La Luna comenzó

-Te voy a dejar – dijo Marina ni bien entró al departamento.
Angel esa tarde, como presintiendo el desastre había comprado flores; esos lirios que tanto le gustaban a Marina. Cocinó desde el mediodía, porque sabía que ella llegaría temprano y la idea era tener la cena lista a eso de las ocho.
Puros manjares preparó, la calabaza al horno con queso de cabra para la entrada, las chuletas de cerdo con la salsa liviana y una ensalada de hojas verdes para el plato principal. El Saint Felicien en su justa temperatura y en los postres, frutos rojos con crema, cerrando con el tardío de Weinert que tanto le gustaba.
Movió la mesa de lugar para dejar espacio a las sillas y que no chocara nada con la pared, la vistió con un mantel de seda, ese que Marina guardaba para las ocasiones importantes, buscó y encontró los cubiertos de su abuela que estaban manchados por el poco uso. Limpió bien el living, acomodó los almohadones y la funda del sillón, compró e instaló las lamparitas que faltaban en el rincón de la tele, las que daban la luz que a Marina le parecía la mejor para ese ambiente. Prendió un par de sahumerios, sólo un par, para no contaminar mucho y se bañó.
Hubo una señal presagiaba lo que se venía, una de las copas de malbec se quebró mientras la lavaba. Salió a comprar unas nuevas, pero no encontró las que buscaba. Éstas desentonaban con los platos chinos y las servilletas. No le dio ninguna importancia al incidente hasta que Marina apareció.

Gabu continuó

Ni bien dejo escapar su decisión desde el fondo del alma la puerta se cerró de un golpe, alertando a Ángel, que de espaldas concluía el ritual de servir protocolarmente el vino en la copa situada en la cabecera de la mesa, la ubicación justa de Marina.
-Hola, amore…
-Hola.
La sonrisa culposa, el nudo en la garganta y los ojos vidriosos se instalaron en Angel, que cuando percibió la actitud irresoluble de Marina, caminó hacia ella desanudando el delantal de su cintura, se paró a dos metros y con la cabeza gacha dobló el delantal recordando a aquel amigo que se lo obsequió cuando inauguraron su convivencia.
-¿Y “mis” copas? ¿Y ese olor? ¡Sos un ridículo!
El aire se envició con un odio que jamás antes conocido. En una esquina, una leve brisa entró por la ventana y apagó la vela junto al sahumerio que chispeó el último hilo de aroma envolvente. Marina amagó un gesto de cariño pero el hartazgo la frenó y camino decidida hacia la habitación topándolo a Ángel como un toro embravecido.
-Amore, ¿por qué me decís ridículo?, todo esto lo hice para vos.
-Como digas, pero no ceno, no duermo, ni me quedo un segundo más acá.
-Una de las copas se quebró, y cociné lo que tanto me pedís siempre y…
-Y como todo en la vida, ya es tarde. Te pido que no lo compliques más, por favor.
-Marina, por favor, hablemos, aunque sea la última vez.
-No. Esta vez no hay última vez, esto es lo último ya no queda más nada.
-No es así, vos sabés que yo te amo.
-Ángel, si querés hablá, pero vas a hablar solo, porque yo no voy a escucharte.
Esas palabras definitivas sentenciaron la caída, Angel se desplomó en el sillón mientras terminaba la canción Roads y comenzaba a instalarse en el ambiente Numb. Retumbando en su dolor, estiró la mano para apagar la tortura de continuar atormentándose pero por escasos dos centímetros no llego al botón Pause. Se incorporó para sacar a Portishead cuando escuchó ruidos y más ruidos, se acercó a la habitación y apoyado en el marco de la puerta contempló a Marina que sacaba y tiraba sobre la cama algunas prendas y, a la vez, discutía con alguien por celular.
-Vení a buscarme por favor, ya mismo.
Desconcertado, sólo atinó a sacarle el teléfono de la mano mientras que ella, al notar su intento, cortó abruptamente. Angel intuía hace un tiempo que había alguien más, pero para qué preguntar, ¿por masoquismo?
Era inútil saber la verdad sobre Marina.
Le bastaba con saber su verdad, la que sentía en su alma, la del amor.
La verdad es como una obra de arte, depende siempre del ojo del espectador pensó. Después cerró la puerta de la habitación y la dejó sola.

