilidad, como si no hubiera leído en sus ojos la asquerosa insinuación. Apuró el paso, pero una férrea mano que atenazó su muñeca la paralizó. Intentó resistirse, miró a los alrededores pero era inútil, aquella solitaria e idílica playa que su padre había elegido a conciencia se convertía en una condena. Cayó al piso indefensa de un brutal golpe que la dejó atontada. A pesar de estose resistió como una salvaje. Perseo se abalanzo asquerosamente sobre ella, su lengua invadía todos sus rincones. Minerva peleó pero resultaba inútil ante los embates de su hermano que no reconocían razón. Lloraba silenciosamente por esta cruel circunstancia que le tocaba vivir. Su cuerpo era levantado y luego golpeado al ritmo del candente y alocado deseo de su hermano. Cuando le arrancó el bikini y la penetró con vehemencia, sólo puso protegerse en la inconsciencia. Rompió sus sueños de niña, pisoteó su inocencia, mancilló el autorespeto. Avergonzada, dejó de luchar cuando se dio cuenta de que todo intento era inútil. Con el último jadeo agónico, Perseo se levanto y huyó con celeridad. Dejándola, desnuda, herida, húmeda de semen, confundida y con la certeza de que su inocencia había muerto con el cuerpo de su hermano como arma.

Living Dead continuó

Despertó bañada en sudor, su entrepierna latiendo sordamente, los ojos desmesuradamente abiertos intentando familiarizarse con un entorno por completo desconocido.

Sus recuerdos comenzaron a ordenarse gradualmente y el inventario de su nueva realidad podía reseñarse con síntesis pasmosa: estaba en un país extraño, sin un peso ni un sitio a dónde ir, había perdido a su bebé como la más desamparada de las indigentes y la muerte, una vez más, había exhibido una mueca burlona pasando a su lado con soberana indiferencia.

Así estaban las cosas.

El lugar donde se hallaba parecía ser un convento o alguna clase de refugio para mendigos. Bastaba recorrer la estancia con la mirada para llegar a esa conclusión. Una habitación tenuemente iluminada, un vago olor a orines y una decena de despojos humanos olvidados por el mundo que yacían en camastros sencillos (como el suyo) sin hacer más que respirar maquinalmente, esperando sin prisa el momento en que su organismo deje de hacerlo, y así descansar.

De pronto una voz a sus espaldas la sacó de su trance. Sonaba cálida, aunque firme.

-¿Cómo te sientes?

Minerva se volvió sobresaltada…

-Bien…mal…no sé…
-Tranquila -dijo la mujer- aquí estás a salvo.

La chica clavó sus ojos en los de la mujer. Tendría unos 60 años, contextura robusta y ojos de un azul muy profundo. Una vieja cicatriz nacía de su comisura derecha y se perdía bajo el cubre cabeza de un hábito marrón que la monja vestía con asombrosa prolijidad. Minerva no pudo evitar un sobresalto, que seguramente no pasó desapercibido para la mujer, sobre cuyo pecho un crucifijo de plata acompañaba sus movimientos con un bamboleo leve. La mirada de la mujer transmitía una rara serenidad.

Minerva no habló. Se limitó a asentir con la cabeza quizás esperando que la monja siguiera hablando. O tal vez que comenzara a cantar. Un arrullo estaría bien. Un arrullo como los que su madre le dedicaba cuando niña.

Nada de eso ocurrió. La religiosa le separó con delicadeza un mechón de cabello que colgaba sobre su frente y prolongó la caricia hacia su mejilla. Le dedicó una breve, preciosa sonrisa y se retiró diciéndole:

-Trata de descansar. Ya hablaremos más tarde.

Minerva siguió con la vista el andar sereno de la monja mientras se iba, hasta que desapareció por una puerta lateral. Entonces se arrellanó en el colchón y casi de inmediato se quedó dormida.

Esta vez no hubo pesadillas.

