Yo soy como la loba.

Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.
La loba – Alfonsina Storni

Niñita de 20 años, ni linda ni nada. Fue criada entre algodones estrella, ni de la mejor calidad ni de la peor. Con su insatisfacción de pueblo a cuestas, anda por la vida en busca de orgasmos cibernéticos. Si, está en la búsqueda, pero sin ninguna novedad. Hace tiempo que nada la complace desde el sur y a sus jóvenes 20 años cree que podrá deslumbrar a la gran ciudad. Con los años irá aprendiendo que la humildad es algo que se consigue sin torear a nadie, hay que permanecer guardado a la luz de un farol, en silencio y en estado de alerta, aprendiendo. A su edad cree que se puede comer al mundo, su familia es muy limitada y es todo lo que pudieron transmitir. La pose de guerra y mostrar los dientes de forma sistemática. Ella cree que está ganando, que su mordida es letal, pero la triste realidad la muestra con sus dientes cada vez más gastados, le falta razón, cordura, le falta un buen afilador. Alguien que le cuente que los dientes no se afilan simplemente por mostrarlos, sino que logran el filo más perfecto montándolo con constancia y convicción en la piedra de la experiencia. Las lobas se ríen y miran a ese corderito. Y les da pena comérsela de un solo bocado. Es demasiado fácil. ¿A quién le gusta lo fácil? ¿No es mucho mas placentera la agonía de exhibirte vulnerable, de poner tu debilidad en la vidriera? El pequeño cordero blanco se quiso disfrazar de mujer fatal y, nunca en mejor tiempo ni en mejor lugar, justo cayó en una jauría de lobas despiadadas.

Eleo, Living Dead y Gabu continuaron

Su juventud era un arma cargada. No reparaba en el detalle, en la nimiedad. Todo era trazo grueso. Brocha gorda. Siempre colores brillantes, agresivos. Los pasteles no la conformaban ni por un instante.
“…Ya dormiré cuando esté muerta…”, solía decir y salía disparada hacia delante, como un toro pamplonés con los ojos vendados. Nada podía detenerla, pero los riesgos de lastimarse en su embestida no estaban calculados. Siempre al límite. Siempre en el filo entre el abismo y la gloria.

Una loba siempre protege a sus cachorros, sin descuidar por ellos a su jauría, por más hambrienta que esté, la prole se alimenta primero. Son los privilegiados que beben la sangre aún tibia de la presa incauta. Desde cachorra le enseñaron el arte de la caza, pero la soberbia es una mala compañía que taladra el oído y la obliga a desobedecer la selección natural, el más débil no es reto y por eso nunca será el primero de su lista.

Cuando su cascarón aún conservaba las humedades del alumbramiento, decidió probar suerte en la gran ciudad. Ella no se sentía pueblerina. A caballo de una autoestima a prueba de balas se probó el traje de conquistadora y desafió a la urbe.
Los pronósticos funestos debieron archivarse para más adelante. La ciudad descubrió que Guillermina era un bocado demasiado grande. Le daría tiempo y luego decidiría si la devoraba o aceptaba una convivencia de mutuo respeto, o bien de indiferencia.

Loba nació con gusto selectivo, le gustaba la carne blanca, tierna, imberbe y soberbia, pero cuidado, nunca devoró inocentes. Su paladar exige al cordero traicionero, ese que se separa del rebaño porque se sabe superior, o por lo menos lo cree. Loba lo observará desde la montaña anhelando el momento exacto en el que rasgue sus carnes blancas. Va a esperar a que cometa la torpeza de intentar separarse del resto. Y ahí está acechando, paladeando el momento exacto de matar.