Living Dead continuó

En sus cinco años de convivencia las crisis se habían sucedido con regularidad casi matemática. Ellos funcionaban así: la tensión iba in crescendo y los pequeños conflictos se sumaban en progresión geométrica mientras que el egoísmo levantaba barreras cada vez más altas, hasta que finalmente todo estallaba. Ella lloraba y hacía reclamos. El gritaba y se justificaba.
“No me das lo que necesito. No me cuidás. No me siento querida”, decía ella.
“No te entiendo. Decime con precisión, claramente, qué es lo que necesitás. Yo te quiero, no sé cómo no te das cuenta. ¿Por qué tenemos tan poco sexo?” eran los argumentos de él.
Luego de esas hecatombes periódicas, él prometía que iba a cambiar, que iba a cuidar los detalles. Ella prometía paciencia y mayor predisposición. Y la rueda comenzaba a girar otra vez, por lo menos hasta que ocurriese la siguiente eclosión. Fueron cinco años de eso. Y ella había decidido que habían sido suficientes.
La última gran pelea había sido la noche anterior. Habían pactado una salida en conjunto con una pareja de amigos.
-Nos encontramos a las 9 en la puerta del cine. Propuso él.
-¿Por qué no salimos juntos desde casa?
-Ya arreglé con los chicos para ir a jugar a Paddle. Si no voy los cago. De a tres no se puede jugar.
-¿Vas a llegar a tiempo no?
-Si, mi amor. Quedate tranquila…
Le dejaron la entrada en la recepción. Entró con la película casi terminada y se plegó al trío incómodo.
-Se me hizo un poco tarde, disculpame.
-Después hablamos.-Fue la respuesta que presagiaba una tempestad.
Esa fue la gota que desbordó el vaso. Cuando Marina tomaba una decisión era cosa juzgada. Era tajante. Inflexible.
Era mujer.

Gabu continuó

Marina sin fuerzas sintió que la arrasó el tiempo y el desgano. Tenía las fuerzas y las ganas para enfrentar la última verdad. Decirle a Angel que esa supuesta frigidez que no lo dejaba dormir, no era más que su refugio para rechazarlo una y mil veces al sentir satisfacción en los brazos de Claudio.

-Tenemos cosas pendientes, creo Marina…

Dijo Angel en voz alta y decidida desde el living mientras, con la mirada turbia por algunas lágrimas, prendía otro sahumerio.
-Que querés saber? Preguntó
De repente aparece parada desafiante frente a él, cruzada de brazos lo mira totalmente indiferente, Angel suspiró mientra calculaba la pregunta concreta, cuando el maldito celular sonó. Los dos se miraron con un dejo de duda. El se paró y ella posó sus manos en su pecho para cerrarle el paso.
-¿Vas a contestar o preferís que lo haga yo?
-Angel, tenés que saberlo, no es posible que nunca lo hayas intuido siquiera..

El juego cambió de dominador y las fichas se acomodaron para darle una jugada a Angel. Marina no podía disimular los nervios, todo quedó expuesto y no había lugar para la mentira. Ella había hecho todo lo posible para que Angel se diera cuenta pero su machismo jamás lo dejó imaginar a otro hombre tocándola. Mucho menos hacerse a la idea vulgar de imaginarla revolcándose como perra en celo mientras que él tenía que rogarle para poder acariciarla.
A pesar de los rechazos Angel nunca pudo serle infiel, oportunidades nunca le faltaron, pero no pudo, no concebía especular en compartir su vida en paralelo con otra mujer que no fuera Marina. Ella tenía todo lo que él necesitaba.

El vacío lo envolvió todo y Angel se sintió miserable, incapaz de volver a empezar.
Siempre le costó relacionarse románticamente con el sexo opuesto, pero con Marina fue diferente, el desenfado de ella hizo que todo fuera más simple.
Detrás de todo hombre seguro y bien plantado, hay una mujer que lo contiene y apuntala.
Y Marina era una de esas mujeres, era una MUJER con cada una de las cinco letras bien puestas.