Gabu continuó

Se despertó en medio de la noche sintiendo la garganta seca, tanteó alrededor suyo creyendo haber visto un vaso de agua, pero no había nada. Sin poder distinguir entre el dolor de su cuerpo y el de su alma, se incorporó en la cama, aunque sentía un ligero mareo se paró con dificultad y pudo moverse hasta la puerta. Intentó abrirla pero estaba cerrada, miró a su alrededor y se dio cuenta que estaba en una habitación, más parecida a un calabozo que a una enfermería. Sobresaltada intentó pedir ayuda.
- ¡Hermana! ¡Hermana!
- …
- ¡Hermana! ¿Alguien me escucha?
- Hija mía, ¿por qué no descansás?
- ¿Hermana por qué está cerrada la puerta?
- Es por tu seguridad…
- Pero si ésta es la casa de Dios, no existe lugar más seguro en el mundo, ¿por qué este encierro?
- Hija, mañana hablamos…
- Hermana, ¿me da un vaso de agua?
-Hija, la cocina ya está cerrada.
Minerva supo que mañana iba a ser otro día y le serviría para conocer las costumbres de aquel convento un poco mejor. Tenía una sensación chocante del lugar, pero no quería seguir pensando.
- ¿Hermana? ¿Aún está ahí?
- Si hija mía, ¿en qué puedo ayudarte?
- Su nombre Hermana, no me dijo su nombre…
- Sor Esther, ahora dormí, el Señor velará tu sueño.
Minerva intentó rezar, pero su mente estaba ausente, embotada en ese calabozo.
El estado de demencia la arrollaba sin tomar conciencia ni de quién era…

Eleo siguió

Minerva creyó escuchar el llanto de un bebé, nerviosa sus manos sudaron y una película fina de sudor también le cubrió la cara. Se enjuagó el rostro con un paño y vio que lo que la rodeaba era un panorama desolador. La situación no resistía mayor análisis, debía escapar, pero primero tenía algunos asuntos pendientes. Enero volvió y el presente se fundió una vez más con su pasado. Otro llanto, esta vez distinto y mucho más agudo la sacó de su estado semiinconsciente. Estaba adolorida y se sentía vieja. Desconocía por completo su imagen en el espejo. La imagen era de una mujer extraña, dura, amarga. Una imagen con un rictus de dolor que la observaba desde el espejo. Sus ojos no tenían luz, su mirada opaca tenía el color gris de esos lugares que sólo reflejan miseria y desolación. A sus 15 años Minerva se sentía maldita, abandonada por un ser superior al que le había pedido clemencia y piedad desde aquel día en la playa. Pero este ser supremo, al que sus padres le habían enseñado a adorar y creer, se había obstinado en dejarla en manos de…y ahí el camino se abría en miles de interrogantes que no conducían a ningún lugar. Perseo era siempre la respuesta, pero ¿y si sólo era otra víctima? Más tarde que temprano Minerva habría podido mitigar la profundidad de las heridas, pero una renacía con fuerza, volvía en oleadas cada vez más peligrosas, no le daba paz y tenía relación con ese llanto, agudo, estridente, proveniente de un recién nacido.
Aplazó por un tiempo lo inevitable. En su inocencia no comprendía la magnitud de lo que crecía en su vientre. Pasadas 17 semanas desde aquel ultraje a su inocencia, sintió en su vientre un movimiento independiente de ella, un oleaje que la paralizó. No era tan joven como para no comprender los alcances de tener sexo sin protección, obligaciones y responsabilidades que ello comprendía y que mamá pregonaba a quien quisiera escuchar. Generalmente la destinaria exclusiva de la prédica era Minerva. Sopesó un abanico de posibilidades que estaban al alcance de la mano. Los primeros días luego de la confirmación de su embarazo no fueron fáciles, se revolvía en la posibilidad de dar a luz a un monstruo, tal como la había convencido el párroco desde su púlpito, cada domingo. Sexo era pecado, pero coito entre personas de una misma familia era la condena misma, la expulsión directa de la tierra del señor y el boleto al más terrible de los infiernos. Sólo pueden engendrarse seres deformes y con un rostro que refleja el más temible de los accesos carnales, el incesto. Minerva movía la cabeza con vacilación cada vez que lo escuchaba y trataba de desprenderse de sus palabras. ¿Qué podía hacer? La opción de no tener a su hijo se había esfumado, era un intento demasiado riesgoso, pondría en riesgo la vida de ambos. Cómo explicar al mundo que eran dos víctimas, ella y su bebé, que era inocente, mil y una veces víctima. Y su razón infantil le jugó la más amarga de las pasadas. Se prometió esconder su vientre, protegerlo de las maliciosas miradas para luego abandonarlo en un hogar donde recibiera amor, contención, cobijo y todo el cuidado que ella no podría darle. De sólo pensar en un futuro en el cual asumir las responsabilidades para con su hijo, hacerle saber su origen por ejemplo, la retorcía de horror y la proyectaba a un abismo negro profundo.
Su cabeza de niña tejió a la perfección enredadas tramas e infantiles destinos, en los que ella y su bebe salían ilesos e inermes de esta patética historia, luego de darlo volvería ser feliz y podría retomar sus estudios y formar la familia que siempre había anhelado. Pero quiso el destino, que apareciera Pedro, el hombre que terminó por arruinarla. Ni bien lo vislumbró en el marco de la puerta supo que estaba en problemas. Pedro desprendía un aura animal que no podía dejar de ser inhalada por quienes lo rodeaban, fueran hombres o mujeres. Sus ojos vivaces iluminaron la frágil figura de Minerva que sólo atinaba a mirarlo boquiabierta. Su risa contagiosa llenó el ambiente, seguro en su andar, se acercó como un felino a este niña debate mujer que poco pudo hacer para resistir ser arrollada por ese magnetismo. Poco para resistir la honda pasión. Y aunque voces de alarma estallaban en su cabeza, se convirtió en una polilla gris, atrapada por la luz brillante y aunque sabía y estaba escrito que se consumiría en las llamas de ese amor, no hizo ningún movimiento para detenerlo. Minerva se abrazó otra vez profundamente a la muerte, consciente del equipaje que llevaba en su mortal vientre.

