“…Serás lo que debas,

o no serás…” 

La Luna comenzó (le debíamos pista a esta excelente historia):

El cartero pasó, habitual, mañanero. Parado debajo del balcón sonó el silbato, esperando ver la figura de Margarita Antunez, con el canasto donde él depositaba la correspondencia y luego ella subía usando el más primitivo de los ascensores, un cordel. Margarita no apareció. Silbó de nuevo y de nuevo. –Tendré que subir-, se dijo, mientras descontaba los escalones hasta llegar al segundo piso. Tomó el sobre para pasarlo por debajo de la puerta, aunque en realidad la abertura no era suficiente; tuvo que darle un ligero empujoncito y el papel se arrugó por uno de los extremos. Creyó que así estaba bien y se fue.
Margarita llegó una hora después cargada de paquetes, buscó con dificultad la llave en su bolso, abrió y entró. No alcanzó a ver el sobre que estaba en el suelo y que quedó en un rincón detrás de la puerta. Tenía que apurarse y preparar el almuerzo de su marido Francisco Etchegaray y su hijo Pablo, quienes llegarían, como invariablemente, a las doce y treinta. Dos ollas fueron colocadas en el fuego y Margarita calculó que aún tenía tiempo de quitar el polvo de los muebles y el piso. Cuando estaba con la escoba cerca de la puerta de entrada sintió un olor raro y corrió a la cocina. El movimiento brusco hizo que por el contacto, el sobre saliera de su escondite y fuera a parar abajo del sofá.
Lucila, que estaba al acecho, vio de lejos algo que se movió y salió disparada. Se acercó al sobre, lo olió, le pegó con la pata y luego se acostó encima de él. Lucila era la perra de Pablo; blanca, juguetona, de pelo duro abundante y raza indescifrable. Jugaba con todo lo que encontraba en el suelo; ropas, papeles, zapatos. A veces los mordía, los rompía y dejaba los destrozos en cualquier lugar. Su cola se movía rápido y sus orejas se erguían atentas a lo que pasaba dentro y fuera de la casa.
Margarita continuó su rutina diaria y al rato llegaron Francisco y Pablo.
Ya en la mesa, Pablo preguntó.
-¿No ha venido hoy el cartero?
-No lo he visto – dijo Margarita – ¿Qué estás esperando? ¿Carta de alguna novia?
-Ya sabes lo que espero – respondió Pablo.
Francisco estaba en silencio. Margarita lo miró para ver si decía algo, pero habló ella nuevamente.
-¿Sigues con esa idea? Ya hemos conversado sobre esto. Sería bueno que lo pienses bien y no insistas más con esa bobería de ser actor.
-Escucha a tu madre, sabe lo que dice –habló por fin, Francisco.
-No van a lograr que desista. Lo único que puede pasar es que no me acepten porque no tenga aptitudes. Pero si es como espero, tendrán un actor en la familia –dijo Pablo.
Francisco tocó el pie de su mujer por debajo de la mesa y le hizo un gesto para que dejara el tema. Terminaron el almuerzo y Pablo fue a recostarse un poco antes de salir para el colegio otra vez.
-Haremos lo siguiente –le dijo Francisco a Margarita mirando de reojo el cuarto de Pablo-. Si llega el cartero con algo para él lo retienes, no se lo des. Dejamos que pase el tiempo y quizás piense que no lo han aceptado.
-¿Y si vuelve a ver al director de teatro ese?
-No decimos nada. Una carta puede extraviarse, no llegar nunca.
-Está bien.
A eso de las dos de la tarde salieron Francisco y Pablo. Margarita retomó la limpieza interrumpida. Fue a barrer abajo del sofá y vio a Lucila tan apaciblemente dormida que no la molestó. Cuando terminó se dio cuenta de que había olvidado comprar algo y volvió a salir. El ruido de la puerta despertó a Lucila que se estiró cuanto pudo y fue directo a su plato en una esquina de la terraza del fondo. Comió y se puso a dar vueltas por la casa, esperando a Pablo. Todas las tardes el muchacho jugaba con la perra haciéndole bolitas de papel, instándole a recogerlas y correr detrás de él.
Esa tarde primero llegó Francisco y se sentó en el sillón que le gustaba a leer el diario. Pablo llegó un poco después y Lucila corrió a su encuentro saltando, mordiéndole los pantalones, ladrando. Él trataba de quitársela de entre los pies, pero era casi imposible. La perra lo persiguió tanto que él no tuvo otra opción que ir a la sala con un diario viejo en la mano para hacer las bolitas de papel. Así estuvieron un rato hasta que Pablo se aburrió, hizo la última bolita, la lanzó y esta fue a parar junto al sobre. Lucila, en lugar de tomar la bolita entre sus dientes, agarró el sobre y salió contoneándose con él en la boca.
Pablo se había levantado del suelo para irse, al mismo tiempo que Francisco dejaba el diario a un lado.
-Ven Lucila, dame eso, ven acá – dijo, resuelto, Francisco.
Pero ya Lucila corría detrás de Pablo, hasta alcanzarlo. Él le pidió lo que tenía atrapado en la boca y como la perra se resistía a soltarlo el sobre se desgarró por un costado. Cuando Pablo tuvo en sus manos el papel lleno de polvo, sucio, mordisqueado, arrugado, roto, con pelos de perro por todas partes, sólo pudo leer: Pablo Etchegaray Antunez.