Se quedó muy quieto al punto de sentir el ritmo de su propia circulación como un ronroneo por detrás de sus oídos. Estaba tratando de asimilar el golpe.
“Nadie muere mocho” decían los muchachos en el barrio…
Pero otro refrán popular desalentaba aquel atisbo de tibia resignación: “Ojos que no ven…”
Hacía tiempo que contemplaba la infidelidad de su mujer como una posibilidad cierta, pero de la sospecha a la certeza había un abismo insalvable. El cachetazo de la revelación había sacudido sus cimientos. Durante unos instantes comenzaron a desfilar en su cabeza imágenes de lo que había sido su relación con Marina, al tiempo que intentaba imaginar el día después, ese que había llegado sin avisar como un bombardeo furtivo.
-Te juro que no lo planeé…Las cosas se dieron por casualidad.
-Callate, por favor. No quiero escucharte…
-Pero yo qu…
-¡¡CERRA EL ORTO TE DIJE!!
Los ojos de Marina se abrieron desmesuradamente. Angel no gritaba nunca y pocas veces durante su vida de relación lo había visto enojado. Pocas cosas en el mundo la asustaban más que Angel enojado. Decidió no confrontar. En tiempos mejores habían bromeado sobre una hipotética infidelidad, impensada por entonces…
“Los cago a palos a los dos. Y a vos primero, por puta… Había dicho él con una sonrisa. Una sonrisa que a ella no le había gustado. Era una mueca de ojos apagados y sin dientes. Una sonrisa asesina.
Dijo lo único que podía decir:
-Me voy.
-Sí. Y por favor no vuelvas
-¿Y mis cosas?
-Te las dejo en casa de tu mamá.
-¿Cuándo?
-¡¡¡CUANDO SE ME CANTEN LAS PELOTAS. TOMATELAS DE UNA VEZ!!!
Con su cartera y un bolso de mano salió del departamento. Iba a esperar a Claudio en la vereda.
Angel la acompañó con la mirada y fue devorado por un silencio agresivo cuando ella cerró la puerta tras de sí.
-Vení a buscarme. La hija de puta le dijo que la venga a buscar. Acá. A nuestra casa. ¡¡A mi casa!!!
Le había caído la ficha. Un coctel explosivo de amor, rencor, despecho, orgullo y testosterona le explotó en la cara. Ciego de ira (“emoción violenta” dirían después sus abogados en el juicio oral) corrió hasta el placar y metió la mano por debajo de la pila de sweaters. Hasta el fondo. Tocó el metal negro y frío de la pistola 9mm que el fantasma de la inseguridad le había impulsado a comprar. Chequeó que tuviera bala en recámara y salió al palier. Desestimó el ascensor y se abalanzó en un raid demente por las escaleras. Un piso. Dos. Tres.
Cuando llegó a la planta baja estaba empapado en transpiración en parte por el ejercicio y en parte por la adrenalina que corría por sus venas como rápidos mendocinos.
Disimuló su presencia en el cubículo de la basura, mientras se aquietaba su jadeo. Marina estaba sentada en uno de los escalones de la entrada del edificio. Lloraba y se limpiaba a cada rato la nariz con una carilina embebida en mocos y lágrimas. Lo esperaba a él. Al tipo que sabía que ella estaba en pareja y no le importó. Quizás se sintió valiente, un ganador, un tipo con suerte. Él le enseñaría los riesgos de jugar con fuego. Le daría la fogata de su vida. Una llama abrasadora que no olvidaría jamás.
Gabu continuó

Agazapado como una arpía la espía, esperó el momento justo, la miró de espaldas sin poder creer que su propia mujer lo estuviera dejando. Era evidente que su machismo estaba herido. También era evidente que quería terminar con la existencia de esa puta “su puta” con sus propias manos, pero no sin antes verle la cara al que le legalizó el diploma de cornudo.