Guillermina tenía ambiciones teñidas de una sana codicia: Quería superar al promedio, asomar la cabeza, ser diferente. ¿Sus herramientas?
Pocas, pero poderosas. Inteligencia, lozanía y una voluntad inquebrantable.
¿Sus debilidades? Un temperamento tendiente a la beligerancia improductiva, innecesaria. No todos lo entendían, no todos lo perdonaban. También estaba aquella sensación constante y difícil de definir. Tal vez lo más aproximado sería “angustia recurrente” o algo más abstracto como “incapacidad para ser feliz”. Ella siempre sentía que le faltaba algo, que nada era suficiente y que suficiente ni siquiera alcanzaba para empezar.
Ella lo quería todo. Quería ganar.
Y en eso estaba…hasta que se topó con las lobas.

Al llegar a la pensión donde había realizado una reserva telefónica, un grupo de mujeres conversaban en la sala. Como lobas, advirtieron su presencia de inmediato. Un escozor la recorrió ante la intimidante presencia de la jauría, supo que la actitud no era suficiente, la soberbia la hacía inmune al respeto y a los límites.
No era su territorio, lo sabía, pero tendría que imponerse a la situación, tan “awkward” mostrando actitud.
-Hola pequeña…
Con voz ronca y pausada se adelantó Leonor, una mujer omnipresente.
Guillermina atinó a responderle:
-Buenos días, señora.
-¿Donde creés que vas chiquita? En esta pensión no hay lugar para alguien como vos.
-Yo… Esteee… Digo… ¡QUIERO PASAR!
-¡Jajajaja!
Leonor no pudo contener la carcajada, con sus vísceras revueltas observó que el manjar más sabroso de los dioses se alzaba ante ella ofreciéndole saborear la impertinencia mas absoluta.
-Mi querida pichoncita, para pasar por este espacio, primero debés tener en claro dónde estás parada.
-¡No me interesan sus aleccionamientos señora, tengo un objetivo que cumplir y así lo haré!
-¿Me desafiás?
Guillermina estaba nerviosa, sus manos temblaban como las hojas con el viento, fundió sus ojos en los de Leonor y cambió el gesto inmediatamente.
-No, le estoy avisando.
El combate del escarmiento era uno de los mayores placeres para Leonor y allí tenía a su presa, a su merced.

Living Dead, Gabu y Eleo continuaron.

Aquella pensión era como una estación de paso, una sala de espera, una cabina de peaje. Una multitud de cien mil ojos dispuesta a evaluar sin dar más que una sola oportunidad. Una impresión superficial a quien osara exponerse a su juicio, para limitarse a levantar o bajar el pulgar de manera inapelable.
“Quien no está conmigo, contra mí es”, dijo alguien especial alguna vez. Esa es la regla vital para tejer alianzas en un mundo donde se finge invulnerabilidad pero la fragilidad de la fuerza relativa queda al descubierto en cada cruce, en cada situación cotidiana.
Las tres historias de vida que componen esta postal de abril en un vestíbulo polvoriento del barrio de Palermo, tenían un claro punto de contacto: Eran tres mujeres (sobre) viviendo en los senderos de una crisis existencial.
Las diferencias entre ellas eran a todas luces más evidentes. Guillermina (el cordero) debía descubrir que atinarle a la pelota un par de veces en el polvo de ladrillo de su pueblo natal no la capacitaba para ganar Roland Garros. Iba a golpearse. Necesitaba golpearse y caer para que el mundo juzgara su madera. Para ver si se levantaba saboreando su propia sangre, para luego, con una sonrisa flamígera, volver a embestir, o si se quedaba en el suelo lamentándose y llorando. Lamentándose, llorando y rogando por un pasaje en el primer micro que enfilara hacia el sur.
Leonor (loba por naturaleza) ya se había golpeado. Y por demás. La vida y los hombres se habían encargado de ello. Para ella, la pensión no era una escala sino lo único que podía pagar (incluso debía un par de meses, pero el administrador no la echaba pensando quizás que era parte del mobiliario cascado del lugar). A sus 45 trabajaba de mesera en una fonda de Parque Patricios, frecuentada por taxistas y camioneros. Vivía sola desde que había huido de su Corrientes natal, llevándose consigo sólo unos cuantos moretones en el rostro y entre sus cejas, enquistado, el olor rancio de la borrachera consuetudinaria de su marido. Aquella noche había decidido empezar a quererse un poquito y pensar “primero yo y después, a la lejanía, vos. Siempre yo. Nunca vos”