Gabu continuó

¡No podía seguir pensándolo!
¿Qué se supone debía hacer?
¿Callar?
¿Huir?
¿Llamarlo?
¿Acusarlo?
La ira más fuerte y letal estaba apoderándose de su espíritu, clavó sus manos a zarpazos en la puerta, observando por la mirilla que alguien se acercaba, improvisó un estado letárgico, cuando un golpe seco derribó la puerta, contundente y con voz cálida, protectora Pedro le dice:
-Hola.
Minerva apuñala aquel saludo con los ojos inyectados en sangre y girando su cabeza en dirección a la voz solo atina la respuesta pasajera, intolerante.
-Si, gracias… Igual ya es tarde.
-¿Tarde? Puede ser, depende para qué.
-¿De dónde venís? ¿Adonde estabas?
-No preguntes más y vamos.
-¿Quién carajo te crees que sos imbécil? ¡RESPONDEME!
-Pedro y vine a buscarte.
Sin poder acomodar sus pensamientos algo le decía que Pedro quizás podía ayudarla.
-Tomá, te traje ropa limpia, una toalla.
-Gracias.
-No sé todavía que haces acá.
-Parece que seguís sin querer entender que siempre vas a estar a mi lado.
-¡HIJO DE PUTA!
-Dale No seas tan arisca, vení conmigo…
Pasmada recordaba las palabras de su madre cuando le hablaba acerca de la vulnerabilidad femenina. Supo en carne propia que un hombre no entiende el “NO” de una mujer y que cuando desea algo lo toma sin permisos.