Marina estaba confundida y alterada por la inesperada agresión de Angel. No lograba recordar que estaba haciendo ahí esperando, apagando un cigarrillo, llorando. Por arte de magia su mente quedó en blanco, zero, no reconoce el lugar. Abrió la cartera para prender otro cigarrillo pero el paquete estaba vacío. Sintió un tirón de pelo que la le hizo perder el equilibrio al mismo tiempo que una mano tapó su boca.
-Así no son las cosas putita de mierda, yo soporté tu menosprecio durante más de cinco años pero ahora vas a saber cuántos pares son tres botas.
Ángel desencajado la tiró adentro del ascensor, la cabeza de Marina golpeó brutalmente contra el pasamano y cayó inconsciente. Angel presionó el botón del piso de su apartamento y después la arrastró por el pasillo hasta adentro.Tendida en el piso la observó, su carita dulce que tanto lo enamora, su remera levantada que deja ver el contorno de su pecho y la pollera hecha jirones lo excitaban, perdió la noción de toda la situación y se tiró sobre Marina arrancándole la ropa interior, mordió su cuerpo con saña descontrolada, dejando heridas en cada centímetro de su piel blanca.
Ángel se arrodilló, separó las piernas de Marina, la puso de espaldas mientras desabrochaba su pantalón asombrado por la erección como jamás había tenido en su vida; tomó entre sus manos la pija palpitante y la penetró por detrás apoyando sus bolas en su culo blanco. La empezó a coger como nunca, poseído por la brutalidad de mil demonios.
Marina en cada embestida parecía volver en sí, abrió sus ojos sin reconocer nada pero sintiendo la pija de Angel entrar y salir descontrolada de su culo. Marina sólo pudo esbozar un “No” sin fuerzas, más parecido a una plegaria que a una órden.
-Dale putita, movete, no te cierres, dale que te gusta.
Marina lloraba de dolor, extendió el brazo tratando de alcanzar algo para defenderse que no existía. Angel desenfrenado y a punto caramelo cada vez la embestía con más fuerza moviéndose juntos por el piso de parqué. En su revoleo desesperado Marina consiguió tomar una estatuilla de Buda y con las pocas fuerzas que le restaban, logró asestarle un golpe en la nuca desde atrás.
Angel cayó y Marina se incorporó. Estaba shockeada, todo su cuerpo quería golpear a Angel, quería lastimarlo, sentir que le hacía daño, pero no hizo nada de eso, no, hoy sería un escarmiento diferente el que pretendía, como pudo tomó un trozo de papel y una birome y escribió poseída. Angel yacía en el piso inconciente y ella lo observaba chequeando que esa inconsciencia continuara.
Cuando terminó de escribir salió del departamento, cerró la puerta y pasó la nota por debajo de la puerta. Después huyó con dificultad, caminó tambaleante, sentía su corazón explotar, se le nublaba la vista; sentía su entrepierna mojada, chorreando. Bajó en el piso del ascensor sin poder parar de llorar. La puerta del edificio estaba abierta, cuando tomó la calle miró a su alrededor y corrió hacia un quiosco en la vereda de enfrente.
-Hola necesito…
El quiosquero la reconoció impensadamente.
-¡Marina! Tanto tiempo, ¿cómo estás?
-…
-Te quedaste sin negros? ¡Qué raro en vos, eh!
Tomó el paquete de Parisiennes, y le pidió al quiosquero que se los anotara, casi sin poder coordinar los pasos y con dificultades para respirar su vista se nubló aún más, y decidió tomarse de un poste para no caer al piso cuando escuchó esa voz.
-Maruuuu?
Pero Maru no podía coordinar, en ningún momento pudo darse cuenta de que esa voz era la de Claudio.

Living Dead continuó
Angel despertó sin saber dónde estaba, hasta que fue reconociendo su departamento palmo a palmo y armó el rompecabezas en su mente.
Un mechón apelmazado de pelo y rastros de sangre eran la evidencia física asociada a aquel dolor lacerante, agudo. La cabeza le palpitaba a un ritmo regular, musicalizando sus lentas acciones con ese latido monocorde.
Estaba semidesnudo con los pantalones por los tobillos. Muy despacio acomodó su ropa y el desorden que aquella faena sexual fuera de contexto había provocado.
Ahora, más tranquilo, se avergonzaba de sus acciones, aunque fue uno de los mejores polvos de su vida. La excitación, la furia, el amor, el odio…Todo junto acumulado en la punta de su pene hacia el culo traidor de ella, como ese disparo de venganza que no había sido en la puerta del edificio.
Sus gritos al desgarrarla.
A él le supieron a escarmiento.

“…Estoy pagando. Me equivoqué y estoy pagando. Servite. Hoy invita la casa…”, era la traducción para Angel de la súplica de Marina.
Ahora se había ido. La sensación de vacío se agigantaba en aquella madrugada en la que su vida se hizo añicos en unas pocas horas.

Entonces vio la nota debajo de la puerta.
Se acercó y la levantó, estaba aterrorizado como si se tratara de una granada sin el seguro. Comenzó a leer subvocalizando -era un defecto que no había podido corregir desde la primaria-:
“Angel:
Las cosas no tenían por qué terminar así, pero bueno, esa carta también estaba en la baraja. Ya no te amo y no quiero resignarme a una vida gris, a que todo me dé lo mismo, a respirar mecánicamente, transcurrir por el mundo intrascendente, penar por lo que no fue ni será y esperar, simplemente, la muerte…
No voy a reprocharte nada (ni siquiera lo que pasó esta noche), pero tampoco voy a aceptar recriminaciones de ningún tipo.
Que tengas suerte.
Marina…”