Esa lección era el bien más valioso que llevaba en su equipaje: El egoísmo rige, conviene, paga doble. Nadie te va a querer más que vos misma.
El tercer vértice del triángulo, la otra loba, era Samantha por adopción o Edgardo, según había decidido la asistente social que había procurado su inscripción en el registro civil cuando su madre biológica, con los puntos de la episiotomía aún tirantes, había desaparecido del Hospital Municipal de Salta sin dejar rastros. Sus prendas habían quedado en una silla, al lado de la cama. Los médicos no se explicaban cómo a nadie le había llamado la atención ver a una mujer tambaleante y en bata salir del hospital a plena luz del día. Peores cosas pasan desapercibidas en la Argentina de hoy.
Samantha fue dado/a en custodia a una familia humilde de Salta Capital. Cursó la primaria con excelente rendimiento. Ya en la preadolescencia su cuerpo comenzó a darle señales que no pudo ignorar: No estaba a gusto como hombre. Se vistió de mujer por primera vez a los 15 años. Con actitud de diva salió a devorarse el mundo. Sus músculos laxos, su rostro aniñado y su cabello largo y sedoso hicieron el resto, convirtiendo aquel día en uno de los más felices de su vida. Sólo fue un paseo de un par de horas por los suburbios. Estaba seguro de que nadie había advertido que no era una mujer. Incluso le habían dedicado algunos piropos subidos de tono. Se sintió una reina.
Pero también habría golpes para él/ella.
Cuando se trata de repartir palos, la vida no discrimina.
Por esas cosas de la vida, de las que sólo es testigo el destino, algo en Samantha perturbaba a Guillermina, no quería darle mayor importancia pero se sentía atraída por ese halo misteriosamente femenino.
Estaba agotada, todavía tenía que subir tres pisos por aquellos peldaños empinados y ajados hasta su habitación, al llegar notó un detalle que había olvidado consultar; el baño estaba afuera, en el hall del piso. Enfurecida por la incomodidad pensó en voz alta:
-No es posible que haya sido tan idiota, encima pagué más de un mes por adelantado, no voy a tener intimidad ni para ir al baño. ¡ME ODIO!
-¿Guille?
-Ahhh… ¡Qué susto! Hola, vos vos…
-Sammy, tu compañera de cuarto.
-¿Cómo? ¿De qué cuarto?
-De este cuarto, el nuestro.
-Nnnnno te entiendo.

Aquel pequeño corderito de Dios estaba acorralado, sin salida, sin dinero y sin nadie en la inmensa urbe que pudiera socorrerla.

-Tenemos que ponernos de acuerdo con las demás piezas por los horarios.
-¿Qué horarios?
-Como, ¿no sabés?
-No Samantha. ¿Qué es lo que debería saber?
-Nadie te avisó parece, o no preguntaste, el baño, tiene horarios.
-Es un chiste, ¿no?
-No, tesoro… Con el frío que hace la caldera se prende una vez al día y ahí todos tenemos una horita para aprovechar y usarlo.
-¿Podrías ser más clara, por favor?
-Guille, somos muchos en cada una de las piezas de los cinco pisos, o sea que en una hora tenemos que bañarnos todos.
-¡ESTO NO PUEDE SERRRRR!
A esta altura Guillermina se sentía totalmente invadida, sin alternativa y entregada a la carta que la suerte le había dispuesto en el camino.
-Me voy a trabajar Guille, te veo mañana, ah y yo traigo las medialunas.
-Bueno, que amable sos, ¡gracias!
Sacudió su cabeza como queriendo despertar de una pesadilla, pero al abrir sus ojos la veía irse a Samantha con sus tacos interminables, su pollera inexistente y su culo bamboleándose a los cuatro vientos.