Living Dead continuó

Pedro tenía unos 30 años cuando casi fortuitamente entró en la vida de Minerva. Era alto y de cabello muy rubio. Lo usaba atado en una “cola de caballo” que soltaba en los momentos indicados, sacudiendo la cabeza como un golpe de efecto. Sus rasgos eran duros pero estéticamente perfectos. Quijada firme. Dientes parejos y muy blancos. Sus ojos verdes guardaban una mirada tranquilizadora, confiable. Su cuerpo lucía fuerte, musculado, y vestía con buen gusto. Claramente era un hombre preocupado por su aspecto.
La tarde en que la silueta viril de Pedro se recortó en el marco de la puerta del bar de mala muerte donde la niña mujer ahogaba sus penas en un submarino con churros, su destino tomó unilateralmente la decisión de continuar su caída sin pausa hacia profundidades inexploradas.
Pedro se acercó a su mesa, buscó en su arsenal de sonrisas la más letal y la utilizó como una espada.
-¿Está bueno?
Minerva levantó la vista y vio al hombre que la había impresionado segundos antes, al hacer su entrada triunfal. Se sobresaltó, aunque no dio muestras de ello.
-¿Perdón?
-El chocolate. ¿Está bueno?
La chica sonrió y en ese momento él supo que había ganado. A partir de ese momento todo cobró una velocidad sideral. Los besos con resabio a tabaco negro. El sexo salvaje, violento, que le dejaba el cuerpo doliendo un par de días. Su vientre que crecía. Lento pero seguro.
No tardó Pedro en develar su auténtico rostro: era un proxeneta barato, que administraba varios departamentos privados en el centro de la ciudad. Inicialmente le propuso alojarse en uno, “…no para trabajar. Yo jamás te pediría eso. En cualquier lado vas a estar mejor que en tu casa…”
Y ella le creyó.
Pasaban los días y ella se iba amalgamando con el entorno. Finalmente la propuesta maduró y cayó por su peso específico. La madame fue la encargada de lanzar el primer dardo impregnado en la ponzoña dulce de la codicia:
-Che, Minerva, me falló una de las chicas… Te querés ganar unos mangos.
Y ella accedió. Sin remilgos y con extraña facilidad. Como si la propuesta hubiera sido lo más normal del mundo.
-Y bueno, dale…
De todos modos ella estaba maldita. Estaba maldita y ya no habría redención posible.

kill continuó

Un esquelético hombrecito apareció en la habitación donde Minerva aguardaba su primer cliente. El hombrecito prefería aguardar es una esquina de la habitación, un lugar con poca luz. Se lo veía intimidado. Minerva intentó dar el primer paso ya que lo veía retraído, casi aterrorizado por la situación. Como un gesto de humanidad le dijo.
-Hola
El hombre permaneció en silencio. Refregaba los dedos de sus manos una y otra vez comulsivamente.
-Te voy a pedir que me abones antes de seguir, son normas de la casa.
El hombrecito hurgó en sus bolsillos y sacó su billetera, extrajo un billete y se lo acercó al pie de la cama donde estaba sentada Minerva.
-¿Qué pasa no te gusto? ¿Te vas a quedar ahí parado todo el turno?
Minerva tomó el dinero y salió de la habitación un momento, como una experta, del otro lado estaba Madame Cristina, quien presurosa tomo el billete lo hizo un bollo y lo metió entre sus pechos, no sin antes dedicarle un guiño a la debutante y levantarle el pulgar de su mano.
Minerva entró nuevamente a la habitación y el hombrecito estaba sentado en la cama aún vestido.
-Veo que ya te vas poniendo cóm…
-Mi mujer me dejó.
Minerva se sorprendió y no supo qué decir. ¿Qué se dice en estos casos?
-Cuánto lo siento, pero tenés que entender que estas co…
-La seguí varias veces, se encontraba con un tipo, un tipo grandote de aspecto hosco. Iban a un hotel barato de la zona de Constitución y a veces a uno por la calle Paraguay.
Minerva lo observaba sin intervenir, intentaba no creerle, intentaba no ponerse en su lugar, vaciar su mente.
-Me dijo que el sexo conmigo no funcionó jamás como ella esperaba, que soy muy frío y que ella es muy caliente, sabés. Me sentí muy mal. Me quería matar. Igual le pedí que no me dejara, que yo no me iba a enojar si ella tenía otros amantes, que con tal de que estuviera conmigo yo la entendía y no iba a reprocharle nunca nada.
El hombrecito hablaba y cada segundo se hacía más pequeño, minerva intentaba enfriar su cabeza.
-Unos meses funcionó, aunque no te voy a mentir a vos. Nunca me resultó indiferente que mi mujer no quisiera coger conmigo. Al mismo tiempo pensaba que ese tipo la debería estar cogiendo como una bestia, pensaba que el tipo ese debería tener la pija como un brazo y que le arrancaría aullidos como a un animal herido. Eso me volvía loco y me excitaba a la vez. A tal punto que alguna vez me masturbé pensando en el cuadro. Ella patas para arriba y el tipo a pijazos limpios una y otra vez.
Minerva se sentó en la cama cerca del hombrecito.
-¿Cómo pudiste aguantar todo eso?
-No me quedaba otra, nunca tuve otra chance, pero la cosa fue demasiado lejos, ella se empezó a cansar de salir a verse con el tipo y lo empezó a traer a casa. La hija de mil puta cuando yo estaba trabajando cogía con el tipo en la cama en la que yo después tenía que dormir.
El hombrecito rompió en llanto y golpeó la mano contra su rodilla.
-Hace un rato, antes de venir para acá, llegué a mi casa, pensaba en hablar con ella en intentar persuadirla, pero cuando llegué, como si estuviera alucinando, escuché los gemidos de mi mujer. No lo podía creer, pensé, estoy tan obsesionado que la oigo, después qué vendrá? ¿la voy a ver como en espejismos cuando camine por la calle cogiendo con el tipo en letreros luminosos? Pero no, la hija de puta estaba cogiendo en mi casa. Y yo estaba adentro.
El hombrecito se secó las lágrimas toscamente, no podía contener el temblor en todo su cuerpo, Minerva estaba seria como nunca en su vida.
-No lo pude aguantar sabés.
-¿Y por eso viniste para acá, como una revancha?
-No, no, ma qué revancha, ninguna revancha no. Vine para acá porque no sabía adonde ir.
-No te entiendo, ¿cómo que no sabías adonde ir?
-Cuando la oí me puse loco, empecé a caminar ansioso, pensaba qué hacer, pensaba en irme y volver más tarde, en gritar y llamar a todos los vecinos para que vean lo hija de puta que era, pensaba en divorciarme, en llamar a mi abogado, pensaba en una cabaña en la playa, en nosotros dos tomando jugos en una hamaca paraguaya, en el atardecer.
Un sonrisa oscura y rara se dibujó en el rostro del hombrecito.
-No podía contener el llanto. Entonces, fui al mueble del living y agarré el veintidós que comparmos desde una vuelta que nos entraron chorros, subí a la habitación desde donde venían los aullidos de la puta esa y les vacié el revolver encima mientras cogían.
Las pupilas de Minerva se dilataron, de repente se dió cuenta que le había tomado la mano al hombrecito y lo soltó de golpe. Pero el hombrecito no la dejó y la miró.
-Cuando hubo silencio, contemplé un momento el desastre de sangre y carne y me fui.
Me fui, repetía mientras rompía en llanto, quebrado, me fui y los dejé ahí a esos dos hijos de puta.
Minerva se acercó y lo abrazó. Por primera vez entendía que la vida no estaba ensañada con ella, que todo lo que le había pasado la había traído a este momento, a abrazar a este hombrecito, entendió que el futuro está escrito y que uno solamente puede elegir el camino para legar a él.