Angel hizo un bollo con el papel y lo arrojó con desgano a un rincón del living. Se quedó allí, sentado en el parquet con la espalda contra la pared rosa (el color que ella había elegido)
-¿Qué es esto? ¿La casa de Polino?-Había protestado él.
-No entendés nada…
“No entendés nada”.
Y parece que tenía razón. No lograba comprender qué había pasado. Qué había hecho mal.
A su lado descansaba la 9 mm. Que en un último instante de lucidez había dejado inmóvil en su cintura mientras confrontaba físicamente con Marina.
La tomó en su mano derecha, la sopesó y el kilaje le resultó agradable. La miró de la culata al hoyo negro del cañón, hasta que la imagen del arma comenzó a desdibujarse por las lágrimas. Profusas. Incontenibles.
El estruendo pasó inadvertido en el silencio anónimo de la gran ciudad. El espíritu posmoderno de principios del siglo XXI era una oda al individualismo.
“-Deben ser cohetes” dijo algún vecino.
“-Fue un escape” tranquilizó un padre a su hija adolescente.
Fue la señora de la limpieza quien descubrió el cuerpo al día siguiente y avisó a la policía
-”Si no fuese por la herida en la sien, hubiera jurado que dormía plácidamente, abrazado al portaretrato”.

Gabu continuó

Marina acompañada por Claudio llegó hasta la entrada del edificio. Los recibió el portero con un grito atronador.
-¡Usted es una caradura! ¿¡Cómo se atreve a volver después de lo que pasó?! ¿¡Y encima viene con su amante?!
-No le permito Ercilio que me hable en ese tono, ni a usted ni a nadie.
-Vamos señorita Marina, esto es un escándalo. ¡Si vino hasta la televisión!
-¿Qué?
- Ñañembo’e omanova’ekue anguerehe…**
-¿Ercilio qué dice? ¿Por qué no atiende el señor Ángel?
Claudio contiene a Marina y le propone ir directamente al departamento;
-Maru mejor subamos directamente.
Al llegar se encontraron con la puerta fajada y dos policías en custodia; Claudio rápidamente le dijo a Marina.
-Este no es el piso de tu amiga, es el piso de abajo, amor
Ella lo miró con cierta complicidad y lo siguió por las escaleras hasta llegar nuevamente al palier, magistralmente el portero como todos los porteros había desaparecido.
-Claudio por favor buscá al portero, tengo que hablar con él.
-Ya vuelvo…
No pasaron más de cinco minutos cuando Marina vió salir al portero del edificio de enfrente.
-¿Ercilio? ¿Qué pasó con el señor Angel?
-En el hospital, se lo llevaron chorreando sangre, si no murió es de milagro.
-¿Sangre?
Marina pasmada salió de ese escenario confuso, caminó como autista, sin rumbo, Claudio la alcanzó, la abrazó, tomó su rostro y besó cada lágrima que caía por sus mejillas.

Claudio tenía la mente más fría que Marina. La llevó al hotel en donde se alojaba y la dejó descansando allí.
Resolvió volver al edificio y pensó en todas las hipótesis, pero una en particular no lo terminaba de convencer. Todos coincidían en que alguien le había disparado a Angel y levantaban toda huella dactilar que encontraran en el lugar. Claudio dedujo que Marina podría estar en problemas por esto.

Se dirigió al hospital Pirovano dónde le había informado un cabo que trasladaron a Angel. Al llegar a informes le dieron los datos básicos, Angel estaba allí aún con vida.
Subió hasta la habitación pero en la puerta de la habitación había una guarda policial también, pegó la vuelta y volvió a informes. Necesitaba averiguar de qué comisaría es la guardia, la enfermera le dijo en tono distraído: “de la 33”.
Empezó a tener un mal presentimiento, pero decidió no contarle nada a Marina por el momento.
Todo era turbio y tan contradictorio como el motivo que lo traía de regreso a Buenos Aires.

Claudio y Marina se conocieron en una muestra plástica hace más de quince años, él con mil excusas viajaba seguido para verla, hasta que un día le propuso ser su representante en Argentina y ella accedió, a partir de ese momento jamás se separaron. Primero creció una amistad incondicional, luego la complicidad de entenderse perfectamente; hasta que Claudio, convencido de su amor, le propuso formalizar y ella, segura de sus sentimientos, aceptó.
Cuando estaban juntos sentían que se conocían de toda la vida, esa percepción se convirtió en certeza, al menos para Claudio, pero ahora lo único que importaba era la integridad de Marina y del hijo que llevaba en su vientre, en tan solo seis meses Tomás vendría al mundo.
Claudio era consciente de que un hijo puede convertirse en una recompensa ó en un castigo. Y en este caso, no hay peor astilla que la del mismo palo.
**Oremos por las almas de los que han muerto.