Guillermina caminó por el largo pasillo hasta la habitación que le había tocado en suerte. La puerta tenía claras señales de haber sido reparada varias veces a la altura del cerrojo. Las roturas permitían varias conjeturas que iban desde el asalto violento hasta el allanamiento policial. Accionó la herrumbrosa llave y la puerta cedió con un chirrido. La habitación era pequeña, pero en un punto acogedora. Dos camas de una plaza se acomodaban paralelas en los extremos opuestos del recinto. Una de ellas lucía revuelta con un desorden que sugería varios días de indiferencia. La otra (la suya) estaba hecha, aunque tenía las arrugas clásicas en el centro que se producen cuando alguien se sienta para ponerse las medias o atarse los cordones. Había una única ventana que daba al muro lateral de un edificio de departamentos. Asomando el torso hasta la cintura, se podía ver a la derecha un vértice del edificio abandonado de las bodegas Giol, lindante con las vías del tren. No era un paisaje helvético, pero era un comienzo. Si el devenir de los hechos hacía buenas migas con sus motivaciones, todo tendería a ir mejorando gradualmente.
Decidió entonces tomar las cosas con optimismo. Ir paso a paso. Dejó en el suelo su bolso de mano y esquivando con dificultad un reguero de ropa de colores estridentes, salió de la habitación. Pensó en recorrer el barrio. Intentar familiarizarse con el entorno que por un tiempo indefinido sería la escenografía de la película de su vida. Aprovecharía el paseo para aclarar sus ideas y ver cuál sería su próxima jugada.
Leonor todavía estaba en el vestíbulo cuando Guillermina salió. Miró a la jovencita con gesto desafiante y ella, ni lerda ni perezosa, le sostuvo la mirada aún sin detenerse. No cruzaron palabra, pero el aire se podía cortar con un bisturí. Aquella mutua hostilidad presagiaba tormentas. Y de aquellas que hacen subir el Arroyo Maldonado y lo invaden todo con sus aguas pestilentes.
Leonor no era una mala persona. Había capitalizado cada revés de la vida. Había aquilatado sus experiencias con la premisa fundamental de no repetir errores. Había sufrido y pagado por demás su “derecho de piso”. Creía haber ganado el respeto del mundo y si el mundo no se daba por enterado, ella tomaría lo que era de ella. Por la fuerza, por la astucia o como dé lugar. Era una cuestión de códigos. Leonor no los había inventado, pero se ajustaba a ellos para vivir. Un mínimo de reglas formales o de las otras eran elementales para convivir en esta jungla.

La pendeja no lo había entendido. La había desafiado. Irrespetado. Había malinterpretado aquel dicho que sostenía que “no hay mejor defensa que un buen ataque”. Hay veces en las que un ataque irresponsable no es defensa, sino suicidio.
No era nada personal. No por ahora. Pero al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Ella había cruzado la línea. Y ahora tendría que pagar.
Esperó unos minutos para asegurarse de que Guillermina se hubiera alejado lo suficiente. Con cautela comenzó subió las escaleras de viejo mármol blanco, los bordes redondeados por la erosión de millones de pasos.
Pasó el primer piso, sin siquiera oír la letanía cumbiera que provenía de alguna de las habitaciones. Continuó su ascenso decidido, pasando de largo el descanso del segundo piso y la puerta de su propia habitación, contigua a la escalera. Jadeante, exhausta llegó a la tercera planta y se tomó unos segundos para recuperar el ritmo de su respiración.
“Los años no vienen solos”, pensó.
Una vez repuesta caminó despacio con un objetivo definido. Un paso. Dos. Tres.
Finalmente llegó al final del pasillo presa de una extraña excitación. Estaba grande para estas cosas, pero había que hacer lo que había que hacer.
Sacó una llave del bolsillo trasero de sus jeans. Una llave maestra. Se la había agenciado unos meses atrás cuando el administrador la dejó, en un descuido, en recepción. Nunca la había usado, hasta ese día.
La introdujo en la cerradura de la habitación de Samantha. Hoy era “de Samantha y Guillermina”, pero confiaba en que fuera así por poco tiempo.
La puerta cedió sin dificultad y su cabello químicamente rubio se asomó entre el marco y la hoja, oteando el panorama.