Gabu continuó

Perseo había decidido darle fin a la monstruosidad que engendraba Minerva cuando un estruendo ensordecedor y paralizante lo detuvo justo en la puerta de entrada del prostíbulo.
Algo muy dentro suyo se atravesó. Apuró el paso hasta correr ciego tras el rastro del sonido seco, subió las escaleras sorteando peldaños cuando de golpe se topó con Pedro.
-Solo me queda una asignatura pendiente y acá estas.
-¿Qué hacés vos acá? Y Miner…
-Ella está bien, muy bien y vos vas a estar mejor que ella.
Pedro sacó el arma pronto a cargarla con la única bala que tenía en su bolsillo, la misma a la que, en un arrebato de locura, le había tallado la letra “P”. Se la mostró a Perseo que estaba paralizado y, a modo de ruleta rusa, la colocó en el tambor.
-Todo debe quedar en su lugar, ¿no te parece Perseo?
-…
-Si estás tan preocupado por Minerva voy a llevarte con ella.
Le apuntó su mirada al centro de los ojos y chocó el arma contra su pecho. El primer disparo no salió. El segundo tampoco.
Pedro dudó, Perseo se persignó y aprovechó ese instante mínimo. Tomó la mano de Pedro, bajándola y el disparo detonó desplomándo al ejecutor.
Nada estaba en su lugar, es que en este bendito mundo, nada está en su lugar jamás.

Living Dead continuó

Aquella noche extraña, con el contexto de una sucia habitación de burdel, varios cabos sueltos se partían resecos y caían en la nada conscientes de su inútil existencia. Pedro yacía en medio de una ciénaga escarlata, entre toses y convulsiones. Perseo miraba hipnotizado el cañón de la pistola humeante, mientras el hombrecillo de la historia trágica huía por la tangente llevándose su ridícula desnudez y los pantalones en las manos.