LivingDead siguió

Había pasado un año desde aquella noche fatídica en la cual la relación de Angel y Marina se había desbarrancado cayendo en un abismo sin fondo visible.
Marina empujaba un cochecito de bebé. Tomás iba sentadito, erguido. Su mirada inquisidora se posaba sobre cada detalle de su entorno. Vivaz.
Lidiando contra las veredas rotas y los soretes de perro, la chica llegó a su destino: una casa antigua reciclada, puerta de dos hojas al frente con rejas y vidrio esmerilado. Ventanas a los lados, también enrejadas. Una placa de bronce a la derecha de la entrada revelaba que no se trataba de una casa de familia: “Hogar Los Alamos”, decía, sin otras especificaciones. Tocó el timbre y una mujer con acento paraguayo le franqueó el acceso con una sonrisa de cortesía. Vestía un delantal celeste con algunas manchas. Acompañó a Marina y al bebé al interior de la construcción, una casa tipo conventillo, con un patio central cubierto por un toldo y varias puertas laterales.

-¿Dónde está? Preguntó Marina.
-En la habitación. Hoy no quiso salir.

La chica se dirigió al cuarto que había visitado tantas veces ese último año. Entró sin golpear, alzando el cochecito para evitar el pequeño desnivel de la entrada.
Se detuvo y por unos instantes clavó la vista en el joven de la silla de ruedas, con gesto indulgente. El bebé también lo miró, pero de inmediato su atención se desvió hacia una cucaracha que corría temerosa por el mosaico.

Angel tenía la mirada perdida, opaca. La boca entreabierta provocaba un babeo leve pero sostenido. Las enfermeras habían optado por colocarle una servilleta en el pecho, para que no se moje la ropa. No podía caminar. No podía hablar. No controlaba esfínteres. Aquella bala había hecho estragos en el hemisferio derecho de su cerebro. Era un milagro que estuviera vivo o bien, otra broma pesada de aquel francotirador sádico que se hace llamar Dios.

-Te traje bizcochitos, dijo ella acercando el paquete a la mesita que flanqueba la cama.

Acercó una silla y se sentó a su lado, acomodando convenientemente el coche del niño frente a ella.

-¿Le leemos un cuento a papá?

El bebé pareció responder con un ruidito gutural y achinó los ojitos en una sonrisa, tal como lo hacía Angel cuando aún podía reir.
El análisis de ADN había sido concluyente y Claudio no había podido soportarlo. Desapareció de un día para otro, sin explicaciones. Ella no hizo nada para encontrarlo.
Tomó de su cartera un libro con ilustraciones infantiles y se dispuso a abrirlo donde estaba el señalador. En ese momento Angel hizo un movimiento torpe con su mano derecha y la apoyó sobre el brazo de Marina, aunque sin desviar el monótomo vector de sus ojos.
Ella lo miró con nostalgia.

-Ya lo sé, mi amor. Ya lo sé.

Kill continuó

6 meses atrás Marina caminaba por las calles con la mano derecha apoyada en su abdomen. Su panza había crecido significativamente y sus mejillas habían dejado de lado su blanca palidez y hoy mostraban un color rosado. Marina no pensaba en nada, la única conexión con el planeta tierra eran las pequeñas patadas que su hijo daba en su panza, el dolor que le causaban se mezclaba con una sensación profunda de amor incondicional y un retrogusto a realización personal que la remitía a otras épocas de su vida, a sus logros.

El amor es un vagabundo que golpea de puerta en puerta hasta que algún alma samaritana le acerca desinteresadamente un plato de sopa, un pan y un vaso de vino. Entonces se produce el milagro en el cual los relojes se paran, las mariposas vuelan por el estómago de los hechizados y la única mirada posible es la de tus ojos.
-¿Cómo serán tus ojos mi vida? No paro de contar los días que quedan para nuestro encuentro.