El desorden de Samantha era lo que primaba en la fotografía del cuarto. Ropa tirada, zapatos de taco alto sin su par a la vista, maquillaje sobre la mesa de noche con marcas de cigarrillo en el borde. Nada inusual.
De pronto, Leonor vio el bolso. Y se le iluminó la cara.
Avanzó rauda hacia el único equipaje que había traído Guillermina y con gesto nervioso lo vació sobre la cama.
Una agenda, algo de ropa de dudoso gusto a sus ojos, ropa interior (¡Qué chiquitas eran las bombachas! La odió por eso), unos pocos pesos y el DNI.
La conmovió un poco todo aquello. La chica había dejado su provincia para probar suerte en la Capital. Había venido casi con lo puesto. Era valiente.
“Las mujeres recorremos un mismo camino. Sólo cambia el paisaje y los kilómetros recorridos. Pero el sendero es uno solo: El de la lucha constante” solía decir ella. Se sintió identificada en un punto indefinido con la chica, pero de inmediato ahuyentó esa sensación y alimentó su ira con un bocado -grande- de rencor y resentimiento.
Haría lo que había venido a hacer.

Sin saber muy bien por dónde empezar, guardó todas las cosas en el bolso desordenadamente. También guardó el dinero (“la loba no sabe robar. Sus dientes, son armas de matar”).
Sólo se quedó con el documento.
Se acercó a la ventana que daba al paredón ciego. Un ojo cuadrado de luz grisácea. Hacia abajo, un baldío con maleza de siglos.
Tomó el DNI de Guillermina con ambas manos y lo rompió con furia, en tantos pedacitos como la fuerza de sus dedos lo permitió. Media foto de Guillermina cayó al suelo haciendo un bailoteo desarticulado en el aire. El fragmento mostraba una sonrisa sin ojos. Una hermosa sonrisa. Leonor levantó del piso la foto rota, la miró por un instante y la juntó con el resto de los retazos irregulares tirando todo por la ventana, en una parodia pobre de festejo futbolero.
-Vamos a ver cómo te las arreglás en Buenos Aires sin identidad.
Luego se dirigió a la cama de la chica y se bajó los pantalones y la bombacha hasta las rodillas. Con un movimiento poco grácil se acuclilló sobre el colchón. La postal era grotesca. Gracias a Dios esa faena debía hacerse sin testigos. Aguardó el par de segundos que fueron necesarios y orinó largamente sobre la cama de Guillermina, dejando un charco oscuro de formas geográficas.

Cuando su vejiga estuvo vacía, acomodó sus ropas frente al espejo sucio del cuarto. Se acomodó el pelo con las manos y salió como si nada hubiera pasado, cerrando la puerta con llave tras de sí.
Por su parte, las cosas estaban a mano. Habían recuperado su orden natural.
Guillermina vagó horas por callejas grises, sucias, malolientes, sus ojos todo lo consumían y una pequeña voz interior repetía, aprendé, memorizá, compilá imágenes. Dio un respingo y brincó por los aires cuando un mendigo quiso tomarla del brazo, “por un mendrugo de pan”, rezaba el cartel que le colgada del cuello. Corrió asustada, cuando lo miró a los ojos y los descubrió blancos. Ojos blancos que fosforecían en la oscuridad. Sus pasos rebotaban en las calles ciegas y era el único sonido que engendraba la noche. Ciudad devoradora de hombres, desde que había puesto un pie en esta patética Buenos Aires todo era amenazante, el rostro pétreo de Leonor, el asqueroso desorden de Samantha y ahora esta pobre gente pobre.
Sostuvo el motivo de su venida, había venido a esta gran ciudad a comérsela entera con el único utensilio, el que ella manejaba con mano experta: la pluma. Su norte era ser una gran periodista, la mejor y estaba dispuesta a todo por ello.