El resto de su ropa había quedado en un rincón, formando un copito desordenado con pecas de sangre seca. El hombre había sido protagonista y extra de dos películas “de tiros”, en ese orden, en un lapso de pocas horas. Demasiado para su alma pusilánime.

Minerva recorrió la habitación con una incrédula sonrisa tatuada en la cara . Si, sin explicación aparente Minerva sonreía, aunque esa mueca presagiaba una crisis nerviosa a punto de estallar. En su estado casi catatónico creyó ver un objeto al lado de la ropa de su primer y último cliente. Una Bersa 22. Automática. Tan pequeña como efectiva. “…Es un calibre jodido. La bala te camina por adentro y desgarra todo a su paso…” Había escuchado eso de boca de uno de los tantos marginales que frecuentaban el prostíbulo.

En un gesto felino que desmentía su ya indisimulable gravidez, se deslizó hasta aquel objeto letal que había tenido horas antes su bautismo de fuego. Un bautismo por partida doble.

Se incorporó y rebatió el martillo como si lo hubiese hecho mil veces antes. Acercó la boca del cañón a la nuca de Perseo, quien todavía no reaccionaba. No hubo preámbulos. Simplemente disparó.

-Adios, hermano…

Observó como Perseo se desplomaba pesadamente, como una manzana podrida.

Durante ese segundo interminable pasaron por su mente las mañanas en las que iban de la mano al colegio, con cara de sueño, las peleas por los juguetes, los cuentos que mamá les leía a ambos antes de dormir, el consuelo que la voz de Perseo le aportaba cuando la luz se apagaba. ¿Por qué había tenido que terminar de ese modo?

Esquivando los dos cuerpos muertos como si se trataran de charcos de orín, se paró por última vez bajo el marco de aquella puerta, observó los cuerpos de los dos hombres que habían hecho todo por arruinar su vida, sin otro motivo aparente que el motor irracional del egoísmo machista.

Luego, el tren, la ruta, el exilio, la pérdida…la locura?

En aquel hospicio que por ahora le aportaba más recelo que tranquilidad, más dudas que certezas, escuchaba la voz de Pedro detrás de una puerta ciega cerrada con llave.

-Pedro está muerto- Repetía para sí.
Pero la voz persistía.
-Vamos, Minerva, vine por vos.

Living Dead concluyó

Y allí en un rapto de lucidez lo comprendió todo. Se hallaba en el nudo mismo donde se juntan todos los caminos. Donde la muerte desdibuja sus contornos y los cuerpos evaden su destino irremediable de corrupción mórbida. Allí donde las almas juegan a confundir realidades y fantasías en historias de siglos que se definen en segundos. Allí donde el tiempo es relativo y se amasa como masilla en manos de la divinidad de turno.
¿Estaba vivo Pedro?
Tal vez, tal vez no. Era posible que la vida que Minerva le había arrebatado una noche con una hoja temblorosa y brillante le hubiese sido devuelta en algún punto borroso del todo-nada universal, para volver a expirar víctima de la sucia pólvora de Perseo. Y renacer. Y morir. Y renacer. Una vez más. Así sucedían las cosas en ese sitio.

Minerva pensaba ahora con las reglas de juego de su nueva conciencia: ¿Qué vida estaba viviendo? ¿Aquella en que su hermano cruel la violaba a los 15 años? ¿O aquella en que una tarde de enero al salir ella del mar rieron juntos, ella y Perseo, y se fueron a buscar caracoles exóticos por la playa?

La hermana Esther se aproximó por detrás de Minerva, sigilosamente. La muchacha se volvió con lentitud y vio a la monja acompañada a sus flancos por Perseo y Pedro. Los tres lucían serenos y hubiera jurado que los rodeaba un aura púrpura que disolvía el entorno como si fuera témpera fresca.

La puerta ciega junto a la que Minerva se hallaba hacía un instante, o un siglo, se había abierto de par en par, dejando escapar una luz blanca. Muy blanca.

Esther dio el primer paso y cogió la mano de Minerva.

-Vamos –dijo- Ya es hora…

Y los cuatro cruzaron el umbral.