Marina acaricia su panza una vez más y cruza de calle, de la misma manera su vida cambió con un chasquido de los dedos del destino, generala servida de seis, tachó todos los puntajes y se deshizo del desasosiego. Acompañaría a su hombre hasta donde pudiese, lo haría por respeto al amor que alguna vez los unió, los hizo uno. Lo haría para besar con piedad al destino y decirle, “tranquilo amigo, no hace falta que te agites para mostrarme el camino, en mi bolsillo llevo un mapa y en mi corazón la resignación de aceptar este proceso, sé que es algo que quiero vivir y no voy a dejar pasar otro minuto sin hacerlo”

Delante de ella, el cielo nublado presagiaba una tormenta, tal vez sería la última que le tocaba enfrentar, tal vez no, ¿quién puede llegar a saberlo? Las gotas de esta lluvia lavarían sus penas, sus dudas y harían una coraza alrededor de su corazón. Sacó un chocolate del bolsillo. Chocolate blanco Sufflair, su favorito, en tamaño extra large, le dió dos mordiscones y se dirigió sin duda a la dirección que cambiaría su vida, así como la pretendió organizar hace no mucho tiempo atrás. Sucre 3151 Piso 2 Depto A, tocó timbre y Claudio contestó por el portero eléctrico.
-¿Quién es?
-Soy yo, Marina.
La puerta del edicificio hizo el sonido característico de los porteros eléctricos y Marina entró.

Eleo y Living Dead continuaron

Maru había apresurado sus pasos para llegar al barrio de Belgrano, convengamos que el viajecito del hospital Durand no era todo lo idílico que ella había presupuesto. Con Claudio se habían puesto de acuerdo en que ella iría a retirar el resultado del ADN, iba exultante, subió la rampa dobló a la izquierda y se sumergió en la parte del edificio que decía laboratorio. Caras lacónicas al costado del pasillo, niños que caprichosamente se estiraban en el piso, franqueaban su paso, pero ella los saltaba ágilmente, nada podía detenerla, estaba radiante, su panza proyectaba futuro promisorio. Todavía no entendía el capricho de Claudio en hacerse el estudio, que además del capricho de por sí, había implicado una gran suma de dinero que no estaba prevista, pero en la cuestión de darle paz a su actual pareja ella no tenia reparos, así fuera recoger gastos hasta fin de mes o los meses que fueran, siempre los deseos de Clau, después ella. Así que en ese lugar austero, metálico, donde solo había caras largas, lánguidas, adoloridas, brillaba la de ella, feliz. No tenía dudas. Su certeza de maternidad era la consecuencia de haber buscado un hijo por años con Angel sin ningún resultado, por eso no le cabían dudas. Retiró el sobre protocolarmente, distribuyó firmas a granel y partió en busca de su amado, de su anhelado amante. Buenos aires contagiaba el mismo hervor que ella, la gente se movía hiperkinetica, toda esa velocidad humana solo era atribuible al estado anímico de Maru. Sentía que la muchedumbre se movía al ritmo frenético de su corazón, estaba apurada, la masa de gente también como si quisieran acompañarla en ese ritmo frenético. Luego de hora y media interminable, llegó.
Pulsó el timbre tres veces, como dictaba la contraseña de la llegada del amante deseado. Subió rápidamente, su sangre se agolpaba en sus venas, este era el momento más añorado, solo ese sobre la separaba de la felicidad absoluta, solo un último requisito. El sobre suponía la dicha, la entrega, su bebé, su amante y ella, la familia deseada, la familia elegida.
Ni bien entró Maru se estrelló en los brazos de Claudio. Y en un solo movimiento incrustó el sobre en la cara de él, se sorprendió y la miró. Sin dejar de sentir culpa por el pedido que él había demandado como prioritario y mayúsculo, Clau trató de serenarse, le temblaban las manos, pero se calmó y pensó.
“Vamos que esto es un paso más, hacia tu hijo…ese bebé que te escucha todas las noches, ese bebé que baila con tus palabras cantadas a un vientre ciego.”
Despegó el sobre y lentamente empezó a leer, sabía que este momento era importante, y no quería perderse para la posteridad este instante, poder narrarle a su hijo el momento exacto en el que tuvo la certeza de que era su padre. Datos inentendibles se agolpaban frente a sus ojos, 99% de coincidencia, 1.2 % de coincidencia. Resultado: no puede establecerse filiación posible entre progenitor masculino y feto.
Y el mundo se empezó a derrumbar cuando esa carta se le escapó de entre las manos, los ojos fijos en el espacio abierto, la boca abierta en una mueca deforme. Tomás, Tomás, Tomás.
No cesaba de repetir el nombre que había elegido y que, como una burla del destino, nunca le había pertenecido.