A pesar de su corta edad, reconocía que el camino era largo y duro, pero traía Plan B, si su pluma no convencía traía armamento pesado, mirada directa, sonrisa brillante, caídas de parpados en el momento apropiado y un buen par de piernas. Era una experta en la sutil empresa de la seducción.
Consentía que más allá de su versatilidad y manejo de las letras, los caminos para coronarse con el éxito pasaban por entremedio de sus piernas, pasaje dulce, envolvente, mágico. Pero debía –además- agregar inteligencia para acertar con buen tino en la elección del pasaje.
Y se puso a rememorar todas sus ansias de pretensión para llegar a la cosmopolita ciudad, digamos que ser la amante del editor del periódico local, por dos años, en algún momento tocó su techo y cuando todo eso le supo a poco y su ambición seguía con el mismo hambre, decidió abandonarlo y zambullirse de lleno en esta aventura que podría costarle caro, pero no tenía nada que perder y se rió de sí misma cuando recordó el precio de su virginidad. Lo había apostado a un puesto de trabajo, que le trajo satisfacciones y reconocimiento en un pueblo dormido. Cuando ya no pudo hacer más nada para despertar del letargo a los rutinarios pueblerinos, quiso probar suerte con otra clase de depredador. Los de la gran ciudad. Y estaba segura que caerían inermes a sus pies. Igual que todo el que osara ponerse delante de ella.

Living Dead y Eleonora continuaron

Las horas de la tarde pasaron como una exhalación, cediendo ante los embates de las primeras penumbras crepusculares. Guillermina se había sentado en las escalinatas del Monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, concentrada en la tarea de garabatear sus experiencias en un cuaderno cuadriculado tamaño carta.

puedo fingir mil orgasmos esta noche
pensar que te busqué, pensar que te quise
me imagino tus labios calientes sobre los míos, tu abrazo candoroso, tu pecho refugio de mis angustias, tu respirar acompasado que adormila al mío, no quisiera mas que tu agonía sobre mi oído, tu palpitar dentro de mis humedades, quisiera escucharte morir una y mil veces más y, cuando la noche se apague, te consumas dentro mío para siempre…

Tomó conciencia de la hora cuando se vio obligada a achinar sus ojos para hacer foco en la letra pequeña y despareja, con la que cualquier grafólogo se haría un festín. Cruzó Santa Fe aturdida por el ruido del tránsito y asqueada por la nube negruzca de smog, omnipresente en esta ciudad de locos. Caminó sin prisa, el cansancio latía en sus pies, llegó a la pensión. Pasó por el vestíbulo desierto y fue directo a su habitación. Recordó el camino a pesar de haberlo recorrido una sola vez.
Subió peldaño por peldaño hasta la planta del tercer piso, dibujando en su mente el inmenso placer de flotar en un vuelo gracioso hasta su cama. Calmar su agotamiento. Dormir hasta que el sueño haya sido un mal recuerdo. Ya habría tiempo para repartir currículums, recorrer facultades y responder las preguntas punzantes que su perseverante sentido de la responsabilidad de obstinaba en formular.

El cuarto estaba oscuro. Si bien la ventana no tenía cortina, el paredón que la bloqueaba no admitía la menor filtración de claridad. Avanzó a tientas hacia la cama y sin correr las cobijas se arrojó pesadamente sobre ella con un bufido profundo. Sobrevino una sensación fría de humedad que la dejó perpleja y saltó como un resorte emitiendo un gritito corto y agudo. Corrió hacia la llave de luz y la accionó, dando vida a una lamparita de 40 watts que pendía del techo sostenida sólo por los cables. Con los ojos desmesuradamente abiertos observó la mancha oscura sobre el acolchado verde de tono desvaído. Un gran círculo aceitunado de contornos irregulares. Acercó su rostro y frunció la nariz, ante el hedor acre del orín.
Con las manos temblorosas tomó su bolso y se sentó en el suelo, con las piernas abiertas en una “V” infantil. Sacó sus pertenencias una por una y las reunió delante de sí, ensayando un inventario breve en su cabeza. El dinero estaba en su lugar. Esos 200 pesitos eran de momento su mayor preocupación, ya que eran su único sustento hasta que sus padres decidieran perdonarla por su aventura loca de conquistar la ciudad contra todos sus consejos y recomendaciones: “Aquí no te falta nada. ¿Para qué te vas a ir?”
-Todo. Me falta todo…Dijo en voz baja como respondiendo una pregunta fuera de contexto.
El dinero estaba. Y la ropa. Y la agenda…
De pronto su mirada se detuvo en un pequeño fragmento de papel verde que descansaba a un metro de su graciosa, lúdica posición. Sin incorporarse del todo acercó su pecho al suelo y estirando su brazo derecho lo tomó. Era un papelito ligeramente triangular, con un número “2” troquelado. Ató cabos y se sintió morir…
-Qué hijos de puta!!…el DNI…