Eleo continuó:

El papel se le deslizaba de la mano, como si fuese agua, trocito por trocito. Trataba de recuperarlo, pero el viento se empeñaba en alejarlo de sus sueños. El corazón le latía locamente e inútilmente trataba de conservar la calma. Oleadas de euforia lo golpeaban como un huracán, mientras que Lu trotaba a su lado, dificultando la reconstrucción de aquella misiva que esperaba hace meses.
Algo llamó la atención de Pablo. Bajo la pata peluda encontró un pedazo de sobre con un escudo de color verde oliva. Instintivamente lo recogió y su mirada cambió: Era el escudo del Gobierno Militar. Se quedó congelado mirándolo. Hacía días que sabía por otros amigos que el régimen estaba reclutando jóvenes para prepararlos para un futuro enfrentamiento que se estaba gestando contra el país vecino, pero Pablo jamás pensó que lo llamarían a él. Su carácter romántico y pacifista lo alejaban de todo conflicto. Había marchado en protestas por la paz, incluso la última vez había participado en una marcha contra el gobierno, pero solo alentado por sus íntimos amigos que se sentían, ellos sí, protagonistas de una revolución pacificadora.
Pablo se irguió desesperanzado, sintiendo caer todo su mundo de idealismos e ilusiones. Miró a su padre y no pudo sostenerle la mirada. Sabía lo que él pensaba y el orgullo que para Francisco representaba, el hecho de que su hijo fuera convocado a una guerra para defender los derechos y el honor de su país. No pudo con la mirada de su padre, y huyó corriendo.

Las lágrimas se le desgranaban de la cara, una a una. Su rostro se convertía en una imagen mutilada de sí mismo. Corrió desesperado buscando un solaz para toda su angustia. De pronto, sus piernas se enredaron y cayó al piso con estrépito. Se sorprendió por la caída, pero fue asaltado por una lengua áspera que lamía sus lágrimas. Ahí cayó en la cuenta que Lucila nunca se había despegado de su lado. La abrazó, metió su cara en su cuerpo peludo y lloró así, abrazado a su perra, hasta que no hubo más lágrimas. Dormitaron por horas, amo y can, confundidos en un extraño abrazo hasta que un silbido los despertó…
Pablo se incorporó y vio a lo lejos la figura de su mejor amigo caminando presuroso al encuentro.
No hicieron falta más palabras que una repetida frase que luego quedaría por siempre en el anecdotario familiar.
Ricardo era un joven lleno de extraños ideales. Era combativo pero su lucha encarnaba una utopía. Riqueza compartida como una respuesta a la lucha de clases, donde el proletariado era el ganador resultante. Pablo siempre se reía de los ideales de Ricardo. Su romanticismo no lo cegaba al punto de ver que lo que su amigo pregonaba era irrealizable…lucha de clases era igual a derramamiento de sangre, más allá de sus creencias, así que se oponía fervientemente a todo aquello más allá de la justicia de dicha causa.
Pero a pesar de lo intrincado y opuesto de sus sueños, la amistad entre ellos era inquebrantable.