El tiempo se detuvo, Claudio pensó un momento y volvió a ver el sobre, repetiría la ceremonia para saber si había sido real.

En otros tiempos Claudio era un hombre práctico. No era una persona de convicciones férreas y principios inquebrantables, sino un pragmático con todas las letras. “…Lo que funcionaba es lo que sirve. El que gana tiene razón. El fin justifica los medios…”, tales eran frases de cabecera de cabecera de este Maquiavelo de bolsillo que durante los 90 había visto crecer su cuenta bancaria a la par de su ego. Se enorgullecía de ser capaz de tomar un café con el Che Guevara, para después irse de putas con Videla. Su doctrina era la de la conveniencia personal, con su mano derecha sobre la biblia del egoísmo.
Su soberbia y egocentrismo lo habían empujado a los brazos de relaciones superficiales. Ya pisaba los 30 y nunca había tenido un noviazgo como lo hubieran concebido sus padres, integrantes de la legión de la clase media empobrecida sobre cuyo cuerpo exhausto habían trepado los tipos como él, pisando cabezas con sus zapatos Gucci y celulares cada vez más pequeños.
Hasta que apareció Marina…
Cuando la vio en aquella sala del Malba supo que su concepción del mundo hasta ese momento implosionaría como el albergue Warnes. Y se entregó. Algo en su cabeza dijo: “…ya es momento y ella es la indicada…”
Todo coincidió como si de un designio astral se tratase: Ella, vulnerable. Mellada por los embates de un concubinato desgastado con un perdedor. El, en la cúspide de su carrera laboral, proyectando una imagen de éxito más extensa que la sombra del Taj Mahal. Le había costado sin embargo. Primero le pidió el mail con una excusa poco creíble. Ella se lo dio inocentemente (o no. La expresión “mujer inocente” es una contradicción en sí misma.) Y desde allí, el bombardeo. La manipulación psicológica. Las promesas. Con él todo era armonía y placer. En su casa, el panorama se invertía tristemente.
Ahora esperaban un hijo. A fin de cuentas todo había terminado bien, más allá del desastre de hacía unos meses. El tipo se había vuelto loco y se había pegado un tiro. Su sobrevida había sido milagrosa, pero ahora era poco más que un vegetal. Pobre infeliz. Peor para él…
Marina abrió con su propia llave. A Claudio le molestaba un poco que lo hiciera, tal vez como un tic residual de su antiguo individualismo a ultranza. La cara de ella carecía de expresión. Una máscara gris, que ahora lo miraba con fijeza.
-Hola, Maru. ¿Qué pasa?
-Tenemos que hablar…Dijo y arrojó un sobre sobre la mesa de cristal, la solapa abierta como la boca de un niño albino con labio leporino.
Claudio tomó el sobre con recelo, sin dejar de mirarla. Sacó el único papel que descansaba en su interior, revolviéndose como los gusanos de una tumba. Lo leyó, y el sobre vacío resbaló de sus manos. Arrojó un manotazo de ahogado en pos de una explicación que nunca llegaría a ser tal:
-Pero…Me dijiste que con él ya no tenían intimidad…
-Fueron dos o tres veces. No más. Las fechas coinciden. No podía seguir con esa duda.
-…
Marina tomó su cartera y se incorporó con dificultad acarreando su panzota. Se dirigió a la puerta sin molestarse en tomar el sobre nuevamente. Ahora era un papel inservible, aunque instantes antes era un pan de trotyl.
-Te dejo solo. Pensá lo que tengas que pensar. Ya sabés donde vivo…y cerró la puerta tras de sí.
Esa fue la última vez que vio a Claudio.

Eleo concluyó.

El sol le dió en la cara a Maru y entonces suspiró agotada. Miró el pequeño crucifijo que pendía sobre la cama y su mirada se dirigió a Tomas. Ese bebé era la alegría de su vida, su motor y aquel hombre postrado era su agonía. El destino había querido ese final y ella no era de andar escapándole. Todos los sucesos que habían derrumbado su vida eran producto de sus decisiones y se hacía cargo. También se hacía cargo del precio a pagar por cada una de ellas. Así que a la fuerza se imponía con más fuerza, no había elección.

Sonrió, volvió a mirar el crucifijo y dijo valientemente: dios que estás en los cielos hace falta más que esto y estallo en carcajadas.
Querían más para ella y ella estaba de frente para dar batalla.