Víctima de una mezcla de odio, impotencia y tristeza, comenzó a llorar en silencio, intentando contener los espasmos de su pecho.
¿Por qué a ella?
¿Quién podía querer interferir entre ella y sus destinos de grandeza?
-Envidia -se convenció-. Esa es la única explicación…
Estaba en pleno proceso autocompasivo, comenzando a lamer sus heridas, cuando Samantha ingresó a la habitación y los ojos de Guillermina se dispararon hacia ella como misiles sobre Irak.
-Vos…!!

Con las primeras luces del alba y cuando Samantha aún no había sacado su llave de la cerradura, la silueta de Guillermina se agrandó a su lado con una indignación inesperada. La chica enarbolaba uno de sus propios zapatos. El taco agudo, la correa perforada flameando como una lombriz atontada. En su ciega e incomprensible actitud, Guillermina descargó una andanada de golpes con su improvisado armamento. Una de las veces que su brazo descendió sobre la incredulidad de Samantha, el filo del taco halló un tramo de piel maquillada en la frente de ésta. Y se posó allí, anidando en un hueco pequeño pero profundo. Cuando Samantha sintió el contacto de aquella pequeña catarata tibia primero en su frente y luego en su mejilla, un switch se activó en su interior. Su puño salió despedido sin un estilo pugilístico depurado. Era un golpe femenino, pero con la fuerza de un hombre. Llegó sin escalas a la quijada de Guillermina. Y le apagó la luz. Un rato (largo) después, Guillermina se despertó. Estaba acostada en la cama de Samantha. Tenía en sus manos un pañuelo que envolvía uno o dos cubos de hielo, los que al derretirse habían comenzado a chorrear dejando un reguero húmedo en su ida y vuelta al mentón de la chica.

Samantha la miraba con gesto indulgente. Un punto rojo de sangre a medio coagular coronaba el centro de su frente. Casi entre los ojos, como si se tratara de un ornamento hindú. Guillermina pensó en eso y quiso sonreír, pero se reprimió.
-Hija de puta. Me rompiste el documento. Me cagaste la vida…
-Vos estás mal de la cabeza. Yo estuve toda la noche en la calle. Mirame la cara. No sé qué mierda te hicieron, pero no fui yo.
Parecía sincera y Guillermina le creyó enseguida, aunque no quiso demostrarlo. Mantuvo su actitud recelosa.
-Pero…vos sos la única que tiene la llave.
-Querida, ¿vos viste esa puerta? La puede abrir un nene de 5 años.
Guillermina voltea su mirada hacia la puerta que yace gris y vieja como siempre. Luce muy deteriorada
-¿Te robaron mucho? (Insiste Samantha).
-No. La plata no me la tocaron, pero me destrozaron el documento. Mirá (le mostró el fragmento con el número “2” hecho con perforaciones regulares) ¿Ves? Y encima me mearon la cama.
-Ah! Entonces fue una guachada.
-Noooo, ¿en serio?
-Bueno, nena, bienvenida a Buenos Aires. Algún día con más tiempo te voy a contar la bienvenida que me dieron a mí.

La desconfianza de Guillermina fue cediendo. Samantha parecía una buena persona y ella no era prejuiciosa, a pesar de la educación conservadora que había recibido en su hogar y en su escolarización provinciana.
-Disculpame.
-¿Perdón?
-Disculpame por atacarte. Reaccioné como una chiquilina. ¿Te lastimé?
-Se necesita más que un zapatazo para lastimarme. De todos modos, si lo hacés de nuevo, te rompo la trompa (Dijo y ambas rieron).
Samantha ayudó a Guillermina a cambiar las cobijas luego de dar vuelta el colchón orinado. Luego se acostaron a dormir. Guillermina soñó con un río cantor, alimentado por el deshielo de los Andes del Sur. Soñó con guitarreadas a la vera de un fogón. Con gente buena y sin resentimiento.
Entre sueños, Guillermina lloró desconsoladamente.

Living Dead concluyó

Se despertó cerca del mediodía notando un ardor molesto dentro de su boca, ya que el golpe de Samantha le había hecho cortarse el labio con sus propios dientes. Se acercó al espejo polvoriento de la vieja cómoda y trató de reconciliarse con su propia imagen: El pelo sucio y revuelto, la protuberancia en la quijada (¡Qué fuerte pega el trava-pensó-!) y los ojos hinchados de tanto llorar. Se quedó un buen rato allí parada. Sopesando. Rumiando una decisión. Finalmente como impulsada por la ola de un mar picado, aceleró sus movimientos. Se calzó su jean de tiro bajo y sus sandalias baratas. Se dejó la misma remera que había usado para dormir, sus pechos jóvenes bailoteando por debajo del suave algodón libres de la tiranía de un corpiño.

Tomó el bolso que nunca había desarmado y salió de la habitación. Comenzó a bajar por las escaleras rumbo a la recepción, acompañada sólo por el eco de sus pasos. Cuando pasó por el pallier del segundo piso, impulsada por una sensación difícil de describir que conjugaba todos los matices atrapados entre curiosidad y rencor, desvió su marcha hacia la habitación de Leonor (luego del incidente de la víspera se había preocupado por averiguar cuál era la madriguera de la loba). Encaminó lentamente su mano hacia el picaporte y lo accionó con cuidado. La puerta pivoteó en sus goznes y se abrió con un chirrido imperceptible.
El panorama del cuarto era una réplica exacta del suyo. Leonor dormía en una de las camas de una plaza, mientras que la otra cama permanecía desocupada y ordenada, aunque con algunas prendas sobre el acolchado.

Guillermina miró a su alrededor y actuó rápido. Acumuló una buena cantidad de papel higiénico debajo de la cama vacía. Usó todo el rollo que Leonor tenía en la mesa de noche. Cada inquilino debía agenciarse el suyo. Era norma de la casa.

En la misma mesita descansaba un paquete de Marlboro de 10 y un encendedor plástico. Guillermina tomó este último y procuró que una larga lengua de papel higiénico la acompañara hasta la puerta del cuarto.

Puso una rodilla en tierra y encendió el extremo del papel, observando como la llamita inicial se agigantaba voraz, corriendo vertiginosamente hacia el gran bollo desordenado bajo la cama desocupada.

-Las lobas cazan en manada. Y vos estás sola. Sola como una loba descastada…
Dijo en voz baja, con un reflejo anaranjado en los ojos.

Cerró la puerta con cuidado y continuó hacia la salida a paso lento, como si aquella escala demente nunca se hubiera llevado a cabo.

Caminó hasta la avenida, con aire ausente.

-Señor, qué me lleva a retiro?
-Tenés el 152 y el Subte “D”. El subte es más rápido, pero tenés que hacer combinación.

Eligió el colectivo. Llegó enseguida y vino vacío. Sintió que su suerte había cambiado. Era hora que Dios hiciera justicia con ella.

-Uno de 80- le dijo al colectivero.

Un ulular de sirenas comenzaba a escucharse a sus espaldas, cada vez más lejano.